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Macron y la nostalgia de la mili en Francia

El recién estrenado servicio nacional universal es un proyecto del presidente francés para cohesionar a la nación. La incógnita es qué pasará cuando sea obligatorio. ¿Irán a filas?

Saludo a la bandera el pasado 17 de junio en Tourcoing, Francia.
Saludo a la bandera el pasado 17 de junio en Tourcoing, Francia. GETTY

Pertenecen a la generación que ya no hizo el servicio militar. Son franceses nacidos en los años setenta y ochenta, que adquirieron conciencia política con la caída del muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría. Sus primeros pasos en la vida adulta y profesional coincidieron con los disturbios de los suburbios de París en 2005 o los atentados yihadistas en 2015. La Francia en la que crecieron es el país del "malaise", un malestar causado por el estancamiento económico, la fractura social y étnica y el espectro del declive.

Para ellos, es fácil idealizar el tiempo en que las fuerzas armadas cohesionaban a la nación, en el que “todo francés es soldado y se debe a la defensa de la patria”, como reza la ley Jourdan, que en 1798 instituyó la conscripción universal y obligatoria.

La idea de un nuevo servicio nacional universal (SNU) la tuvo Emmanuel Macron, nacido en 1977, el primer presidente de la República que no ha hecho la mili. El responsable de ejecutar la medida no es ningún militar ni nadie que conociese el viejo mundo de los cuarteles, sino un millenial: el miembro más joven del Consejo de Ministros, Gabriel Attal, secretario de Estado para la Educación y la Juventud, nacido en 1989. El viernes concluyó la primera etapa de la fase experimental del SNU, un proyecto voluntario pero que con el tiempo será obligatorio. Era un inicio. Entre el 16 y el 28 de junio, unos 2.000 jóvenes de 15 y 16 años, pasaron 12 días en centros de albergues lejos de sus casas.

Es pronto para hacer un balance. La fase experimental entrará en una segunda etapa cuando los 2.000 voluntarios cooperen durante dos semanas con asociaciones e instituciones locales, o en cuerpos uniformados. Esta segunda etapa durará o bien dos semanas o 84 horas distribuidas durante un año. Las dos primeras etapas, un mes en total, serán obligatorias una vez que el SNU se generalice a partir de 2021. Habrá una tercera etapa, optativa, que durará entre tres meses y un año. 

El objetivo es reforzar la cohesión social y territorial, que las nuevas generaciones tomen consciencia de los desafíos que afronta la sociedad francesa y fomentar una cultura del compromiso. Todo aquello que acaso se perdió definitivamente en 1997. Ese año, el entonces presidente Jacques Chirac firmó la ley que suspendía el llamado servicio nacional obligatorio y cerró un ciclo que había empezado dos siglos antes, en pleno torbellino de la Revolución, cuando la conscripción —la mili obligatoria— se convertió en una seña de identidad de la República, herramienta necesaria y muy eficaz del estado para construir la nación.

La mili republicana nace en 1798 y, con las victorias de Napoléon, se convierte en un modelo para otros países, pero no se perfeccionó hasta la III República, que surge de las cenizas de la derrota de Francia en la guerra franco-prusiana en 1870. La III República modela una nación diversa y deshilachada. Lo hace por medio de la escuela pública y del servicio militar. La mili para todos fabrica franceses. Alfabetiza. Mezcla a los ciudadanos (varones).

“Hay una continuidad [con el servicio nacional universal] en el mito de la cohesión social. El servicio militar fue a partir del siglo XIX un pilar del modelo francés, y aún más del modelo republicano francés”, explica la historiadora Annie Crépin, autora de Historia de la conscripción, libro de referencia sobre el servicio militar obligatorio en Francia.

La guerra de Argelia, entre 1952 y 1962, marca el inicio del fin del ejército de conscripción. Unos 15.000 soldados franceses murieron en una guerra en la que el adversario era un ejército auténticamente revolucionario. Los casos de tortura tampoco ayudaron, ni el fracasado golpe de los generales contra el presidente Charles de Gaulle.

A la causa política, Crépin añade otra militar: Francia se había dotado de una bomba atómica y necesitaba un ejército de especialistas más que masas de soldados inexpertos. La tercera causa es la transformación de las sociedades occidentales a partir de los sesenta. Francia sustituyó entonces el servicio militar por un servicio nacional, que daba la opción a servir al Estado en tareas de cooperación exterior en vez de en las fuerzas armadas.

La idea de un servicio cívico para sustituir el viejo servicio militar no es nueva. Empieza a circular casi desde el momento en que Chirac decide suspenderlo (España seguiría el mismo camino cuatro años después). Con la mili desapareció una institución donde se proyectaba el ideal republicano.

“Esta experiencia sociológica y humana ya no es posible, justo cuando las interacciones entre los miembros de la clases más favorecidas y el resto de la sociedad (…) se han vuelto menos frecuentes en el curso de los últimos treinta años”, escribe Jérôme Fourquet, del instituto demoscópico Ifop, en el libro El archipiélago francés. Fourquet habla de una “secesión de las élites”, aisladas en su mundo y entre sus gentes, y desconectadas del resto del país. El fin de la mili obligatoria, según este argumento, acelera esta secesión. El servicio cívico se acaba adoptando en 2010, pero con carácter voluntario.

La novedad, con Macron, es que él plantea que el servicio sea obligatorio. Cuando lo presentó, durante la campaña electoral de 2017 que le llevaría al Palacio del Elíseo, lo describió como un “servicio militar universal”, una verdadera mili de un mes para hombres y mujeres. La propuesta provocó suspicacias entre los militares, preocupados por el coste —se calcula que costará unos 1.600 millones de euros anuales— y por la exigencia en tiempo y personal en momento en el que las fuerzas armas cargan las tareas antiterroristas en el territorio nacional y en el extranjero. Tras llegar Macron al poder, el carácter militar el SNU se diluyó, hasta el punto de que su gestión pasó a manos del Ministerio de Educación, en vez del de los Ejércitos. Queda poco del aspecto militar original en el SNU, si no es en los uniformes que llevaban los 2.000 voluntarios, en la ceremonia matutina de la bandera, en el envoltorio del ejercicio.

En un artículo en Le Monde, la historiadora Bénédicte Chéron, autora de El soldado desconocido: los franceses y sus ejércitos, atribuye a Attal —pero también podría aplicarse a Macron— un “pensamiento mágico hecho de los distintos relatos que le han explicado sobre el difunto servicio nacional: hacer vivir juntos a jóvenes franceses de todos los medios sociales, sin otro fin que participar en actividades comunes y escuchar la buena palabra sobre la cohesión, les llevaría a comprometerse y beneficiaría a la nación”. Otra objeción, planteada entre otros por sindicatos de estudiantes, es que el servicio nacional universal esté cumpliendo funciones y absorbiendo dinero que corresponderían a la escuela pública.

La incógnita es qué ocurrirá cuando el SNU sea obligatorio. ¿Acudirán todos los llamados a filas? ¿Habrá suficientes adultos para mantener la disciplina de entre 600.000 y 800.000 jóvenes de entre 16 y 18 años cuando esté a pleno rendimiento? ¿Bastará entonces el “pensamiento mágico”? La mili del siglo XIX contribuyó a construir la nación; que en el XXI el servicio nacional universal logre reconstruirla es otra cuestión.

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