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La nación como Jano

Del país que era vanguardia del antifranquismo en España hemos pasado al museo de horrores presidido por Torra

El presidente de la Generalitat, Quim Torra, y el presidente del Parlament, Roger Torrent, durante la marcha soberanista
El presidente de la Generalitat, Quim Torra, y el presidente del Parlament, Roger Torrent, durante la marcha soberanista EFE

El azar ha querido que la ceremonia de la confusión catalana durante el 1-O coincidiese en el tiempo con el fallecimiento del Charles Aznavour. En principio, ninguna relación entre ambos acontecimientos. Las cosas cambian si tenemos en cuenta que Aznavour, francés de nacimiento, cuyo verdadero nombre era Aznavurian, fue hijo de supervivientes del genocidio sufrido por los armenios, y que consagró la última parte de su vida, desde el himno de solidaridad Pour toi Arménie en 1988, a la causa de la nación armenia. ¿Por qué solo desde entonces? Cabe pensar que Francia fue siempre poco propicia a asumir identidades nacionales ajenas, y aun así ya hacia 1975, en la letra de Ils sont tombés (Cayeron...), estremecedor canto a las víctimas de la matanza de 1915, Aznavour declaró: “Yo soy de ese pueblo que duerme sin sepultura”. Su compromiso viene a recordarnos que la nación no es solo una construcción imaginaria que llevada al límite puede llevar a los últimos extremos de irracionalidad y barbarie, como sucediera con los Jóvenes Turcos —no confundir con Mustafá Kemal—, quienes desde su nacionalismo excluyente impulsaron el aniquilamiento de armenios y griegos.

En el caso armenio, como en tantos más, la nación expresa una identidad, forjada en el curso de la historia (afectada eso sí por la incidencia de la mitología) que desemboca en una estructura de comportamiento político, no necesariamente soberanista. Pueden coexistir dos identidades, perfectamente comprobables, en un solo espacio político. Tras sufrir un duro proceso de desnacionalización durante el franquismo, Cataluña y el País Vasco serían dos ejemplos claros de ello, considerándose sus ciudadanos ante todo catalanes y vascos, pero en su mayoría también españoles, con trayectorias históricas propias imbricadas con la del conjunto de España, y al menos hasta 2010 con subsistemas políticos que respondían a esa dualidad. El problema surge cuando desde uno de sus componentes intenta forzarse la desnacionalización del otro, según ocurriera bajo el franquismo y recientemente en Cataluña, como medio para imponer la independencia cuando la mayoría de la población no la deseaba. La vulneración sistemática del Estado de derecho democrático durante el procés no tiene otra causa.

Así del país que era vanguardia del antifranquismo en España, de la Assemblea de Catalunya y Salvador Espriu, hemos pasado al museo de horrores presidido por Torra, animando a los jóvenes bárbaros de la CUP a “apretar” contra todo constitucionalismo, a ejercer la violencia hasta consolidar el monopolio de la calle y anular al Estado. Lerrouxismo con estelada. Entretanto, el constitucionalismo conservador se aferra a la Nación Española, sin abrirse a un federalismo susceptible de conciliar el nacionalismo catalanista con la nación plural española. Callejones sin salida.

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