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Ciudades frontera

Esta es la gran paradoja: los lugares del futuro, los únicos capaces de generar movilizaciones para el cambio, se enfrentan a la ira de los que van dejando atrás

El puente de Brooklyn de Nueva York en el solsticio de verano de este año.
El puente de Brooklyn de Nueva York en el solsticio de verano de este año. Getty Images

Te das cuenta de que estás en un espacio de frontera cuando el camarero, que lleva una estupenda camiseta con el eslogan Consent is sexy, te dice: “Bienvenida a Brooklyn, aquí no utilizamos pajitas”. Esos lugares a los que atribuimos una cultura globalizada, abiertos al mundo, cosmopolitas y permeables, en realidad son bastiones cercados por su propio sistema de valores. Por las calles pulula gente variopinta, políglota, nacionalmente diversa; observas la forma de andar, la vestimenta hipster de los brooklinitas, la manera de mostrar sus cuerpos atentos a revelar una performatividad trans, y ves que en la geografía de la ciudad has entrado en un espacio distinto.

Sigues andando por los barrios y el elenco de contenedores refleja esa sensibilidad medioambiental. Entiendes por qué “no hay pajitas”. Y al adentrarte en el universo cotidiano tomas conciencia de hasta qué punto la tecnología está incrustada en cualquier relación económica y social. Estás en una zona de vanguardia, tal vez la ciudad del futuro, una burbuja dentro de una geografía compleja donde a la vez se concentran todos los conflictos actuales: desigualdad, tecnología, cambio climático e identidades disueltas. Habitar muchos de sus lugares ya es un privilegio a pesar de que predican valores inclusivos.

“Gentrificación” se ha convertido en un barbarismo incorporado a todas las lenguas. El aumento global del precio de la vivienda en todos los núcleos urbanos provoca que sea un milagro vivir en el barrio donde naciste o creciste. Dominadas por una lógica de expulsión, las ciudades se distancian de un hinterland cada vez más excluido convirtiéndolo así en caldo de cultivo para la reacción. Desde la modernidad, las imponentes urbes ostentan el poder político y son el espacio de las élites. Ahora vemos el declive de su influencia y cómo las grandes decisiones se toman en su contra: los neoyorquinos perdieron contra Trump, los urbanitas de la City contra el Brexit, y los habitantes de Estambul contra Erdogan. Esta es la gran paradoja: los lugares del futuro, los únicos capaces de generar movilizaciones para el cambio, se enfrentan a la ira de los que van dejando atrás. La brecha campo-ciudad es también la fractura entre pasado y futuro. @MariamMartinezB

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