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Guerra, literatura y enfermedades venéreas

La sífilis de Baudelaire quedaría reflejada en su poesía de la misma manera que el sol se refleja en la nieve

Retrato coloreado de Baudelaire realizado por Félix Nadar en 1860.
Retrato coloreado de Baudelaire realizado por Félix Nadar en 1860.

Durante la II Guerra Mundial, en los años previos al uso de la penicilina, las enfermedades venéreas libraban su propia guerra sin distinción de uniformes y naciones. Las más comunes eran la sífilis y la gonorrea. La propaganda gráfica de la época dio buena cuenta de ello.

Hay miles de historias al respecto, como la de la enfermera checa que terminó con la vida de un buen número de soldados nazis, contagiando enfermedades de transmisión sexual de las que ella misma había sido víctima tras sucesivas violaciones por parte de los soldados alemanes. Otra historia, en este caso ficticia, es la que nos cuenta el escritor estadounidense John Irving en su famosa novela titulada El mundo según Garp.

La madre de Garp es una enfermera que atiende a soldados heridos en un hospital del ejército. También aplica “tratamientos de pito” a base de sulfamidas y arsénico. Con respecto a este último tratamiento, la enfermera considera que “era el fin al que podía conducir el sexo; introducir arsénico en la química humana con la intención de purificar la química”. Lo más parecido a apagar un fuego con más fuego.

La gonorrea se trataba con sulfatiazol, un compuesto orgánico que actúa como antibiótico de acción rápida. Para aplicarlo, se requerían enormes cantidades de agua. El procedimiento era sencillo y es aquí donde John Irving da muestras de su maestría a la hora de contarnos al detalle cómo la disolución llegaba hasta la “sorprendida” uretra del paciente que, en esos momentos, requería cuidados especiales. Sentía cómo si le estuvieran desollando sus órganos genitales. “Un castigo apropiado para un amante” añade con perfidia la enfermera Jenny Fields, madre de Gurp y personaje trabajado al estilo dickensiano.

Ya puestos, hay que apuntar que el término enfermedad ‘venérea’ es un término literario de origen mitológico. Hace alusión a Venus, diosa romana del amor, siendo venéreo todo lo que emana de Venus. Por lo mismo, en la especialidad dermatológica hay una rama que recibe un nombre tan significativo como literario. Nos referimos a la venereología, que es la encargada del tratamiento de las enfermedades de transmisión sexual.

Pero no sólo en la literatura podemos encontrar muestras de las enfermedades que se desprenden de los tributos a Venus, sino que también las podemos encontrar en los propios literatos. Sin movernos de nuestro territorio, Bécquer, poeta de vida disoluta, se trató purgaciones a mediados del siglo XIX en la consulta del doctor Francisco Esteban, donde conocería a la hija de este, de nombre Casta y con la que tiempo después se casó.

Con todo, el poeta venéreo por derecho propio se llamaba Charles Baudelaire que enfermó de sífilis llevado por el deseo carnal hacia La Louchette (La Bizca), mujer que le contagió el mal que condicionaría su obra. La sífilis le produjo afasia, un trastorno del lenguaje debido a un daño cerebral y también le produjo una parálisis parcial que le señaló el camino a la muerte, ocurrida en París el 31 de agosto de 1867. La sífilis de Baudelaire quedaría reflejada en su poesía de la misma manera que el sol se refleja en la nieve, símbolo que el poeta utilizó en su poema titulado La llamada de la nada para reflejar el paso del tiempo: Y así, sin cesar me devora el Tiempo, como la nieve devora cuerpos inertes.

Técnicos refinando penicilina en un laboratorio de Reino Unido en 1943.
Técnicos refinando penicilina en un laboratorio de Reino Unido en 1943.

Las infecciones provocadas por la llamada de Venus tenían un mal arreglo hasta que, a principios de los años 40 del pasado siglo, los pacientes empezaron a beneficiarse del tratamiento de un antibiótico poderoso obtenido a partir del hongo Penicillium Notatum y cuyo descubrimiento se atribuye a Alexander Fleming, obviando el trabajo de otros científicos como el profesor Howard Florey que, junto al químico Ernst Chain y el biólogo Norman Heatley, consiguió acelerar el proceso para demostrar que el descubrimiento funcionaba. Pero lo más importante de todo es que, al final, la penicilina ganó la guerra a las bacterias.

El hacha de piedra es una sección donde Montero Glez, con voluntad de prosa, ejerce su asedio particular a la realidad científica para manifestar que ciencia y arte son formas complementarias de conocimiento.

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