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OPINIÓN i

Sánchez y su sermón de la montaña mágica

El presidente del Gobierno puede enarbolar en Davos su discurso sin que le recuerden sus 84 escaños

Foro de Davos
Pedro Sánchez interviene este miércoles en el Foro de Davos. AP

Sánchez reserva la mejor versión de sí mismo para el exterior. En otoño ya se hizo evidente que prefiere ejercer de Mr.Sánchez, mandatario de una vieja potencia en el tablero global, que de Sr. Sánchez, presidente de un Gobierno en minoría parlamentaria con múltiples esclerosis. Acudir a Davos era, en ese sentido, tentador. Si en España difícilmente puede zafarse del chapapote del procés, las barricadas de los conflictos laborales o la debilidad parlamentaria que 24 horas antes escenificó su soledad con el decreto de la vivienda devuelto a los corrales; bajo la montaña mágica, en el gran foro de los tres mil líderes, puede enarbolar el discurso de la cuarta revolución industrial o el pacto social progresista ante un auditorio respetuoso sin que se le recuerden sus 84 escaños.

Para el presidente, lejos de las marimorenas en su backyard, Davos era un buen escaparate. Allí ha sido presentado como presidente de “uno de los países más importantes en el tablero mundial”, con elogios para el crecimiento y el control del déficit. Rajoy nunca se atrevió a visitar el Foro Mundial, donde “todo es política” como escribió allí Thomas Mann, después de la desairada visita de Zapatero entorpecida por un inglés apenas rudimentario. De ahí que un año atrás acudiera Felipe VI para defender la marca España. Sánchez, con un inglés correctísimo y su comodidad en los escenarios, se ha desenvuelto bien para enarbolar las banderas del progresismo mientras en España la policía cargaba contra los taxistas en un conflicto trasladado negligentemente por su gobierno a las comunidades y sus socios continúan desmoronándose con números rojos en las encuestas.

Europeísmo. Feminismo. Ecologismo. Y algún ismo más. El discurso breve del presidente Sánchez en Davos parece encajar en ese riesgo para la izquierda que diagnostica Mark Lilla en El regreso liberal: dirigirse a grupos particulares más que a la ciudadanía en general con un proyecto colectivo. Pero además Lilla enfatiza que esas políticas de la identidad han acabado por ser disgregadoras y hasta excluyentes; y concluye que “ha dejado de ser un proyecto político para convertirse en uno evangélico”. Sánchez ha proclamado su fe en el pacto social –“los progresistas son los únicos que siguen explorando caminos que pueden llevarnos a un nuevo pacto social prometedor”– pero es poco probable que en la cena del Congress Hall, esta noche en Davos a cargo de la ciudad china de Dalián, nadie citara frases del discurso de Pedro Sánchez o considerasen que su critica a los conservadores hostiles a los débiles pueda resolver mucho. Los 15 minutos de gloria en Davos dan para buenas portadas pero difícilmente para arreglar la complejidad del mundo.

La participación de Pedro Sánchez en el debate de Europa y del nacionalpopulismo es interesante. No estar, de hecho, debería ser lo censurable. Tras el aislamiento hasta cierto punto melancólico de Rajoy, se trata de una reacción en la dirección correcta. El problema para el presidente es la provisionalidad que pesa en España sobre su Gobierno, y que también alcanza a las cancillerías. Sánchez trata de prolongar el mandato incluso a 2020, desentendido no ya de su compromiso en la moción de convocar rápido, sino de una realidad muy difícil de gobernar con su debilidad parlamentaria, que hace impensable afrontar los grandes problemas que el propio Sánchez ha enunciado. Y esa contradicción es un lastre. Él mismo hablaba en Davos del tumor de la “desilusión de los gobiernos” sin reparar en su propia realidad.

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