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Verdades, mentiras y malas intenciones

Es mejor imaginar a un millón de negros llegando a España por el sur que decir que quizá hoy llegarán a Cádiz 86 personas en una patera

El presidente del Partido Popular, Pablo Casado, saluda a unos inmigrantes a su llegada al puerto de Algeciras el pasado miércoles.
El presidente del Partido Popular, Pablo Casado, saluda a unos inmigrantes a su llegada al puerto de Algeciras el pasado miércoles. REUTERS

Antes del movimiento de tierras de ayer, el líder del Partido Popular, Pablo Casado, cometió un pecado de lesa contabilidad al adjudicar un número francamente exagerado a la cantidad de africanos que están esperando a que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, abra la mano donde tiene guardados “los papeles para todos”.

No feliz con lanzar al ruedo esa cifra imposible de verificar (por él), se fue a Ceuta a saludar a los que él no dejaría entrar. Su secretario general, Teodoro García, contagiado de ese juego de contabilidad recreativa, afirmó en sede televisiva, con respecto al Gobierno “débil” del PSOE, que es “el Gobierno que no quería ningún español”.

Ningún español. Los componentes del Consejo de Ministros, al menos, querrán ese Gobierno, pues se reúne cada viernes y luego se retrata sonriendo junto al presidente, al que también se le ve feliz de ser el primer gobernante del Reino. Qué manera de contar tiene García.

En todas partes cuecen habas, y se cuentan. El independentismo catalán celebra a todos los catalanes como el ejército que acompaña a Puigdemont y Torra, pero a la hora de la verdad contable resulta que sólo dispone de la mitad, si acaso. Con esa vara de medir señala a los desafectos para mal cuando aquellos líderes no han de decir cifra, pero los agrupa en la totalidad cuando quieren multitudes.

Esto de fabricar cifras redondas, absolutas, concretas, goza de cierta fortuna, antes del franquismo, en el franquismo y ahora. Nunca hubo (como bien decía aquí Álex Grijelmo) un millón de personas en la plaza de Oriente, pero fue materia del primer minuto de los telediarios en blanco y negro y de los telediarios de colores. Enrique Jardiel Poncela fue mucho más sensato a la hora de contar, vírgenes, por ejemplo. Si no es seguro que haya habido alguna vez once mil vírgenes, ¿cómo demonios se atrevían los franquistas de entonces a dar el número de los asistentes a aquellas gestas de fidelidad al Caudillo?

Caudillos de ahora buscan semejante asentimiento exagerando las cifras, a veces para mal y a veces para muy mal. Hay otro aspecto de esta creatividad contable que le sirve a la generalmente perezosa audiencia española, que prefiere una mentira muchas veces, para acolcharse, que el rigor de las cifras o de los hechos. Por ejemplo, ¿quién puede decir ahora si Pedro Sánchez se retrató o no con los emigrantes del Aquarius? Se ha dicho tantas veces (y quienes lo han dicho están en el primer párrafo de estas 530 palabras) que el notorio gobernante fue a retratarse en Valencia con aquellas personas, que ahora es imposible levantar el dedo en una tertulia para decir: “Oye, perdona, pero es que eso nunca fue cierto. Pedro Sánchez no se hizo nunca ese retrato”.

No importa, las exageraciones, las mentiras (como las de Trump, que son aún más gordas) se sirven adobadas con la intención de señalar al enemigo con los peores epítetos, con las peores compañías… y con las peores cifras. Es mejor imaginar a un millón de negros llegando a España por el sur que decir que quizá hoy llegarán a Cádiz 86 personas en una patera. Si dices 86, los fieles de la contabilidad creativa miran para otro lado. Los españoles hace rato que nos acostumbramos a que el millón sea verdad si nos viene bien para el convento.

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