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Serge Lutens: “Los mejores perfumes usan los peores olores”

Serge Lutens
A la izquierda, retrato de Lutens en 2018. En esta página, una de las imágenes que realizó para Shiseido en 1192.

Serge Lutens, el gran perfumero cuya concepción de la belleza remite a la poesía teñida de vida, abre las puertas de su fantástica propiedad en Marruecos. Una casa tan enigmática y vasta como su universo creativo.

HAY QUE SORTEAR un tráfico variado en el recorrido que conduce hasta la casa del legendario perfumero Serge Lutens (Lille, 1942). Por las angostas calles de la medina de Marrakech se entrecruzan coches, burros, motos, carromatos, paseantes y vendedores ambulantes. Aunque lo cierto es que esta maison no es estrictamente su casa porque no vive aquí, ni Lutens es simplemente un perfumero, este camino quizá pueda servir de metáfora para ilustrar los encuentros y giros que han sembrado la trayectoria del visionario esteta francés. Por los meandros de su carrera se han cruzado distintas disciplinas como el maquillaje, la fotografía o el cine, en París, Marruecos y Japón. Arrancó en un salón de belleza de Lille cuando era adolescente y fue director creativo del grupo Shiseido tras su paso por Dior y por Vogue, donde colaboró con Irving Penn y Avedon. Lutens habla de estos saltos casi como de accidentes casuales, pero detrás hay una constante y muy personal fijación por la belleza, la poesía y el trabajo.

Autorretrato de Serge Lutens tomado en 1982.
Autorretrato de Serge Lutens tomado en 1982.

El exquisito monsieur, menudo e impecablemente vestido de negro con la blazer metida dentro del pantalón y elegante bastón, siempre ha preferido mantenerse a contraluz. “Soy de sombras. No me gusta estar a plena luz”, dice sentado en uno de los patios de su espléndida y desconcertante casa, con un tono cómplice y ambiguo. Representante de una época en la que la belleza se alejaba de prototipos y de la “emulación”, la elegancia de Lutens tiene que ver con una verdad perfumada de vida.

Hay algo huidizo en su conversación, enreda con cuidado las palabras para hablar de contrarios y equilibrios. “El olfato es el sentido de la estimación. Lo que nos gusta y lo que no están en un mismo orden, no hay buen ni mal gusto porque tiene que ver con los recuerdos fijados, y eso es algo que en gran medida desconocemos”, explica. Su infancia transcurrió en una familia de acogida como hijo ilegítimo. “No nací en el lujo ni tenía ninguna afinidad con el mundo del perfume, nadie lo usaba cuando yo era pequeño, pero seguramente eso sirvió para prepararme”.

Lutens seduce y desmitifica. Cuando habla de su proceso creativo no hay cuentos de hadas, sino una verdad crudamente poética que trata de volver luminoso lo oscuro. “Los mejores perfumes usan los peores olores”. Ante el desafío, el perfumero se crece. “En la complejidad de lo fuerte y desagradable está la mezcla”.

La sensación al traspasar el umbral de la imponente propiedad —­que lleva remodelando y ampliando desde los años setenta y hoy ocupa casi una hectárea— es la de haber llegado a un oasis. Es un espacio onírico pero palpable, la materialización delicada de un universo estético enigmático como sus perfumes. “Esta casa está vacía. No sé por qué existe, pero es la encarnación de mi vacío y de mi espera, una espera que no pretende ser colmada”, afirma con media sonrisa. En el amplio zaguán, unos artesanos aplican una capa de pintura a las paredes de mosaico y yeso cuyo tono ocre hace pensar en muros de cuero. En el último par de años Lutens ha empezado a abrir su maison a contadas visitas. “Nunca antes hubiera dejado que alguien entrara con los artesanos trabajando. Es como recibir en camiseta, no es mi estilo”, dice.

El 'grand salon' de la 'maison' Serge Lutens.
El 'grand salon' de la 'maison' Serge Lutens.

El principio de esta fantasía arquitectónica fue una madrasa que compró en los setenta. Hoy se suceden los arcos, los patios con fuentes, las salas alargadas como vagones de tren, las estancias pequeñas con artesonados. Los muros van creando un juego de espejos y perspectivas, donde las referencias no se ocultan y se transforman en algo nuevo. De la oscuridad se pasa a los brillantes patios, unos desnudos, otros llenos de vegetación. Hay algo de Alhambra teñida de color oscuro, y también sutiles guiños a la nitidez japonesa. Lutens habla con desdén del orientalismo francés, su casa no tiene nada de pastiche. En Marrakech trató a Saint Laurent, y también conoció a Juan Goytisolo (“un inmenso escritor”), próximo a su admirado Jean Genet.

Lo que hago es algo totalmente subjetivo, cuento mi historia

Otra ala de la casa es de inspiración déco; la zona más doméstica (si en lo doméstico tuviera cabida en esta fantasía que incluye una bañera cuadrada y negra excavada en el suelo). La estética modernista concuerda con los frascos de sus perfumes y con su mítica tienda en el Palais-Royal de París. Lutens no piensa en esta casa como un secreto ni un escaparate. “Es una obsesión”, dice enarcando las cejas. Aquí empiezan todos sus olores, porque fue en Marrakech donde imaginó que un día haría un perfume y porque aquí está su laboratorio privado.

En 1968 hacía un año que había empezado a trabajar en Dior (“una empresa muy francesa con los defectos franceses de esnobismo y pretensión que son francamente irritantes”). Un paseo por el puerto de Marsella le condujo hasta un barco que partía al día siguiente para Marruecos. “En principio iban a ser 10 días y al final fueron tres meses”, recuerda. “Ahí empezó mi historia con el perfume; no es que lo descubriera, sino que sentí algo, regresó el gusto”. El intenso olor a cedro de una carpintería en la medina fue la clave. “Es un olor fresco, cálido, suave y animal, está todo lo que me gusta. Pensé que algún día haría un perfume así, un poco como un niño que dice que será conductor de tranvía”. Su flechazo con Marrakech quedó entonces sellado, pero aún tardó más de 10 años en crear su primera fragancia, y en esto fue fundamental Japón, su otro polo de atracción estética y vital.

El despacho del perfumero.
El despacho del perfumero.

La mítica modelo Sayoko Yamaguchi (musa de la colección de Kenzo en 2018) fue quien le puso en contacto con la firma de cosmética Shiseido, donde Lutens volcó su talento creativo durante 20 años. Para ellos empezó a hacer los perfumes, siendo el primero el revolucionario Nombre Noir, hoy fuera de circulación. En el año 2000 Lutens lanzó su propia marca dentro del mismo grupo, reuniendo los perfumes ya creados en varias líneas que sigue ampliando. L’Innominable es uno de los nuevos en el exquisito repertorio de Lutens que encuentra en el contenido de sus frascos-joya una poderosa herramienta narrativa. “Un perfume objetivamente es un líquido que huele bien, y lo que yo hago es algo totalmente subjetivo: cuento mi historia a través suyo, y es una historia que llega a los demás porque si no, no tendría sentido”. La elipsis o la metáfora no están lejos de su caja de herramientas. “El perfume es eso, es ese momento, ese juego que catapulta un sentido, algo que no está maduro para ser puesto en palabras, una fase previa a lo verbal”. A pesar de todo, Lutens recurre a una cita de Gide para la despedida: “Natanael, yo te enseñaré el fervor’. ¿Qué mejor escuela que el fervor y qué mejor maestro que André Gide?".