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Los aparapitas: entre la marginación y el mito literario

Los cargadores de los mercados de La Paz (Bolivia) se han convertido en símbolo cultural y mito literario, pero sus miserables condiciones de vida no han mejorado

Un aparapita carga con una montaña de cajas de madera en el mercado de La Paz, en Bolivia. Ver fotogalería
Un aparapita carga con una montaña de cajas de madera en el mercado de La Paz, en Bolivia.

“Son aparapitas y llevan años haciendo esto aquí en La Paz. Ahora ya quedan menos, pero todavía hay”. Contesta por él la señora, esa que ha estado guiándole toda la mañana entre los puestos del mercado de la Rodríguez. El chico no dice nada, calla incómodo y mira al suelo. No tendrá más de 20 años; la cuerda enrollada sobre el mono verde, la capucha, la gorra y el flequillo, capas superpuestas e infranqueables entre él y el mundo. Sobre la espalda, el saco abultado tras la mañana de compras. Tras la explicación, la señora se despide también por él y la pareja prosigue a trompicones su camino entre el laberinto tumultuoso de tenderetes.

La Paz está hecha de mercados, la mayoría de ellos trepan por sus laderas entre callejuelas angostas y empinadas, hechas de adoquines, restos de verduras y aglomeraciones. Hay muchos tramos en que el camino se vuelve impracticable para cualquier vehículo, es ahí donde empieza, hoy como hace décadas, el trabajo de los aparapitas. Este vocablo es aymara y puede traducirse como “el que carga”. Sobre todo, cargan: sacos de patatas, canastas de fruta y verdura, cestas rebosantes de pescados del Titicaca, flores, fardos de ropa que en ocasiones duplican su tamaño, carros de licores, muebles, electrodomésticos…

Víctimas de la deslocalización minera y la migración rural

Benigno Paredes dice que cobra dos bolivianos por viaje (unos 25 céntimos de euro). Un día de suerte logra hacer unos 50 portes y en cada uno de ellos transporta 50, 60, 70 kilos de mercancía. La mayoría son por encargo de las indígenas aymara propietarias de los puestos de la Rodríguez. Benigno, 58 años, no más de 60 kilos, rodillas y espaldas siempre doloridas, nació cerca de la población de Achacachi, en pleno Altiplano, aunque tuvo que mudarse a El Alto por la falta de trabajo. Él, como muchos aparapitas de su edad, debe su oficio a la relocalización minera de 1985, que tras la caída drástica del precio del estaño cerró gran parte de las explotaciones del país y dejó sin trabajo a más de 30.000 mineros. Muchos de ellos volvieron al campo, otros se refugiaron en las ciudades abocados a trabajos precarios y marginales.

Aunque el oficio data de la época colonial, sería a partir de los años ochenta cuando comienza a multiplicarse su presencia en los mercados de La Paz: figuras calladas e inconfundibles siempre con una cuerda en la mano y el saco a la espalda, listos para cargar lo que fuese. La Unidad de Estadísticas Municipales del Gobierno Autónomo Municipal de La Paz estima en 1.320 el número de cargadores “de soga” que trabajan actualmente en la ciudad, y más del 60% de ellos viven en condiciones de pobreza moderada o extrema.

Se estima en 1.320 el número de aparapitas que trabajan en La Paz, y más del 60% vive en condiciones de pobreza moderada o extrema

En el comedor de la capilla de Nuestra Señora de la Exaltación, entre la Max Paredes y la plaza Garita de Lima, unos 30 o 40 hombres de edad avanzada, los rostros ajados y requemados por el sol, se inclinan sobre sus platos de sopa de fideos y ají de pollo: el menú de hoy. Casi todos son aparapitas que hacen una pausa en el trabajo de los mercados cercanos y van a almorzar aquí por un boliviano al día. Entre ellos está Saturno Huarcaya, 55 años y pocas palabras, toda una vida como campesino en una aldea al norte de Potosí. Aún va allí de vez en cuando para vigilar sus campos de quinua y papas, sin embargo hace tiempo que se rindió a la evidencia: el campo no daba para vivir y con más de 50 años decidió emigrar y probar suerte en La Paz.

El caso de Saturno no es único. Según datos del Banco Mundial la población rural de Bolivia ha pasado del 38% de la total en el año 2000 a apenas el 30% en 2019. Muchos dejan el campo forzados por el empobrecimiento del suelo a causa, fundamentalmente, del cambio climático y el aislamiento y falta de servicios básicos que aún soportan muchas zonas rurales del país. Llegan cada año, sobre todo en épocas de sequía de sus regiones; adquieren semillas, compran herramientas y ahorran un poco de dinero para enviar a sus familias que han permanecido en el campo. Indígenas aymaras y quechuas en su mayoría, muchos no dominan el castellano y se ven abocados a malvivir en las calles de La Paz o El Alto. Obligados a aceptar el primer trabajo que encuentren.

Saturno dice que las amas de casa son las que pagan mejor. “Hasta cinco bolivianos por acompañarlas a hacer la compra. Es más tiempo el que trabajas, pero la carga también es menos pesada, duele menos la espalda”. Entre ellos también hay clases y condiciones laborales: están los que son contratados por comerciantes para montar y desmontar sus puestos cada mañana y al caer el sol; los que trabajan fijos en las tiendas cargando muebles o electrodomésticos en los vehículos de los clientes y, por último, los corredores como Saturno, que, sin salario fijo ni seguro, esperan en los mercados a un cliente improbable al que acompañar para hacer la compra.

Aparapitas, yatiris, limpiabotas, anticucheras, pajpakus… La Paz seguramente sea una de las ciudades del mundo con más diversidad de perfiles característicos, un muestrario urbano asociado a la marginalidad y a la pobreza. Los aparapitas son los únicos a los que se les ha dedicado un museo.

