Opinión
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Pablo Casado ya ha dimitido

El líder del PP renuncia a sí mismo para sobrevivir al menos cuatro semanas en la ruta del 26-M

Pablo Casado, en rueda de prensa tras la reunión del comité ejecutivo nacional del PP el 29 de abril.
Pablo Casado, en rueda de prensa tras la reunión del comité ejecutivo nacional del PP el 29 de abril.ULY MARTIN / EL PAÍS

La principal razón por la que Pablo Casado permanece a estas horas al frente del PP no es tanto que acaba de llegar —menos tiempo duró Lopetegui— como la reválida del 26 de mayo. El desastre del domingo lo ha carbonizado, pero la segunda vuelta de las europeas, autonómicas y municipales representa una tregua agónica a la operación de desahucio y derribo. Podrá verificarse entonces si el PP había tocado fondo el domingo o si todavía puede deteriorarse el proyecto de Casado. La primera opción le permitiría sobrevivir en condiciones de angustiosa precariedad. La segunda forzaría los plazos de la dimisión.

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Para prevenirla no es que Casado haya virado hacia el centro en un ejercicio de obsceno travestismo. Lo que ha hecho Casado es exponer su falta de credibilidad. Y no solamente por haber admitido el error que supuso mimetizarse con el oscurantismo de Vox, sino por renunciar a su propia idiosincrasia e ideología. Casado quiere liderar un camino en el que no cree. Antepone la supervivencia a la coherencia. Abjura verbal, cosméticamente, de sus convicciones —aborto, centralización, política migratoria, seguridad, patrioterismo, pulsiones confesionales, populismo— como si el centrismo fuera un disfraz de amianto para reaccionar al incendio que lo acecha.

O el PP se modera o el líder es Casado. Cuesta trabajo compaginar las dos opciones. Y resulta extravagante que Casado pida confianza a sus votantes después de haberlos desconcertado él mismo con la incongruencia de sus reacciones al shock. Llegó a decirle a Abascal que los bomberos no deben pisarse la manguera. Le propuso gobernar juntos. Y atribuyó una parte de la derrota a la herencia del marianismo, la "derechita cobarde y acomplejada".

¿Hay que regresar entonces al camino contemplativo y tecnócrata de Rajoy? Más que variar el rumbo y hacer vudú con el icono de Aznar, Casado ha pegado un volantazo como respuesta desesperada al fracaso electoral; como una concesión a la inquietud de los barones territoriales —algunas fuentes sostienen incluso que Feijóo amenazó con organizarle una gestora— y como una cataplasma al desasosiego de los candidatos que se arriesgan al abismo del 26-M. Borja Sémper, referencia del PP moderno, reniega de las siglas en su campaña a la alcaldía de San Sebastián, mientras que García Albiol, aspirante a Badalona, improvisa una apología de la moderación cuando él ha representado la línea ultraconservadora.

Más que solo, Casado está rodeado de enemigos. La revancha de los represaliados del PP se añade al antagonismo natural del PSOE, al acoso de Vox y a la competencia letal de Ciudadanos. Se trata de un escenario caótico que amenaza existencialmente a los populares y que el propio Casado ha llevado a un extremo exasperante. Debería dimitir, si es que no lo ha hecho ya: ha renunciado a sí mismo para salvarse cuatro semanas.

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