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‘Silenzio, per favore’

Todo se suspende ante la contemplación de tanta belleza, de tanta sensibilidad

'Descendimiento de Cristo de la Cruz', de Pietro Lorenzetti. Ampliar foto
'Descendimiento de Cristo de la Cruz', de Pietro Lorenzetti.

Silenzio, per favore. No foto. No picture. ¡Shsss! El monje que guarda la basílica de San Francisco en el pueblo italiano de Asís entona estas amonestaciones como una letanía. Recorremos la nave central de la basílica inferior, uno de los lugares de peregrinación más importantes de Europa desde la Edad Media hasta el presente. La llegada a la basílica nos ha ocasionado cierto enfado y decepción. Las calles principales del pueblo están llenas de hordas de turistas. Nosotros, con esa arrogancia del que no se ve a sí mismo como turista (al fin y al cabo, estamos en un viaje de trabajo, nos hemos escapado a ver los frescos de Giotto, no llevamos sombreros ridículos ni mochila ni sandalias con calcetines), miramos con rabia y desprecio a nuestro alrededor, pensando que este lugar tan hermoso no se merece tanta fealdad. Pero hemos llegado hasta aquí, queremos ver los frescos, entramos refunfuñando contra el mundo. Silenzio, per favore. Me conmueve ese monje que desesperadamente intenta que los visitantes guarden el recogimiento y el decoro que su santo merece. ¿Habrá elegido él ese papel de guardián de la paz perdida o se lo habrán asignado? ¿Podrá ampararse, como haremos nosotros pronto, en la belleza que le rodea? Y es que enseguida una imagen nos captura y nos sorprende. Es un fresco, pero no es de Giotto. Los suyos están en la parte superior del gran templo. Estamos ante un descendimiento de la cruz en el que todo se ha vuelto humano. Cristo es un cuerpo deformado por el sufrimiento y por la muerte. José de Arimatea arranca un clavo de su pie con unas grandes tenazas, un martillo descansa en el suelo cerca de un pequeño charco de sangre. María sujeta con ternura la cabeza del hijo, María Magdalena le besa la mano inerte, Juan y Nicodemo lo abrazan al descenderlo. Todos tocan el cuerpo de Jesús, más hombre que nunca, con un gesto de delicado cariño. Sin estridencias, sin dramatismo. No queda rastro de divinidad en esa representación cuya autoría todavía desconocemos. Parece manierista por el movimiento de los cuerpos, el alargamiento de la figura de Jesús, la complicada composición. Nos miramos conmovidos y mi compañero descubre otro fresco impresionante. Es un ahorcado eviscerado: la cabeza colgando desencajada, los intestinos expuestos. Es una representación del suicidio de Judas. A pesar de la violencia, la belleza del rostro me recuerda a la de los cuadros de Rosetti. Estamos tan absortos que se nos han olvidado los turistas, el monje y su letanía. Todo se suspende ante la contemplación de tanta belleza, de tanta sensibilidad. Buscamos la autoría de los frescos y resulta que son de Pietro Lorenzetti, un autor que desarrolla su obra entre 1300 y 1348. Lo hubiéramos ubicado al menos dos siglos después.

Se nos acaba el tiempo y decidimos seguir a las hordas hasta la basílica superior. Al fin y al cabo hemos ido hasta Asís para ver a Giotto. Y sí, es bonito ver en vivo los famosos frescos. Pero no nos conmueve. Nada de lo que vemos nos acerca como lo ha hecho Lorenzetti al drama del amor y de la muerte, la pérdida del ser querido, la culpa, el remordimiento atroz que lleva al suicidio. Los frescos de Giotto (si realmente son suyos) palidecen ante la humanidad de Lorenzetti. Ahora y entonces Lorenzetti es nosotros.

Qué pena. Cuánta gente pasará por delante de esos frescos sin ni siquiera dedicarle una mirada mientras escuchan al pobre franciscano repetir, ya sin demasiada fe, silenzio, per favore.

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