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Los edificios brutalistas que se quedaron sin construir: ¿un sueño o una pesadilla para el ojo humano?

Una exposición del artista Dionisio González en Ivorypress, premio OFF de PhotoEspaña 2019, abre el debate sobre la cuestionada belleza del movimiento arquitectónico, recreando en fotografías edificios que nunca llegaron a levantarse

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Edificio Woog House C5, 2018. |

Si para Goya el sueño de la razón produce monstruos, la experiencia nos dice que el sueño de la utopía puede volverse pesadilla en un abrir y cerrar de ojos. La exposición Concrete Island, que acaba de inaugurarse en la galería madrileña Ivorypress, y ha recibido el premio OFF en el festival PhotoEspaña 2019, presenta el trabajo del artista Dionisio González (Gijón, 1965), centrado en exponer y denunciar esa mutación distópica de la arquitectura brutalista.

Contra lo que a menudo se cree, el término brutalismo, referido a un estilo arquitectónico procedente del Movimiento Moderno de arquitectura que vivió su momento de auge a mediados del siglo XX no tiene que ver con una supuesta agresividad visual. En realidad, procede del nombre francés del hormigón armado, béton brut, material mayoritario en estas construcciones (también existe un brutalismo del ladrillo, quizá menos popular). Su desarrollo se relaciona con los avances técnicos en la construcción, que discurrieron en paralelo a las necesidades coyunturales de una Europa arrasada por las bombas de la II Guerra Mundial. Pero también se asocia con la ideología tendente al socialismo utópico a la que se adscribieron muchos de los arquitectos que fueron su punta de lanza.

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Casa Losey, 2018. |

Lo que Dionisio González presenta en Ivorypress, donde podrá verse hasta el 27 de julio, es un ejercicio de (ciencia) ficción consistente en recuperar diversos proyectos brutalistas de la Europa de los años cincuenta que jamás se llevaron a cabo. A partir de los diseños originales, los edificios se han integrado digitalmente en las imágenes de sus emplazamientos previstos, dando la impresión de que se trata de fotografías reales y que, por tanto, esas edificaciones existen.

El espectador bascula entre la fascinación y la aversión ante unos edificios de escalas excesivas o formas caprichosas donde las personas se integran sin habitarlos realmente. Se genera así un clima inquietante y deshumanizado que hace pensar en películas como La madriguera de Carlos Saura o el cine de Antonioni de los 60. Para González esa deshumanización es un punto clave en la evolución de la arquitectura brutalista, y quizá en el urbanismo contemporáneo en general: “Se ha perdido el patrón humano en aras de una radicalización de las formas escultóricas. Hay una ideografía megalómana que se inserta en las ciudades y que es ajena a la calidad del aire, a la educación, a la accesibilidad del peatón. Hemos perdido la facultad de crear ciudades donde sucedan actividades no indispensables”.

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Celan House, 2015. |

Sin embargo, no era ese el propósito original del brutalismo. Pensemos, por ejemplo, en el caso de Le Corbusier, quizá el más conocido de los paladines del hormigón armado. Una de sus creaciones icónicas, las Unité d'habitation erigidas en las afueras de Marsella (la primera unidad, finalizada en 1952) y en otras ciudades francesas, suelen ofrecerse como paradigma de ese sueño visionario con un final traumático.

La Unité se concibió como una especie de ciudad-edificio autónoma que integrara todo tipo de servicios de manera que sus habitantes ni siquiera tuvieran la necesidad de salir de ella para el desarrollo de su vida social. Por desgracia, la obstinada realidad se empeñó en tirar por tierra la utopía, como recuerda González: “La idea de levantar en Marsella una unidad arquitectónica para 1.600 habitantes, sobre pilotes para dejar zonas ajardinadas, con un núcleo central con hotel y una pista del atletismo de 300 metros, un gimnasio cubierto, un club, una enfermería, etcétera, ya nos indica algunos de los males que se han replicado en nuestras ciudades contemporáneas. Me refiero a los espacios vetados, que funcionan como realidades autónomas, auto excluyentes, y que amurallan sus territorios para separarse de los otros. Esa desconexión con el entorno urbano al que trata de sustituir con gestos autosuficientes y la conversión de estas grandes estructuras en guetos de exclusión explican en parte su fracaso. También el uso monolítico del hormigón, su dureza sensorial y el índice de criminalidad que se afianzaba en los espacios ciegos, los corredizos y pasillos”.

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Trans Acciones 13, 2018. |

Pero no puede decirse que los edificios de hormigón armado sean problemáticos en sí mismos, ya que también presentan casos de éxito. El propio González destaca el Barbican Estate, complejo residencial en plena City londinense diseñado en los años sesenta por el estudio Chamberlin, Power and Bon. O el Brunswick Centre, de Patrick Hodgkinson, en la misma ciudad. Entre los motivos por el que estos proyectos sí funcionaron como planteamientos habitacionales y urbanísticos, González no deja de lado un factor de clase: “Son edificios consagrados a residentes de clase media alta. Además se confió en los grandes espacios interiores abiertos con áreas públicas bien acondicionadas. Y por otra parte se encuentran en el núcleo de la ciudad, no en espacios periurbanos”.

Un nuevo decorado para 'instagramers'

Otro fenómeno que resulta interesante es el actual éxito popular del brutalismo, éxito propulsado en gran medida por las redes sociales. Da la impresión de que, tras una larga fase de caída en desgracia, la arquitectura del hormigón ha recuperado póstumamente el favor popular. El precio que ha tenido que pagar por esa rehabilitación es —nada nuevo— la banalización de sus premisas. Y es así como se habría convertido en un bibelot apto para todos los públicos, un decorado para instagramers con aspiraciones de trascendencia plástica. En este punto, González parece remitirse al atractivo inherente a todo paraíso perdido: “Las corrientes de seguimiento en las redes sociales van surgiendo a medida que se van demoliendo algunas de estas arquitecturas brutalistas”.

Es conocida la cruzada de críticos como el príncipe Carlos de Inglaterra contra el uso masivo del hormigón en la arquitectura: “es un ántrax monstruoso”, definió una propuesta concreta en su conocido discurso de 1984 ante un perplejo auditorio de arquitectos del Royal Institute of British Architects. González, en cambio, quiere dejar claro que su enfoque no pretende demonizar per se el brutalismo ni tiene nada de reaccionario: “El peligro de las utopías no reside en este deseo de aventajar el propio ritmo de la época. Esto es necesario para desarrollar y mejorar las ciudades. El problema reside en intentar reglar y normativizar conceptos que aún no tienen visos de plausibilidad. Siempre que las utopías pierden este equilibrio evolucionan distópicas”.

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