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Dos Notables y un Muy Decifuentes o la terapia del humor

El choteo nacional viaja más rápido que la responsabilidad del PP

Cristina Cifuentes, en el acto de toma de posesión del coronel Diego Pérez de los Cobos como nuevo jefe de la Comandancia de Madrid.
Cristina Cifuentes, en el acto de toma de posesión del coronel Diego Pérez de los Cobos como nuevo jefe de la Comandancia de Madrid.

"Un Sobresaliente, dos Notables, un Bien, un Suficiente y un Muy Decifuente(s)” es el penúltimo leño en la hoguera del cachondeo nacional, que arde más rápido que la responsabilidad política. Si algo nos salva de la depresión colectiva es la capacidad de reír y, sobre todo, de reírnos juntos de todo lo que está ocurriendo. “Café con leche + Máster: 2,50 euros”, reza el último meme dibujado en un cartelón de cafetería. “Menos mal que ya está lloviendo otra vez... pensaba que se me iban a morir los percebes del balcón”, dice otro a propósito del clima. “A tomar por c... (con perdón). He puesto el árbol de navidad otra vez”.

Las bromas, las burlas, las ocurrencias y también los exabruptos más irreverentes viajan a alta velocidad entre los ciudadanos agrupados en torno al WhatsApp sin esperar a que los partidos políticos elaboren sus relatos. En el caso Cifuentes, como en tantos anteriores, cuando el Partido Popular va, los ciudadanos vuelven. Los miembros del PP estaban aplaudiendo a rabiar (y a rabiar es a rabiar en todos los sentidos) a la presidenta de la Comunidad de Madrid cuando la carcajada nacional se extendía de forma espontánea, construida en torno a un humor anónimo y colectivo capaz de crearse a partir de lo más ingenioso de la sociedad y de expandirse de forma fulgurante con el contagio positivo del humor.

Reconozcámoslo: la nueva sociedad horizontal de la información ha hecho saltar por los aires los viejos papeles del emisor y el receptor como sujetos imposibles de intercambiar, estáticos. Con el mayor respeto y reverencia al añorado Forges, a El Roto, a Peridis y a los grandes humoristas ilustrados que han regado la política de guasa con enorme inteligencia, sus discípulos del humor corren por las venas de esta sociedad de forma ocurrente y rápida, muy terapéutica.

Para bien y para mal. Muchas veces lamentamos —con razón— la velocidad del insulto en las redes, la perdición de la tecla fácil y la multiplicación del odio contra figuras públicas a las que se ha deseado la violación en grupo o cualquier barbaridad. Pero hoy toca celebrar también que esa velocidad se ponga al servicio del humor nacional capaz de reírse del Barça perdedor, de la lluvia pertinaz, del Puigdemont ahora “exiliado con Messi”, de la Cifuentes que encontró el título en un huevo Kinder o del Rajoy que imagina goles mientras debería estar pensando en el PP de Madrid, y no en el Madrid.

El inmenso Cervantes nos enseñó en El Quijote la terapia del humor en la literatura, tal vez el lugar donde mejor podemos refugiarnos los humanos de todos los contratiempos. Lo hace Antonio Orejudo en sus libros o, estos días, una película como La muerte de Stalin, en la que Armando Iannucci es capaz de convertir las purgas de Beria o los destrozos del dictador soviético en objeto de risa o sonrisa, que es aún más difícil que la risa. Son pocos los que consiguen hacerlo, pues la gracia es talento de los elegidos, pero son muchos los que podemos celebrarlo hoy gracias a la rapidez de las redes, que premia la agudeza además de la tontería. Tal vez Rajoy debería tomar nota y procurar que, cuando se decida a dejar caer a Cifuentes, no sea tan tarde que le haya superado el choteo nacional. O se encontrará con aquel que dice: “Yo no dije máster. Dije 'Tengo un hamster”.

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