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Hipocondría política

Me pregunto qué hay en nuestro futuro que no nos imaginamos, que no podemos anticipar

Hipocondría política
Getty Images/iStockphoto

En El nenúfar y la araña (Tránsito; traducción de Laura Salas Rodríguez) Claire Legendre explora la hipocondría como enfermedad intangible, como forma de protegerse, como sortilegio para anticipar la desgracia, conocerla de antemano. La hipocondría es una manera de construir la narrativa que da sentido a un dolor invisible, a una enfermedad inexistente que, sin embargo, se siente como real. “Antes de que se perfilase la enfermedad, me la inventé”, escribe Legendre. “Me la inventé para ser su autora; así, si esa enfermedad existía, al menos no se impondría, sino que sería mi obra. De ese modo tendría el espejismo de controlarla”. Leí este libro hace días, después de haber escrito mi columna Soy miedica. Me sorprendió cuánto de lo que yo contaba en ese texto se relacionaba con la obra de Legendre. No sólo por algunos de los miedos que describe (ay, la aracnofobia), también por su inclinación a anticipar la desgracia. Yo no soy hipocondriaca en cuanto a las enfermedades, pero sí sufro de hipocondría política. Y me atrevo a decir que no soy la única.

Hace no tanto vaticinábamos un escenario aterrador en el que las derechas llegaban al poder. Pensábamos que Vox irrumpiría con mucha más fuerza en el Congreso de lo que ha hecho (aunque que haya un solo diputado de ese partido en el Gobierno ya me parece preocupante) y que tendrían la llave para formar un Gobierno que eliminaría derechos fundamentales. Lo pienso sólo ahora, pero creo que hemos actuado como la hipocondriaca Legendre: imaginamos la enfermedad antes de que llegara, tal vez para prepararnos, para ejercer algún tipo de control sobre el inquietante escenario de futuro. Esa imaginación hipocondriaca también hizo que los votantes de izquierdas nos movilizáramos y votáramos. Dormimos más tranquilos esa noche del 28-A.

Ante la angustia de la enfermedad creada, Legendre habla del ansiolítico como remedio insuficiente porque “el medicamento contra el miedo no nos cura de la consciencia de tenerlo. Solamente suprime los síntomas”. Sin negarle ninguna importancia al voto, me pregunto si su ejercicio podría ser nuestro ansiolítico. Al fin y al cabo, ¿significa que el triunfo del PSOE y la esperanza de una alianza de izquierdas (hoy todavía viva, no sé si para cuando se publique esta columna lo estará) haya acabado con la amenaza de la ultraderecha y la inquietud que nos provoca? Definitivamente no.

Por mucho que nos anticipemos, que seamos previsores, que hayamos calmado nuestra ansiedad hablando en las urnas, nos puede pasar como a la autora de El nenúfar y la araña. Después de estar convencida desde niña que no viviría más de 27 años sin que eso se cumpla, después de pensar que moriría por una intoxicación de semillas de albaricoques o que tenía cáncer y resulta que no, un día se pone realmente enferma. Después de muchas pruebas descubren que tiene un problema con su timo. El timo, por si no lo saben (yo no lo sabía), es un órgano glandular perteneciente al sistema inmunológico. La autora, tan consciente de su cuerpo, ni siquiera sabía que albergaba ese órgano con forma de nenúfar en su interior. Lo descubre como se descubre a una araña replegada sobre sí misma, en la esquina del dormitorio, que decide descolgarse de su tela mientras una está despistada. Y no puedo más que preguntarme qué hay en nuestro futuro político que no nos imaginamos, que no podemos anticipar. Qué araña sigilosa, qué nenúfar enfermo.

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