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La segunda muerte de Franco: del prestigio del terror al amanecer de la concordia

Última de las 13 planchas que componen la obra de la fotógrafa Lea Levi sobre la muerte de Franco, a base de imágenes tomadas de la retransmisión en directo por televisión en Noviembre de 1975.
Última de las 13 planchas que componen la obra de la fotógrafa Lea Levi sobre la muerte de Franco, a base de imágenes tomadas de la retransmisión en directo por televisión en Noviembre de 1975.

El cronista, uno de los testigos directos de los últimos días del dictador, rememora el ambiente que se vivió en Madrid durante la agonía y el posterior desenlace que abrió la puerta a la Transición.

Había repetido que “quien recibe el honor y acepta el peso del caudillaje no puede darse al relevo ni al descanso”. Era la lucecita de El Pardo, pero entraba en fase de extinción. Al Generalísimo la muerte le fue siendo administrada por los suyos en dosis cuidadosas bajo el control del yernísimo, doctor Cristóbal Martínez-Bordiú, marqués de Villaverde, que prolongó su agonía, sin ahorrarle los padecimientos más refinados, infligidos con un encarnizamiento que ni sus peores enemigos hubieran sido capaces de imaginar. Era 1975 y, terminado el recreo de agosto disfrutado en el Pazo de Meirás, el general Franco y todo su séquito regresaban a Madrid, donde se barruntaban acontecimientos que en modo alguno querían perderse.

La recta final se abría con los cinco fusilamientos del sábado 27 de septiembre, a los que había dado el enterado el Consejo de Ministros celebrado la víspera, viernes, en el palacio de El Pardo. Era el prestigio del terror, al que se refería Arturo Soria y Espinosa como clave fundamental para entender la perduración del régimen. El Caudillo en el umbral de su despedida para siempre ofrecía esa última lección para garantía y seguridad de sus más fieles. Había prometido aquello de “mi pulso no temblará” cuando su exaltación a la Jefatura del Estado el 1 de octubre de 1936 y seguía fiel a su promesa 39 años después, sin acusar temblor alguno al confirmar 5 de las 10 penas de muerte impuestas por la jurisdicción castrense. De la preocupación por este asunto de los pulsos inalterables dejaba constancia el ministro Laureano López Rodó, quien en sus memorias señala como requisito indispensable para acceder a la máxima magistratura estar en condiciones cardiológicas de mandar al paredón a quien hiciera falta. Cuestión distinta es que don Juan Carlos fuera a prestarse a menesteres como el de firmar inconmovible penas de muerte.

A partir de las ejecuciones estalló la protesta internacional contra el régimen, que incluyó quema de embajadas y consulados. La respuesta del búnker rampante fue orquestar una manifestación de adhesión inquebrantable a Franco y de dignidad nacional ofendida cuatro días después, el 1 de octubre, con salida al balcón de palacio sobre la plaza de Oriente del anciano autócrata para corresponder a las aclamaciones. Por sus aplausos los conoceréis y de nuevo resonaba el ¡vivan las caenas! que gritaban los serviles en 1814 a favor del absolutismo. Por esos días entraba también en el calendario político la VIII Ronda de Negociaciones Hispano-Norteamericanas para la renovación de los acuerdos de defensa y se precipitaba hacia el conflicto abierto el asunto del territorio del Sáhara Occidental.

La madrugada del miércoles 15 de octubre Franco había tenido un “infarto silente” certificado por el doctor Vicente Pozuelo Escudero, del que sólo se daría noticia seis días después, pero en aras de la simulación ni siquiera se había alterado la rutina de las audiencias civiles ese día. El jueves 16 el rey Hassan II hacía el anuncio de la Marcha Verde concertada con Washington, que movilizaba una ingente multitud de desarrapados con el propósito de forzar la frontera que había sido minada por las fuerzas españolas. Como escribió un periodista amigo en el semanario Posible, “nadie quería morir por el Sáhara” y “cuando Kissinger dijo: ‘El Sáhara para Marruecos’, la luz se hizo”. La respuesta de Madrid fue destacar a Rabat al ministro del Movimiento, José Solís, para tratar “de cordobés a cordobés” con Hassan.

El viernes 17 se celebraba el Consejo de Ministros con Franco conectado a un monitor para controlar el electrocardiograma desde la sala contigua. El domingo 19 el paciente sufría una fuerte crisis de extrasístoles, cumplía el precepto dominical y recibía la extremaunción administrada por su capellán, el catalán monseñor José María Boulart, como medida cautelar atendiendo a las indicaciones de su esposa. El lunes 20 recibía al Príncipe para tratar de la Marcha Verde. Y en la madrugada del martes 21 sufría un nuevo infarto y se difundía el primer parte médico, de redacción deliberadamente oscurecida para eliminar toda referencia a la fecha de inicio del proceso y eludir el término infarto, que lo hubiera hecho comprensible para el público. Señalaba también la vuelta a unas actividades habituales, de cuyo abandono nadie había informado.

