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El viaje de ida y vuelta de las criadas de Atwood

Las manifestantes irlandesas y argentinas vestidas con capa roja y cofia blanca a favor del aborto demuestran la interconexión entre realidad y ficción

Activistas en favor de la ley de plazos del aborto frente al Congreso de Buenos Aires el pasado 25 de julio.
Activistas en favor de la ley de plazos del aborto frente al Congreso de Buenos Aires el pasado 25 de julio. AFP

Ficción y realidad no son extremos opuestos. A veces se funden de tal manera que es difícil distinguir a una de otra y tanto ayuda la primera a comprender la segunda como al revés. Es el truco que ha utilizado, por ejemplo, el escritor galés D.B. John. La realidad de los norcoreanos es tan dramática que resulta irreal. De ahí que para entenderla mejor y, sobre todo, empatizar con esos millones de personas anónimas expuestas a la tortura y el hambre, John, buen conocedor de Corea del Norte, haya optado por escribir una novela, Infiltrada, a través de la cual el lector pueda sumergirse en el horror ficticio de un infierno real y hermético a los ojos ajenos. Relato de espionaje y suspense, al lector de Infiltrada le aguarda una doble sorpresa. La habitual es el desenlace. La extraordinaria es comprender, gracias a las notas finales, que los pasajes más duros, como los de esos campos de concentración más crueles que los de los nazis, son completamente reales.

La novela de la canadiense Margaret Atwood El cuento de la criada es una distopía feminista que se ha convertido en un fenómeno de masas gracias a la serie televisiva basada en su relato. La dureza de la historia de esas mujeres fértiles convertidas en esclavas para engendrar hijos de la casta dirigente mediante violaciones rituales ha atrapado a millones de personas. La situación del país imaginario Gilead es tan extrema que nadie queda indiferente ante el fanatismo de una sociedad ultra religiosa, el abuso del cuerpo de la mujer, la violación —incluso sin violencia— y la maternidad forzada; cosas, por otra parte, que ocurren diariamente en el mundo.

La movilización ciudadana y el sí al referéndum convocado por el Gobierno logró en mayo pasado lo nunca visto en Irlanda: la abolición de la ley contra el aborto, que prohibía en ese católico país la interrupción voluntaria del embarazo aunque este fuera fruto de una violación. Cientos de irlandesas reclamaron el cambio legislativo vestidas como las criadas de Atwood con capa roja y cofia blanca; potente imagen de ficción en clara injerencia con la realidad. Ha vuelto a pasar en Argentina, donde muchas se manifestaron con el mismo atuendo. El Senado ha tumbado este agosto el proyecto de ley que hubiera despenalizado una práctica que en toda Latinoamérica está restringida y prohibida incluso en casos de violación o de riesgo de muerte de la madre en algunos rincones (El Salvador, Honduras, Haití, Nicaragua, República Dominicana y Surinam). Imposible ya no sentir por tales países el mismo rechazo visceral que despierta Gilead. Y el círculo ficción-realidad se cierra. Atwood se inspiró en el robo de bebés de la dictadura argentina para su novela.

Según la ONU, en China hay campos de internamiento de la etnia musulmana de los uigures en los que podría haber millón de personas. En Francia, el profesor sirio de diseño Najah Albukai ha dibujado las inconcebibles torturas que padecen los opositores de Bachar el Asad. En Sudán del sur los niños soldado son obligados a matar quedando marcados de por vida. En Pensilvania se ha descubierto una red de 300 curas que abusaban de los chavales. Son realidades de estos días; demasiado insoportables sin el mágico aditamento de la ficción que, a su vez, es capaz de influir en el rumbo de la historia.

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