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El harakiri a cámara lenta del PSOE

Pedro Sánchez ha fracasado al intentar prolongar un Gobierno sin fortalezas y al creer que podía hacerlo sin costes

El presidente Pedro Sánchez, en la sesión inaugural de la Cumbre del Clima en Katowice (Polonia).
El presidente Pedro Sánchez, en la sesión inaugural de la Cumbre del Clima en Katowice (Polonia). EFE

Cuando se equivocan los hijos, más vale morderse la lengua y evitar el te lo dije. Cuando se equivocan los gobernantes, a los que pagamos entre todos, más vale recordárselo, aunque sea para cumplir con la triste obligación del canario en la mina, de la alerta de tsunami que vino avisando aunque tampoco la quisieran escuchar.

Cuanto más ha prolongado Pedro Sánchez su Gobierno sin perspectiva de adelantar elecciones, más ha autolimitado las perspectivas de consolidación que podía haber logrado con un horizonte próximo de voto. No se duda de la legitimidad de su investidura, conseguida mediante una herramienta constitucional como es la moción de censura, pero sí de la inoperatividad de su continuidad de la mano de una coalición que se ha demostrado válida para llegar, pero no para gobernar. Los gestos de Sánchez hacia el independentismo no solo eran estériles porque nunca iban a conseguir su apoyo al Presupuesto, sino que además iban a enardecer a una derecha envalentonada que entronca ahora con el renacido nacionalismo español. Y él no lo vio.

La política de las emociones disparó el independentismo catalán hasta extremos incomprensibles para quienes aspiramos a guiarnos por el raciocinio, pero no ha sido patrimonio exclusivo de los separatistas. La política de las emociones es ahora también la guía de acción del PP de Pablo Casado, de Ciudadanos y de Vox, capaces de fabricar también una realidad paralela en la que Sánchez es “golpista”, “ilegítimo” y se ha alejado del “constitucionalismo”.

Ni España nos roba ni Sánchez ha roto con el constitucionalismo, pero el sentimiento y las verdades paralelas se imponen estos días a los hechos y al raciocinio en un momento de pulsión emocional. Y ni Susana Díaz ni Sánchez lo han sabido ver. La presidenta andaluza ha perdido sucesivamente todas las grandes batallas: primero maniobró contra Madina para favorecer a Sánchez, que tras ganar se rebeló y se impuso a la propia Díaz hasta lograr la presidencia (resumiendo mucho); y ahora ha fracasado al intentar aislar Andalucía del gran tema nacional. Pedro Sánchez, por su parte, ha fracasado al intentar prolongar un Gobierno sin fortalezas y al creer que podía hacerlo sin costes. Y el PSOE en general fracasa en su harakiri a cámara lenta. Nos queda no tratarles como a hijos: las alertas sonaron, pero ellos no lo vieron.

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