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Manuela Vellés: palabras que silencian las entrañas

NO LA VES cuando pide en el metro cada domingo a unos centímetros de ti. O más bien no quieres verla, no levantas la mirada del suelo, haces como que no la recuerdas, que la miseria no va contigo. Nunca le preguntaste por esos largos suspiros que sonaban como si le rompieran las costillas o por sus alas rotas. Ni por el tiempo que pasaba encerrada en un cuarto sin ventilación, por las citas en las que llegaba demasiado tarde o no llegó. Sentirás un latigazo al encontrarla de nuevo, esta vez gastando las limosnas sola en el casino, desvaneciéndose como una estrella fugaz que se suicida en el infinito. Únicamente te compadecerás de ella un segundo pero después devolverás la atención a la partida.

Tampoco reparaste en él, en el niño que llevaba gafas de piscina a plena luz del día en tu barrio, fuego en los bolsillos para ofrecer a los extraños. No compartía los recreos con nadie. Se mordía los dedos hasta lastimarse, necesitó un amigo que jamás existió. Ahora conversa con su imaginación en una estación de autobús y no haces nada, solo comentas su locura con un tercero brevemente de camino al trabajo.

Ellos se sienten solos en una casa vacía mientras tú te diviertes en un bar abarrotado. No lo dicen pero saben que antes de dormir guardas tus pecados junto a la ropa sucia en el armario. También que pierdes la dignidad para llegar a fin de mes, costear errores y desahogar decepciones. Te regalaron una vida que nunca mereciste, desaparece lentamente por un sumidero de acero. Caen todos, ladrillo a ladrillo.

“El día que el sol se hizo pedazos, volaron nuestras plumas”, reza Manuela Vellés en su No me ves dentro de este vídeo de Malditos Domingos. Grabado en una estancia de ensueño, la luz de desayuno acaricia sus cabellos de oro fundidos con el sol.

Es la calma antes de la tormenta. Sus sílabas de bronce tienen espinas que nos harán soñar despiertos. Pasamos de sentir la calidez más cotidiana a la saudade más profunda. Se puede leer en los ojos y en la voz de la artista. Nos hará pedazos al final de la lectura: “Si tiras de la cuerda no me ves”.

Cientos de películas salen de su mirada. Con ella se abre el telón del teatro de la vida, el cine de la existencia. Las escenas que contemplamos a través de su canto dependerán de nuestros propios saldos pendientes, amores rotos y recuerdos perdidos. “Vuela alto, pájaro en el escenario”. “Vivir es ser otro” diría Fernando Pessoa.

Canta palabras que silencian las entrañas: “Sosiego, busco sosiego”. “Una cama de algodón y horas de sueño”. Es el choque de dos trenes, dos amantes que lloran desamor en lados separados de la cama, una noria que gira y gira mostrando todos los altibajos de una relación.

El “corazón congelado estaba dormido, escondido, sin sentido, sin saber, arrugado contra la pared, ahogando las palabras”. La ciudad fría se derrite con la melodía, sangra y empieza a iluminar a la gente que olvidó. Entonces alguien grita fuego, nos estábamos quemando.

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