Cuando la primera muerte —la tromboflebitis de julio de 1974—, el Jefe del Estado fue ingresado en la clínica privada de la Ciudad Sanitaria Provincial que llevaba su nombre, a la que tenían acceso los periodistas. En esta ocasión se optó por proceder a la inversa, trasladando al palacio de El Pardo los equipos y el material clínico necesarios. De esta forma, el entorno familiar se garantizaba un cerco que bloqueaba los accesos a la información. El doctor Cristóbal Martínez-Bordiú se había hecho con el control de la situación prescindiendo de malos modos del doctor Vicente Gil, que había sido el médico personal de Franco desde la batalla del Ebro.

Agravamientos y mejorías del paciente se reflejaban en los partes del equipo médico habitual, redactados con jerga clínica ocultista

El Príncipe, escaldado por el ninguneo del año anterior cuando hubo de asumir las funciones de Jefe del Estado de las que fue privado por sorpresa, se resistía a una nueva provisionalidad. Pero hubo de aceptarla el 30 de octubre ante la gravedad de algunos asuntos como el de la Marcha Verde, que intentaba la anexión del territorio a Marruecos. Además, asustaba que en Portugal unas fuerzas armadas educadas en el salazarismo, viéndose inmersas en una guerra colonial en África, hubieran mirado hacia Lisboa y demolido el régimen. De ahí la reacción fulminante al destaparse el caso de los oficiales disidentes de la Unión Militar Democrática. Causas concurrentes para la determinación de don Juan Carlos de viajar el 2 de noviembre a El Aaiún, la capital del Sáhara, donde comprometió que se haría cuanto fuera necesario para que nuestro Ejército conservara intacto su prestigio y honor. Nada más peligroso en ese momento que un Ejército humillado que se vengaría de sus compatriotas.

El lunes día 3 se supo de un súbito agravamiento del paciente y el martes día 4 los médicos, ante un cuadro hemorrágico digestivo incoercible, anunciaban que le intervendrían en un quirófano improvisado en el Regimiento de la Guardia. Desde ese momento, en el entorno de El Pardo se fueron concentrando periodistas y curiosos cada anochecida junto a las tapias de palacio. Las terrazas del bulevar paralelo a su trazado, del Mesón del Gamo a La Marquesita, se veían desbordadas. La aglomeración atrajo a feriantes con sus puestos de churros, azúcar de algodón, almendras garrapiñadas, mantecadas, objetos piadosos, postales, biografías del Caudillo, que se ofrecían a los congregados con la misma neutralidad que en 1931 lo habían hecho al público que contemplaba la quema de los conventos aquel 10 de mayo, reflejada por Josep Pla en la crónicas de Madrid, el advenimiento de la República. Ese ambiente verbenero considerado irrespetuoso fue clausurado por la Guardia de Franco con la expulsión de los mercaderes del templo.

Agravamientos y mejorías del paciente se reflejaban en los partes del equipo médico habitual, redactados en una jerga clínica ocultista que los periodistas intentaban descodificar y hacer inteligibles recurriendo a los facultativos. Luego empezaba la lucha por un teléfono para transmitir. Lucha que sólo se alivió cuando la Compañía Telefónica emplazó un remolque compartimentado en cabinas desde las que llamábamos a las redacciones para dictar o grabar nuestras crónicas. Entonces, el espacio digital estaba aún por ­inventarse —ni celulares, ni ordenadores, ni tuits, ni tabletas, ni Facebook, ni Instagram, ni ­WhatsApp, ni aplicación alguna—.

TVE era la única televisión, las emisoras de radio carecían de programas informativos y conectaban obligatoriamente con Radio Nacional para emitir los diarios hablados, que los oyentes llamaban el parte por el arrastre de reminiscencias bélicas. La inminencia del “hecho biológico”, eufemismo para referirse a la muerte de Franco, había encendido la susceptibilidad de las autoridades. Cundían los secuestros de diarios y revistas y los procesamientos como el del director de Ya, el periódico de la Editorial Católica, por publicar una columna que firmaba Tácito, seudónimo colectivo donde confluían elementos tan subversivos como Marcelino Oreja y similares.

El viernes día 7 Franco había sido trasladado de urgencia a la Ciudad Sanitaria de la Paz, donde se le intervenía de nuevo para acabar con las “heces en forma de melena”. Quedaba ingresado en la primera planta. Había un cambio de escenario y la infame turba de periodistas quedaba instalada en el vestíbulo de la Clínica de la Sanidad Pública. Era incesante el desfile de figurantes del régimen deseosos de que los periodistas y las cámaras dejaran constancia de su visita, calculando que así sumaban puntos. Fuera merodeaban curiosos y excéntricos que aportaban reliquias variadas y mantos de vírgenes milagrosas o que permanecían de rodillas, brazos en cruz, orantes, para llamar la atención.