El Museo del Aparapita se encuentra en la curva de San Antonio, una zona comercial y bulliciosa, mitad restaurante, mitad centro cultural. Sus paredes exhiben cuadros, fotografías y recortes de periódico que ilustran la existencia un personaje paceño que, hace tiempo y sin pretenderlo, se convirtió en un mito literario. Elías Blanco, fundador y responsable del espacio, data la irrupción del colectivo en las letras bolivianas a mediados de los setenta, cuando el escritor Jaime Sáenz les dedica un ensayo y convierte a uno de ellos en personaje central de Felipe Delgado, su novela más conocida.

Sáenz fijó en el imaginario paceño una visión romántica y no carente de prejuicios a través de textos como este: “El aparapita es un hombre libre, hasta donde puede serlo un hombre como él, que debe ganarse el pan dependiendo de lo que buenamente –o malamente– le pagan, y que, por otra parte, en lugar de beber, no siempre prefiere comer; he ahí el aparapita. Pues bebe hasta reventar, y por paradoja, mal puede permitirse el lujo de morir de hambre, ya que su gran sentido de la dignidad se lo prohíbe, por regla general, el aparapita muere bebiendo; en los recovecos de la Garita de Lima, en las esquinas de la calle Tumusla; en los callejones del Gran Poder, allí se encuentra su cadáver. Y siempre se encuentra de retorno; está por siempre vivo”. Tras la publicación de Felipe Delgado, los porteadores, convertidos sin saberlo en icono cultural de la ciudad, han sido representados en obras de teatro, películas y cómics.

Los aparapitas, convertidos sin saberlo en icono cultural de la ciudad, han sido representados en obras de teatro, películas y cómics

Hasta principios de siglo, exhibían como señal distintiva el saco que utilizaban para vestir, hecho de mil retales de tela y plástico, remiendos de cualquier cosa encontrada en las calles paceñas. Elías Blanco cuenta cómo Jaime Sáenz convenció a uno de ellos para que le cambiase su saco por un abrigo. “Jaime Sáenz se acercó a ellos a través del alcohol, bebía con ellos para ganarse su confianza, supongo que era el que invitaba a los tragos”. Hoy hace tiempo que ya no usan sus sacos remendados, sustituidos por ropa usada y algunos llevan carros con ruedas en lugar de cargar las mercancías en su espalda. Sin embargo, su problemática relación con el alcohol parece haber permanecido inalterable.

La vida en la calles paceñas

Patricia Velasco, gerente del Programa de atención a personas en situación de riesgo social del Ayuntamiento de La Paz, señala que las condiciones de vida de estos hombres determinan en muchos casos el consumo de alcohol. “La mayoría de ellos comienzan a trabajar de madrugada, muchos duermen en los propios puestos de venta, cuidando de las mercancías y expuestos al frío, y solo algunos consiguen un jergón de paja en cuartos compartidos por los que únicamente tienen que pagar un boliviano. Luego también hay chicos jóvenes que viven en la calle y que ya consumían alcohol o disolvente que se hacen aparapitas o limpiabotas, los oficios más fáciles para ganar algo de dinero. No se puede decir que sean de forma recurrente una población tendente al alcoholismo, pero sus condiciones de vida en la calle y el entorno de los mercados sí que propician ese consumo”.

La Paz y sus mercados: algunos parecen no tener fin, como el de la Rodríguez, por ejemplo. Más de 10.000 personas burbujean en una colmena de 16 hectáreas en la que el comercio desborda a cada rato las aceras. Y sin embargo, a pesar de sus cifras excesivas todo parece muy cercano; aquí aún puede percibirse el olor a coca pijchada y mezclada con lejía o el tintineo de las monedas que cambian de mano.

La mayoría de vecinos parece conocerse y saber su lugar en esta gigantesca compraventa, como las mujeres aymaras que brotan impasibles entre montañas de verduras y son las encargadas de dirigir el tráfico de balanzas, espaldas encorvadas y bultos desmesurados. De un almacén se escapan notas de cumbia andina y litros de cerveza que se comparten entre los puestos. Un aparapita de edad avanzada permanece tendido en el suelo, borracho ante la indiferencia general. “El entorno del mercado es permisivo. Los prestes (celebraciones), la fiesta del barrio, de la zona comercial… Estas fiestas son un símbolo de posición social para la cultura aymara. En zonas como la Rodríguez o la Garita de Lima hay fiestas todos los días, en todas está presente el alcohol” dice Patricia Velasco.

Las condiciones de vida de los aparapitas determinan en muchos casos el consumo de alcohol

Saturno dice que él jamás ha oído hablar de Jaime Sáenz ni del museo dedicado a su gremio y, que de todas formas, él no suele beber, tan solo lo hace algunas noches cuando el frío es insoportable y no bastan las frazadas para cubrirse. “No siempre hay una pensión para quedarse y empezamos a trabajar bien temprano, como a las cuatro de la mañana; a veces duermo en los puestos, aunque hay que estar medio despierto por la gente abusiva que intenta robarte o molestarte”.

Hoy es una de esas noches en las que dormirá a la intemperie. Sobre las once la noche, Saturno se dirige hacia el pasaje de la Calle Granados, los tenderetes de madera que por la mañana ofrecen ropa al peso se han llenado ya de bultos acurrucados entre sus mantas. Algunos tosen, otro roncan, la mayoría beben y gruñen desconfiados ante la presencia de los extraños. Todos esperan la llegada del alba, para, con cuidado de no despertarla por si aún duerme, echarse otro día más la ciudad sobre sus espaldas.

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