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La democracia cuestionada

Cuando el sistema liberal no es capaz de ofrecer soluciones, su aceptación cae drásticamente

La canciller alemana, Angela Merkel, el pasado 2 de mayo.
La canciller alemana, Angela Merkel, el pasado 2 de mayo.

Por el momento, en Europa se observan diversas señales de que la democracia no funciona. En Italia, tres bloques de poder se obstaculizan mutuamente desde las elecciones del 4 de marzo. Los políticos no han avanzado ni un solo paso en sus intentos de formar una coalición. Es probable que el jefe de Gobierno vuelva a ser un candidato de compromiso que no compitió en las elecciones, y que lo sea en el marco de una alianza que hasta ahora se descartaba categóricamente. En España, reina una discordia similar entre tres bloques comparables a los italianos: los conservadores, los socialistas y los populistas de izquierdas.

Para aprender cómo funciona una democracia sólida en tiempos de crisis, lo mejor es leer el maravilloso cómic Astérix en Córcega. Cuando le preguntan por el sistema electoral que rige en la isla, el jefe responde: “Metemos las papeletas en la urna y luego tiramos la urna al mar. Después organizamos una pelea y el más fuerte es el jefe”. Esta forma tosca de toma de decisiones al estilo Astérix seguramente sería del agrado de caudillos como Putin o Erdogan que, sea como sea, se aferran al sillón. ¿Es de extrañar que también en Italia aumente el número de personas que ansían la llegada de un hombre fuerte? Cuando el sistema abierto y liberal no es capaz de ofrecer soluciones, ni tan solo renovación de su personal, su aceptación cae drásticamente y cada vez menos votantes acuden a las urnas.

Por eso, el peso de la amenaza de los sistemas autoritarios para la democracia es demasiado serio como para tomárselo a broma. Bien mirado, en el mundo los sistemas sociales activos y liberales no son la regla, sino una gran excepción, y no hay ninguna ley histórica que diga que en la competición entre sistemas —oligarquías, dictaduras, teocracias— vaya a triunfar precisamente la democracia de corte occidental. En el propio seno de la Unión Europea, el parlamentarismo nacional pasa por una grave crisis de la que los Estados afectados no saben cómo salir. El hecho de que la UE no haya sido capaz de reforzar el Parlamento en época de crisis, sino que ejerza su considerable poder con un déficit creciente de democracia no sirve precisamente para mejorar la sombría situación.

La tragedia griega del euro mostró hasta qué punto hace tiempo que se ha restringido el margen de maniobra del sistema supuestamente más representativo. En Grecia, los votantes abandonaron en masa a los dirigentes establecidos, responsables de las dificultades de la deuda, y llevaron al poder a un pequeño partido trotskista dirigido por Alexis Tsipras. No les sirvió nada más que para ver cómo el campeón del anticapitalismo implementaba fielmente las mismas medidas de austeridad que los conservadores, visto lo cual a nadie le extraña que Tsipras colabore sin problemas con un partido posfascista. Derecha o izquierda, viejos o nuevos políticos, todo parece lo mismo. Cuando millones de votantes se pasan a los partidos antisistema, a movimientos como Podemos o 5 Estrellas, expresan de manera inequívoca lo hartos que están de los vanos compromisos entre bastidores.

El peso de la amenaza de los sistemas autoritarios es demasiado serio como para tomárselo a broma

En esta crisis histórica de la democracia, Alemania no es una excepción. En los últimos comicios, Martin Schulz, el socialdemócrata portador de esperanza, se presentó junto con su compañero de partido Sigmar Gabriel, el querido ministro de Exteriores. Pasadas las elecciones, no se ha vuelto a saber de ellos, y los beneficiarios de las negociaciones de Schulz son personajes llamados Maas, Nahles y Scholz que ahora tendrán que gobernar con Angela Merkel, es decir, exactamente en la constelación que el SPD había rechazado de manera tajante. Esta construcción de una mayoría para los antiguos enemigos (los antiguos conservadores) no es fruto del electorado. Sin embargo, a pesar de que en Francia, Holanda, Grecia, España e Italia el afán de aferrarse al poder ha reducido sistemáticamente a polvo a los socialdemócratas, el SPD sigue avanzando hacia el abismo como un sonámbulo. Ahora bien, la pregunta a la democracia europea en crisis ya no es por qué en la gris uniformidad del gran compromiso los votantes se deciden o no por un partido.

Los partidos vienen y van. Más importante para la supervivencia de la mejor de todas las malas formas de gobierno es cuántas veces se puede seguir permitiendo que la gente vote sin que su voto influya en la política. Si se pierde la fe en ellos, a los ciudadanos les será cada vez más indiferente quién los gobierna y por qué. Entonces habrá empezado la era de la posdemocracia.

Dirk Schümer es corresponsal para Europa de Die Welt.

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