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La vida es ritmo

Cada una de nuestras células es un reloj biológico. El pasado de la especie es fundamental para entenderlo

Tres jóvenes se lanzan al mar en Sandycove, en Dublín (Irlanda).
Tres jóvenes se lanzan al mar en Sandycove, en Dublín (Irlanda). REUTERS

No es que tengamos relojes, es que lo somos: cada una de nuestras células funciona según un tic-tac que empezó a evolucionar en la infancia del planeta, cuando su rotación se estabilizó y generó el ritmo de los días y las noches, de la actividad y el reposo, más tarde de la vigilia y el sueño. La actividad metabólica, la función cerebral, la secreción de insulina por el páncreas, la respuesta a los medicamentos anticancerosos y mil cosas más siguen ese ritmo que no está marcado por un director de orquesta, sino por cada uno de sus músicos actuando de forma autónoma, aunque coordinado por la evolución y el uso. Lee en Materia una interesante entrevista con Michael Young, uno de los descubridores de los relojes circadianos (cuyo péndulo oscila con ritmos de circa de un día), y aprende cómo la vida moderna, con su luz eléctrica que funciona a cualquier hora y sus horarios más impuestos por el estrés laboral que por la madre naturaleza, nos está metiendo en problemas bien importantes. Young recibió con dos colegas el último Nobel de Medicina por estos hallazgos.

No hemos aprendido las lecciones de la evolución. Seguimos practicando religiones extrañas, aunque no lo sepamos

La entrevista suscita dos reflexiones de índole más general. La primera es que el reloj biológico, que es universal en los animales, se descubrió en una humilde mosca, Drosophila melanogaster, de cuyo estudio nació la genética y gran parte de nuestra comprensión de la biología humana. La importancia de este molesto insecto, que suele rondar por los puestos de fruta del mercado e invadir la botella de vinagre de la cocina de casa, es conocida entre los científicos desde hace un siglo, pero no ha sido aún asimilada por los ciudadanos. Los genetistas de drosophila –fly people, en la jerga— siguen dedicando la mitad de sus intervenciones públicas a justificar que su trabajo se concentre en ese organismo insignificante. Seguimos participando del prejuicio de nuestra excepcionalidad en la creación y, mientras tanto, la medicina sigue avanzando gracias a bacterias, levaduras, gusanos, moscas, peces y ratones. No hemos aprendido las lecciones de la evolución. Seguimos practicando religiones extrañas, aunque no lo sepamos.

La segunda reflexión se refiere al sueño, uno de los muchos misterios que le quedan por resolver a la biología. De nuevo, el sueño no es ninguna peculiaridad humana. Pese a lo absurdo que parece que, en un mundo lleno de predadores diurnos y nocturnos, las presas dediquen un tercio de su vida a perder la consciencia y sobar como un tronco, lo cierto es que el sueño es universal en los mamíferos, y hasta cierto punto también en los insectos y los demás animales. No entendemos aún cuál es la función del sueño –y no hablemos ya de los sueños—, pero es obvio que debe tener una importancia extraordinaria. Los universales biológicos siempre apuntan a lo esencial. Young y sus colegas han descubierto mutaciones en la mosca que reducen en un 30% o 40% el tiempo de sueño, y todas implican una notable reducción de la vida. Si algo nos enseña la biología es que debemos esperar que lo mismo pase en nuestra especie.

Estamos diseñados por el pasado de la especie, y a veces por su pasado más remoto. Mientras no entendamos eso, no entenderemos nada.

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