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Trump juega a la guerra permanente

Para el mandatario, la política es un juego basado en mentiras y decisiones unilaterales

El presidente de EE UU, Donald Trump, en Washington, el pasado 4 de mayo.
El presidente de EE UU, Donald Trump, en Washington, el pasado 4 de mayo. AFP

Peligrosa y caótica, la estrategia de Donald Trump en Oriente Medio persigue dos objetivos centrales: restablecer el papel imperial de EE UU frente al eje Rusia-Irán y, de modo más significativo, vincular claramente a Israel con Arabia Saudí —enemigos acérrimos de Irán—, que se han vuelto, en adelante, aliados principales. Este eje Washington-Riad-Tel Aviv crea las condiciones para recomponer todo Oriente Próximo bajo la batuta americana.

Es el retorno de la antigua estrategia de contención del nacionalismo iraní (versión moderna en forma de islamismo chií), gravitando sobre Israel como vector militar, y el islamismo suní reaccionario (el wahabismo) como caballo de Troya dentro del mundo musulmán. Es también un golpe al balanceo estratégico hacia Asia impulsado por Barack Obama. Si la apuesta resulta exitosa, EE UU tendría por delante décadas de hegemonía frente a Rusia y Europa. Pero afirmar este reto supone, como premisa, la destrucción de Irán, lo que es más complejo de lo que piensan los ideólogos guerreros trumpistas.

La intención de denunciar el pacto nuclear firmado con Irán por EE UU, Europa, Rusia y China se inscribe en este contexto y solo es el primer paso para alcanzar esos objetivos. Donald Trump actúa sabiendo perfectamente que Irán respeta el acuerdo, que no hay prueba de violación del mismo: pero de nuevo se reproduce la ficción, con Netanyahu de bufón, de las armas de destrucción masiva de Bush en 2003 contra Irak. Estratagema criminal dirigida a manipular a la opinión pública mundial y hacer de Arabia Saudí, que está destruyendo Yemen, el principal gendarme de la región, papel que el rey Salmán se apresta de buen grado a cumplir.

Por otra parte, romper el pacto es demostrar, una vez más, que Europa no puede aspirar a un papel en la región (salvo aportar fondos cuando es necesario), y que la guerra comercial que Washington ha declarado contra Bruselas adquiere también una dimensión de neutralización geopolítica. Así se debe entender la última vociferación de Trump: “Europa ha sido creada contra EE UU”.

Israel, que quiere una revancha por su fracaso frente a Hezbolá en 2006, busca paralizar la ayuda que Irán aporta a esa milicia libanesa para emprender otra guerra. Ello explica los bombardeos sobre las posiciones de la milicia libanesa y las instalaciones militares sirias. El mandatario norteamericano actúa de este modo porque, para él, la política, en su esencia, es solo otra versión del capitalismo ultraespeculativo que defiende: se trata de un juego basado en mentiras y toma de decisión unilateral. En esta visión del mundo, la política es una mera forma de contienda, tanto como la economía y el comercio. La diplomacia debe servir a la fuerza, no la sustituye.

Ahora bien, en Oriente Próximo, las lecciones de la historia enseñan otras verdades; la fuerza daña pero no puede nada contra la resistencia de los pueblos. Frente al país de los ayatolás, el juego de la guerra permanente de Trump puede acabar en camino de calvario.

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