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¿El mundo va mucho mejor de lo que piensas?

Según Jacques Lecomte, presidente de honor de la Asociación Francesa de Psicología Positiva, sí. Así lo cuenta en su último ensayo

Estudiantes cantan y bailan durante su fiesta de graduación en Bukavu (República Democrática del Congo).
Estudiantes cantan y bailan durante su fiesta de graduación en Bukavu (República Democrática del Congo). AFP

Hay trenes que llegan puntuales y otros que lo hacen con retraso. Para Jacques Lecomte, presidente de honor de la Asociación Francesa de Psicología Positiva, centrarse exclusivamente en unos u otros significa olvidar que existe también una tercera categoría de trenes, los que llegan con anticipación. En su último ensayo, ¡El mundo va mucho mejor de lo que piensas! (Plataforma Editorial), quiere hablar de ellos, “es decir, las hermosas experiencias y todas aquellas personas que se están moviendo hacia más esperanza y humanidad”, ofreciendo a largo de 18 capítulos datos para demostrar que la humanidad vive mejor. 

Psicólogos como Steven Pinker llevan tiempo diciendo que hay razones de sobra para ser optimistas. Así lo hace también el médico y divulgador sueco Hans Rosling en un libro póstumo publicado junto a su hijo y su nuera. Lecomte enumera hasta 50 razones para mirar con confianza al presente, aunque alerta de que la prudencia sigue siendo necesaria. Más de mil millones de personas, alega, han escapado de la extrema pobreza desde 1990, mientras que varios grupos terroristas han abandonado la lucha en estos últimos años. La mortalidad materno-infantil se ha reducido a la mitad entre 1990 y 2015. La viruela ha sido completamente erradicada, solo por citar algunos ejemplos. “Cierto es que nuestro mundo dista mucho todavía de ser perfecto, pero no se precipita hacia la catástrofe y es legítimo ser optimista al pensar en el futuro”, escribe.

Lecomte insiste en que es necesario mirar al mundo de otra manera para actuar mejor, ya que, en el conjunto del planeta, la pobreza, el analfabetismo y las enfermedades han retrocedido. “Generalmente damos más importancia y tendemos a reaccionar más rápidamente a los aspectos negativos de la existencia que a los positivos. Es lo que los psicólogos definen como sesgo de negatividad”, explica en un correo electrónico. Este fenómeno, detalla, se observa en múltiples situaciones: notamos el dolor, pero no la ausencia de él; atendemos al coche averiado, pero no cuando funciona bien; vemos a la persona que salta una fila, pero no a todos los que están esperando su turno adecuadamente, etcétera.

Los psicólogos evolutivos que han estudiado este fenómeno sostienen que el aumento de la sensibilidad ante los eventos negativos está vinculado con la necesidad de adaptarse al medio. Para una gacela, por ejemplo, es vital detectar a un león al acecho, con lo cual el cerebro está más predispuesto a detectar un peligro y reaccionar ante él. “Entiendo perfectamente que las personas funcionen así”, dice Lecomte, “pero me parece útil liberarnos de nuestros atavismos ancestrales”.

Los estudios muestran que uno puede ser optimista, mientras se mantiene perfectamente lúcido. El pesimismo conduce al inmovilismo, mientras que el 'optirrealismo' fomenta la acción

Al otro extremo, está el llamado sesgo de positividad, es decir, pensar que disponemos de más cualidades que la persona dentro de la media. “Si estos dos modos erróneos de razonamiento están asociados, es lógico que las personas consideren que es necesario prestar atención a los problemas y que razonar así es el reflejo de una inteligencia superior. Así que a los optimistas se les considera como ingenuos”. Nada de más lejos de la realidad, en su opinión. “Los estudios muestran que uno puede ser optimista, confiado, mientras se mantiene perfectamente lúcido. Eso es lo que yo llamo optirrealismo. El pesimismo conduce al inmovilismo, mientras que el optirrealismo fomenta la acción”.

En su libro, Lecomte señala que el auténtico optimismo necesita realismo para no caer en la ilusión, pero, de la misma manera, la forma más apropiada de realismo consiste en ser un optimista activo, medir el camino ya andado y animar a proseguir la acción, porque queda todavía mucho por hacer.

En su opinión, hay al menos tres buenas razones para no escuchar demasiado a los profetas de la desgracia: con frecuencia inducen a error, desmovilizan, incitan a menudo a medidas políticas autoritarias. “Es necesario preocuparse por los problemas de este mundo. Lo que cuestiono es el exceso de información catastrofista difundida cada día por los medios de comunicación”, dice el autor. Denunciar una y otra vez los problemas del mundo puede resultar útil en un principio, aunque al cabo de un tiempo prolongar la denuncia con exceso puede arrastrar hacia la agonía catastrófica, hacia un sentimiento de impotencia y, consecuentemente, al inmovilismo.

Los medios, alerta, a menudo se suben al carro de los profetas de la desgracia. “Esto está particularmente relacionado con la creencia de que las buenas noticias se venden mal. Pero eso no es así, según varias encuestas. Los periodistas no solo deberían alertarnos sobre los problemas del mundo, que ciertamente es necesario, sino también mostrarnos cómo estos problemas se resuelven o mitigan con las acciones de ciertas personas. El periodismo de impacto va precisamente en esta dirección. Las encuestas han demostrado que estos artículos son generalmente los más compartidos y alientan a los lectores y oyentes a participar en acciones positivas”.

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