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IDEAS TRIBUNA i

Ni el cielo ni el infierno se librarán de Michael Jackson

Un documental regresa al escenario del crimen: las acusaciones de abusos sexuales a niños del rey del pop

Michael Jackson con Jimmy Safechuck en su avión en 1988. En vídeo, tráiler del documental 'Leaving Neverland'.

“Si la gente escucha una mentira el tiempo suficiente, se la cree. Yo soy un afroamericano orgulloso: el rumor de que me aclaro la piel no es cierto. El rumor de que Lisa [Marie Presley, su esposa] dijo que quería un niño blanco para interpretarme como niño en el cine es eso: un rumor. El rumor de que no quise cantar en la investidura de Clinton es eso: un rumor. Y no soy gay”.

Es Michael Jackson grabado el 1 de marzo de 1996 en una habitación del Four Seasons de Nueva York; no responde a una entrevista sino a un interrogatorio policial sobre abusos sexuales. Jackson, maquillado ligeramente, con melena y sombrero negro de ala ancha, bosteza, ríe de forma incontrolada y, cuando le preguntan si alguna vez fue acusado de abusar sexualmente de un niño, abre mucho los ojos y se tapa la cara con sus dos manos blancas de dedos finos y larguísimos.

Tres años antes, en 1993, Jordan Chandler se convirtió en el primer niño que denunciaba a Michael Jackson. La mayor estrella del mundo, el hombre que subía y bajaba de los aviones con niños, que posaba con niños sentados en sus piernas, que subía niños al escenario, les componía canciones y los invitaba a su rancho Neverland con sus familias, era acusado de abusar de ellos. Jordan Chandler, 13 años, dio al jurado detalles tan exactos sobre los genitales de Jackson que la policía de California fotografió las partes íntimas del más celoso protector de su privacidad; “se presentaron con una orden de registro, fue el momento más humillante de mi vida”, declaró Jackson. El compositor de Thriller suspendió su gira Dangerous y después pagó más de 20 millones de dólares en un acuerdo extrajudicial. Según él, para no prolongar el infierno de una acusación falsa; según la familia del niño, para librarse de una condena segura.

El elefante llevaba años en la habitación. Tan grande y durante tanto tiempo que en un documental hecho en 2002, años después de haber cerrado en falso el caso de Chandler, Michael Jackson abrió las puertas de Neverland a Martin Bashir, un director que le prometió que haría el retrato “más honesto” que le harían nunca. Jackson se convenció de que aquello saldría de maravilla; terminó declarando ante la justicia hasta el director Bashir. En la cinta, la estrella contaba cómo había dormido con niños. “No era sexual. Yo los arropaba, ponía un poco de música y les leía un libro (…) Nos íbamos en la cama con la luz encendida y yo les daba leche caliente y galletas. Era agradable y muy dulce (…) Es lo que el mundo entero debería hacer. ¿Por qué no se puede compartir la cama? La cosa más afectuosa es compartir la cama con alguien. Es una cosa magnífica. Es muy correcta”. Junto a él, un niño de 13 años, Gavin Arvizo, asentía apoyando la cabeza en su hombro y cogido de la mano del astro. Jackson aclara que él duerme en el suelo y el niño en la cama. El entrevistador pregunta si en la casa no hay más cuartos. Jackson dice que sí, pero que los niños quieren dormir con él. No se sabe si es más inquietante la imagen de él durmiendo en la cama con el niño o eligiendo el suelo de una mansión con decenas de habitaciones, teniendo en cuenta que murió por la adicción a los fármacos con los que trataba dolores de espalda que lo tuvieron atado a las drogas durante décadas.

Aquello era, como poco, turbador; un hombre adulto yéndose a dormir con sus mejores amigos, niños a los que declaraba públicamente su amor incondicional y decía regalarles la infancia que él no tuvo, que conocía en concursos de baile, niños con talento y sin él, niños cuyas familias entregaban sin condiciones mientras eran agasajadas con casas y coches. Y he aquí una de las sombras más oscuras del eterno caso Jackson: el comportamiento de los padres, entregados cuando creían inocente a Jackson y erráticos cuando lo culparon. El interrogante recorre Leaving Neverland, el documental de Dan Reed que recoge los abrumadores testimonios de Wade Robson y Jimmy Safechuck, dos hombres que ahora acusan a Jackson de haber abusado de ellos cuando eran niños. Los padres de Robson y Safechuck, de Chandler y Arvizo, de Brett Barnes, del propio Macaulay Culkin, los padres de todos ellos. Los padres que recibían dinero a espuertas cuando sus hijos dormían con un hombre de treinta años mientras ellos descansaban en el pabellón de invitados, y que, acabada la relación o el dinero, reclamaban más millones mediante denuncia (o para no denunciar). En el caso de los Chandler, ¿es decente que abusen sexualmente de tu hijo de 13 años y dejes en libertad al monstruo, con ilimitada capacidad para reincidir, a cambio de dinero?