El viernes 14 se firmaba en Madrid el Acuerdo Tripartito, suscrito por España, Marruecos y Mauritania, que suponía poner fin a nuestras responsabilidades como potencia administradora y traspasarlas a una comisión integrada por los tres países. Ese mismo día Franco, siguiendo su particular viacrucis, entraba en el quirófano por tercera vez. Su hija, Carmen, intentaba que le dejaran morir en paz mientras Cristóbal Martínez Bordiú lo necesitaba con vida al menos hasta el día 26, fecha en que podrían renovar el mandato de Alejandro Rodríguez de Valcárcel como presidente de las Cortes, del Consejo del Reino y del Consejo de Regencia. Confiaban en que con él se garantizaban el bloqueo de cualquier cambio político indeseado. Todavía el Pleno de las Cortes encontraba un momento el martes 18 para aprobar la descolonización del Sáhara, que en su día fue declarado provincia española.

Franco moría a las 3.40 del jueves día 20. Radio Nacional informaba a las 6.10. Los periodistas de guardia en el vestíbulo se habían activado desde el principio y alertado a sus compañeros. Recuerdo haber llegado a casa sobre las tres de la madrugada y estar de regreso antes de las cinco. El presidente del Gobierno, Carlos Arias, empezaba su mensaje: “Españoles, Franco ha muerto”. Luego leía un texto presentado como su testamento que terminaba “Arriba España” y “Viva España”. La primera grabación había sido defectuosa y Arias, como un actor consumado, volvía a sollozar sin problema en las tres versiones sucesivas. Desde el primer momento se puso en marcha la Operación Lucero. Capilla ardiente en el Salón de Columnas de palacio. Relevos en los turnos de vela. Larga hilera de quienes quieren presentar sus respetos o hacer sus comprobaciones, que sigue por Bailén y Mayor hasta la Puerta del Sol. “Madrid, Fernando hijo mío, era una ciudad sitiada por la pena”, se atrevió a escribir, tomando la parte por el todo, un joven columnista, muy encomiado en las páginas del diario Arriba, santo y seña de la cadena del Movimiento.

Las delegaciones internacionales acreditadas en la proclamación del Rey fueron de ínfimo nivel. Por el lugar señalado, el Pleno de las Cortes del régimen, y por la fecha elegida, el sábado 22 de noviembre, fue difícil de disociar de las exequias y entierro de Franco pautado para el día siguiente. El siniestro dictador chileno general Augusto Pinochet, de uniforme con capa, era la figura de mayor rango en la tribuna de invitados del Salón de Sesiones. Allí, don Juan Carlos, en su primer discurso como Rey, tomaba la bandera de la concordia e intentaba que la esperanza se expresara con razón, sin suscitar recelos bloqueantes. El Rey se estrenará con un decreto de indulto promulgado el martes 25 de noviembre que afectaba a más de 12.000 encausados.

El domingo 23 hubo misa funeral por todo lo alto en la plaza de Oriente, oficiada por el arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal, cardenal Vicente Enrique Tarancón, a quien el búnker pedía a gritos enviar al paredón. Luego siguieron las pompas fúnebres con el cortejo y el entierro en el Valle de los Caídos, en la tumba que hacía pendant con la de José Antonio y con los abades correspondientes de la basílica. El lunes 24, ETA vuelve para asesinar al alcalde de Oyarzun, Antonio Echeverría Albisu.

Era necesario y urgente imaginar un momento separado y un escenario distinto para brindar a los dignatarios extranjeros la oportunidad de respaldar al nuevo Rey. Había que buscar un ambiente y una fecha distinta, y por esta vez la Iglesia, fundida tantos años con el dictador en el nacionalcatolicismo, se convirtió en la Iglesia de la concordia, y el cardenal Tarancón prestó un servicio de primera en la buena dirección con su homilía en la “misa del Espíritu Santo” celebrada en la madrileña iglesia de los Jerónimos en la mañana del jueves 27. Don Juan Carlos rehusó entrar bajo palio. Sabía que sólo renunciando ganaría el favor de los españoles. Había recibido unos poderes omnímodos, pero no quería encarnar una monarquía al modo alauí con súbditos, sino sólo ser el Rey de ciudadanos libres.

Allí en misa estuvieron como testigos el presidente de la República Francesa, Valéry Giscard d’Estaing; el vicepresidente de Estados Unidos, Nelson Rockefeller; el duque de Edimburgo, consorte de la reina Isabel II; el príncipe Alberto de Lieja, heredero de Bélgica; el presidente de Irlanda; el príncipe Mohamed, heredero de Marruecos; el primer ministro de Egipto y representantes de todas las casas reales europeas. A la salida del templo desfilaron ante los Reyes las tropas que les habían rendido honores a su llegada. Los dignatarios quedaron congelados unos minutos en la escalinata donde los fotógrafos les inmortalizaron. Luego, todos a palacio. En las calles apenas se notaba la solemnidad del día. Pero empezaba decidida y con buenos augurios la que llamaríamos Transición.