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El Brexit de nunca acabar

La salida de Reino Unido de la UE era mala en sí misma, pero el referéndum fue peor y por eso difícilmente lo arreglará otro referéndum

La primera ministra británica, Theresa May, interviene en el Parlamento.

Theresa May tiene mérito. Hizo su trabajo. No se rindió. Su responsabilidad en la construcción del problema es nula y en cambio ha cargado con ella entera a la hora de conseguir una respuesta, en vivo contraste con la huida de irresponsables como Nigel Farage, el líder triunfante de la independencia. Y eso ya es mucho, aunque el resultado sea tan pobre.

La solución no es brillante, más bien al contrario. Se trata de una chapuza sin paliativos, pero probablemente no había forma de maquillar ni un ápice el desastre que es el Brexit en sí mismo. Y especialmente la forma que adoptó la decisión, en un referéndum binario, la más contundente y definitiva para adoptar cualquier decisión.

Nada puede deshacer aquel resultado. El segundo referéndum que piden algunos, cada vez más numerosos y cargados de buenas y encomiables razones europeístas y liberales, abre más incógnitas de las que resuelve. ¿Qué habría que someter a votación? ¿El actual acuerdo cerrado en Bruselas, el pacto obtenido por David Cameron y rechazado en el anterior referéndum o el simple regreso a la UE, con la cola entre las piernas, facilitada por la sentencia del Tribunal de Luxemburgo que permite a Londres echarse para atrás unilateralmente?

Dilucidar todos estos extremos puede llevar tiempo, requiere también el voto del Parlamento y abre la eventualidad de que los cambios de liderazgos que no se hayan producido ahora se produzcan más tarde. Habrá que resolverlo todo antes del próximo 29 de marzo, la fecha límite en que entra en vigor automáticamente el Brexit más duro posible, que es el que regirá a las bravas si no hay acuerdo.

Todo conduce a un aplazamiento, que sitúe el acantilado, ahora colocado entre marzo y abril, algunos meses más tarde, quizás a dos años vista, tiempo suficiente para ver si se aclara el camino e, incluso, ya con alguien distinto al mando del Brexit, para solicitar y quizás obtener una nueva y mejor negociación. En este margen de tiempo Londres tendría la oportunidad de resolver la espinosa cuestión de la frontera entre las dos Irlandas, ahora evitada gracias a una salvaguarda que, por lo que se ve, solo aplaza el problema pero no salva ni guarda nada.

Si al final se aceptara y aprobara la fórmula de un segundo referéndum y este dejara algún cabo suelto, como ahora, sería una forma como otra de seguir mareando la perdiz y de permitir que alguien osara pensar entonces —¿por qué no?— en una tercera consulta popular para deshacer lo que se decidió en la segunda. La vía referendaria tiene un potencial recursivo infinito, sobre todo cuando la decisión es por márgenes estrechos y deja muchos insatisfechos.

La mejor metáfora es la pasta de dientes: una vez fuera, no hay quien la meta otra vez en el tubo. David Cameron fue el responsable de sacarla y Theresa May, que prefería mantener el dentífrico en su sitio, quien recibió y aceptó el diabólico encargo de conseguirlo. No ha sido posible. No era posible. Cualquier fórmula era inservible. No hay quien trague esta píldora amarga. Como nada puede endulzarla, la señora May ha utilizado la amenaza como instrumento persuasivo. Es el Brexit o el caos. Y sin May, más caos todavía. La pasta de dientes es ahora la boñiga de perro que se ha pegado a la suela del zapato. No hay forma de quitársela de encima. Queda Brexit todavía para rato.

El Brexit era malo en sí mismo, pero el referéndum fue peor y por eso difícilmente lo arreglará otro referéndum. El fracaso de ahora debiera servir para consagrar la toxicidad de esta fórmula cuando hay que resolver problemas especialmente divisivos. Dividen todavía más y siembran la división para el futuro más lejano. Su fracaso es una derrota autoinfligida del populismo a tener muy en cuenta. La respuesta debiera ser más y mejor democracia representativa y no más populismo. Para que todos tomemos nota.

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