Leaving Neverland es un documental que recoge dos testimonios escalofriantes llenos de detalles y pruebas abrumadoras, poniendo al público ante una tesitura primitiva: la de creer o no creer, o sea sentenciar o absolver, saltándose la justicia. La cinta acribilla a Jackson, que no tiene un defensor en todo el metraje porque se trata, según su director, “de un estudio detallado, de cuatro horas de duración, sobre la psicología del abuso sexual infantil, que se cuenta a través de dos familias que tuvieron un vínculo emocional durante 20 años con un pedófilo disfrazado de amigo de confianza”. Todo ello ahonda en una cuestión verdaderamente delicada. ¿Puede funcionar el sistema de justicia con alguien como Michael Jackson? Testigos que acusan y se retractan, testigos que defienden y dan marcha atrás, padres de niños que se contradicen, una presión mediática y social desbordante; todo bañado en ingentes cantidades de dinero y de un jurado que, como contó Guillermo Alonso en Icon, al ver una de las pruebas que empieza con un vídeo con música de Billie Jean, se movía inconscientemente al ritmo de sus acordes.

El nuevo documental deja en el aire una cuestión delicada: ¿el sistema de justicia funciona con alguien como Jackson?

Meses después del documental de Bashir, el niño que apoyaba su cabeza en el hombro del rey del pop, Gavin Arvizo, lo denunció por abusos sexuales, Jackson fue arrestado, su casa registrada y él acusado formalmente. Le pidieron 18 años de condena, que habría cumplido en la misma cárcel que Charles Manson. Fue absuelto de todos los cargos por falta de pruebas concluyentes. Le ayudó con su testimonio Wade Robson, que defendió a Jackson durante años y ahora le acusa, dando detalles con pelos y señales, en Leaving Neverland. Miembros del jurado expresaron sus dudas al final. Raymond Hultman: “No creo que este hombre pudiera dormir en la misma habitación 365 días seguidos con un niño y no hacer nada más que ver la televisión y comer palomitas. Pero que no tenga sentido no le convierte en culpable”. La última frase es clave: nada en Michael Jackson tenía sentido. Tras la primera acusación de Chandler su reacción fue grabar un vídeo en el que declaraba su amor a los niños de todo el mundo y de todas las razas, decía que eran el gran amor de su vida y que quería vivir a través de ellos la infancia que él no tuvo. Años después, para defenderse de las acusaciones de abusos sexuales, graba un documental cogiendo de la mano a un niño mientras dice que adora dormir con ellos y que le parece una gran prueba de amor. No tiene sentido en una persona culpable; tampoco lo tiene en una persona inocente.

“Como mucha otra gente en este mundo nuestro pos-O.J.Simpson y Pos-Tyson, no me siento muy dispuesto a tratar la absolución en un juzgado de California de una estrella que tiene detrás a un equipo de abogados con minutas millonarias como una tarjeta chapada en oro para salir libre de la cárcel”, dijo el ejecutivo de la industria musical John Niven en The Guardian tras la muerte del artista en 2009, en un artículo que recordaba que la policía había confirmado la existencia de las manchas del pene de Jackson que había descrito el niño Chandler, y que fue después de que los investigadores contrastasen eso cuando el rey del pop accedió al acuerdo extrajudicial. Claro que, según la lógica de Niven, cualquier estrella que pueda pagarse una gran defensa es culpable por defecto.

El mundo no puede librarse de Jackson. Todos lo juzgamos y estamos siendo juzgados porque de algún modo todos somos cómplices de haber construido una impunidad que tiene que ver más con lo divino que con lo terrenal. Lo apunto él en el Four Seasons, 1996: “Jesús dijo que hay que amar a los niños y ser como ellos. Ser juveniles, inocentes, puros y honorables. Él siempre se rodeaba de niños. Así me criaron: a creer en él y ser como él, imitarlo”. Pero si Michael Jackson fue criado como Jesús, no fue en el amor sino camino al calvario, apalizado y torturado por un padre despótico que quiso hacer de él un dios sin saber que, lejos del cielo, a Dios cuesta distinguirlo del diablo.

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