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COLUMNA i

Un monstruo de dos cabezas

Esta crisis está resucitando al nacionalismo autoritario español

Un grupo de 'mossos' defiende este lunes el acceso al Parlament.
Un grupo de 'mossos' defiende este lunes el acceso al Parlament.

Este Parlament que por fin se reabre a un plenario guarda aún los rastros del violento asedio de anoche. Es el segundo al que se le somete en la era soberanista, esa reiterada humillación al templo de la voluntad popular.

El precedente es el 15 de junio de 2011. Los entonces “indignados” sociales protestaban contra el campeón de los recortes austeritarios, el Govern de Artur Mas. Este, aterrizado en helicóptero, aprovechó la rebelión que había provocado para iniciar un giro: surfeó oportunamente en ella para darle la mala solución, redirigirla contra “MadriT”. Fue la consagración, culminada en 2012, del “España nos roba”. La aventura secesionista.

Los indignados acabaron integrándose en la política civilizada (Podemos, los comuns). A la inversa, los hijos más rebeldes del independentismo la abandonan ahora. Se suben al monte, espoleados por Carles Puigdemont, Quim Torra y su cohorte de propagandistas oficiales que apelan siempre a “la calle”. Ahí la tienen.

Han creado un monstruo. Se llama violencia. De pequeña, mediana o gran intensidad, según el momento: es la lógica respuesta de la base a la doctrina agónica de la altura. La doctrina de que nos asfixia una dictadura (caricatura de ficción), nos roba el derecho democrático a decidir (que los catalanes hemos ejercido legalmente 39 veces desde 1977) y en consecuencia hay que huir de ella (a lo que obliga un mandato indiscutible jamás formulado). Así que “el pueblo manda, el Govern obedece”, ese lema soviético-carlista.

Un monstruo. Este es el resultado más agrio de los faroles seudoreferendarios, las repúblicas baratarias, los asaltos a la mayoría social y las imaginativas ensoñaciones de Waterloo. Como Júpiter, esta revolución en parte bienestante (mucha criatura de Porsche Cayenne) y en parte doliente y desahuciada, amenaza con devorar a quienes la prohijaron. Una vez se suelta al genio de la botella, como el dentífrico del tubo, ¿quién logra volverlo a meter?

Muchos habrán sentido alivio político –-veteado de angustia cívica-- en las últimas horas. Porque se ha demostrado que el independentismo no era un bloque, sino unas coincidencias; porque carga ahora también con el sambenito del desorden y la paliza que hasta ahora era casi exclusiva del extremo de la otra ribera; porque expulsa de sí mismo a posibles seducibles (los comuns); porque aparece nítidamente que solo tiene dos salidas al embrollo. O ahondar en él y estrellarse contra su espejo, o rectificar a fondo en la línea de los pragmáticos de nuevo cuño (la gente de Esquerra), hasta ahora seguidistas, temerosos y vacilantes. Pero el volantazo, para obtener crédito, debe ser rotundo.

Esta crisis está resucitando otro monstruo paralelo, el del nacionalismo autoritario español. Un líder conservador propone ilegalizar partidos, desacreditar a los dialogantes y quebrar la Constitución al abrogar ilegalmente (sin actos perseguibles) la autonomía, que es uno de sus pilares esenciales. Quizá ayude así a recomponer y resoldar el bloque secesionista fracturado: adiós a la reconducción del problema.

Y si es con violencia, aún peor. Ya José María Aznar evoca 1934 y su añorado aplastamiento de la revolución de Asturias. Se olvida recordar quién lo ejecutó, sembrando muerte y terror: el general Franco. También entonces la derecha salvó a la Generalitat del “error Companys”, apuntarse al lío. Tras año y medio de anulación del autogobierno y de cárcel para sus dirigentes, Lluís Companys arrasó electoralmente en 1936.

El monstruo tiene dos cabezas y ambas son nacionalistas.

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