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El valor de la contención

La intención de negociar se verifica con hechos, no con palabras. Por eso no prosperan las declaraciones a favor del diálogo

Manifestacion de la Diada en  Barcelona, el 11 de septiembre.
Manifestacion de la Diada en Barcelona, el 11 de septiembre.

Afirman Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, en su recién publicado Cómo mueren las democracias, que una de las fortalezas de la democracia de Estados Unidos radica en unas normas no escritas que apuntalan su Constitución. La primera de ellas es la tolerancia entre los partidos rivales, de la cual deriva la segunda, que es la contención, es decir, la idea de que “los políticos deben moderarse a la hora de desplegar sus prerrogativas institucionales”. Ambas normas evitan la lucha partidista a muerte tan habitual en todas las democracias. Y disparates como la victoria de Trump. Sin contención, la polarización partidista y la política de confrontación están servidas. Un ejemplo inequívoco de que es así lo tenemos en el conflicto catalán. Los partidos independentistas, de un lado, y Ciudadanos y PP, de otro, ni se toleran ni se contienen, instalados uno y otro en el escenario de una democracia declarativa que solo se preocupa de disparar contra el rival. Se agradece la actitud sostenida del Gobierno de Pedro Sánchez, que no entra al trapo y procura templar gaitas a fin de mantener una mínima expectativa de que es posible empezar a negociar algo.

No es raro que nuestra joven democracia adolezca de esas normas no escritas que sostienen el funcionamiento democrático. La falta de contención lleva a ver al opositor como un enemigo al que hay que vencer como sea. La contención, en cambio, tiene una función tranquilizante y moderadora porque, cuando se posee esa virtud, no solo se aplica en la relación con el adversario, sino con uno mismo. Que los dos extremos de la contienda no ejercen sobre sí mismos ningún control se pone de manifiesto en que se nutren de puros principios, convicciones, actos de fe. El derecho a la autodeterminación que esgrimen los independentistas es una “verdad” que no admite interpretaciones ni matices. Lo mismo les ocurre a los “constitucionalistas” con el dogma de la unidad de España, tan indisoluble que no cabe considerar una formulación compatible con el reconocimiento de singularidades territoriales diversas. Ortega escribió que las ideas se tienen, mientras en las creencias se está. Puesto que se está en ellas no se perciben como algo opinable y dudoso. Se toman por la realidad. Las creencias firmes no son suelo propicio para la tolerancia; lo son para el fanatismo.

Sería bueno recordar el criterio que Max Weber estableció como característico del buen político. Es un buen político el que no solo tiene principios sino que se hace responsable de las consecuencias de sus acciones y decisiones. Cuando uno se agarra a los principios con vehemencia, deja de considerar lo que pueda derivar de mantenerlos a toda costa. Se ignoran las consecuencias. La estrategia independentista fracasó estrepitosamente porque no contrastó su proyecto con la realidad. No se quiso atender no solo a consecuencias externas, como la fuga de empresas o la creciente división política y social, sino tampoco a consecuencias negativas para el propio movimiento soberanista que se ha quedado sin estrategia y sin programa que fije sus objetivos. Pero las convicciones firmes de los contrarios a la independencia han sido asimismo un obstáculo insalvable hasta ahora para intentar un posible pacto. El “sí” de unos y el “no” de los otros solo pueden llevar a una correlación de fuerzas, en este caso desiguales, no a nada parecido a la negociación.

Esta virtud es como el subproducto de un comportamiento que busca convencer más que pelearse con un adversario enemigo

La contención, como todas las virtudes, se aprende practicándola. Es como el subproducto de un comportamiento que busca convencer más que pelearse con un adversario enemigo. Es lógico que, a pesar del fracaso de su programa, el independentismo no quiera renunciar a sus ideales y esté dispuesto a seguir defendiéndolos como prioritarios. Lo cual no es contradictorio con adoptar una actitud de contención que, en lugar de encastillarse en la demanda de un referéndum, se dedique a conseguir que sus propuestas tengan una aceptación más amplia entre los catalanes. Ampliar las bases ha sido un propósito que no ha dado resultados hasta ahora. Pero si el independentismo alcanzara cotas realmente altas, que hablaran de una amplia mayoría y no del apenas 50% que tiene ahora, su capacidad de hacerse oir sería mucho más efectiva.

Lo mismo hay que pedirle a la otra parte. Hay que convencer a los catalanes “autonomistas”, que quieren una mejora visible, más federal, del autogobierno, que las reformas son posibles. En este caso, bastarán unas cuantas acciones que corrijan las reclamaciones tantas veces repetidas: mejor financiación, más infraestructuras, un reconocimiento más palpable de las diferencias catalanas. Apuesto a que una buena porción de independentistas frustrados se dejaría ganar fácilmente si constataran voluntad real de cambio por parte del Gobierno español.

La contención tiene que ver con la actuación discreta. La intención de negociar se verifica con hechos, no con palabras. Por eso no prosperan las declaraciones a favor del diálogo. El mejor instrumento para persuadir de la credibilidad de un proyecto político es la acción de gobierno.

Victoria Camps es filósofa.

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