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OPINIÓN

Intentemos acabar con las miserias del mundo

La ayuda al desarrollo debe integrar la lucha contra las nuevas injusticias y las antiguas batallas. Si los fondos son cada vez mayores, los recursos también deben serlo

Cientos de personas reciben ayuda humanitaria de la organización benéfica musulmana Ummah en Kandahar (Afganistán) el 5 de abril de 2018.
Cientos de personas reciben ayuda humanitaria de la organización benéfica musulmana Ummah en Kandahar (Afganistán) el 5 de abril de 2018. EFE

Una particularidad de la ayuda al desarrollo es que no puede permitirse empeorar la situación de una de sus variables para mejorar otra. Ni siquiera si la situación global mejora. Voy a intentar explicar mi idea partiendo de un supuesto simplificado en el que solo hay dos variables: la protección del medioambiente y la lucha contra el hambre.

Las organizaciones no gubernamentales representan una cara importante de la ayuda al desarrollo. Muchas de ellas se crearon inicialmente con el objetivo de combatir el hambre en el mundo. Posteriormente, a medida que la sociedad iba tomando conciencia de nuevos problemas, estas organizaciones fueron incorporando a sus objetivos el trabajo contra ellos: tras descubrirse el deterioro generalizado del medioambiente en el mundo, muchas ONG (y, en general, el mundo de la ayuda al desarrollo) convirtió la protección al mismo en una de sus variables prioritarias.

Y esa capacidad de adaptación es, sin duda, algo bueno. Pero el hecho de tratar distintos problemas de manera simultánea puede ocasionar ciertos problemas. Pueden surgir, por ejemplo, confrontaciones tanto técnicas como económicas entre las distintas problemáticas.

Primero, desde un punto de vista técnico y volviendo a nuestro ejemplo inicial, la lucha contra el hambre fomenta, en algunos casos, una producción no sostenible de alimentos y, por tanto, un emperamiento del medioambiente. Según datos de la Organización de las Naciones Unidas, existen actualmente en el planeta 815 millones de hambrientos. Al tratar de solucionar este problema, se incurre en procesos de sobreexplotación agrícola. Estos, a su vez, derivan en rápidos procesos de degradación de suelos, océanos, bosques, agua potable y biodiversidad. Por ello, el segundo de los Objetivos de Desarrollo Sostenible defiende "poner fin al hambre, lograr la seguridad alimentaria y la mejora de la nutrición y promover la agricultura sostenible". No solo para mejorar la situación de los millones de hambrientos que existen hoy en el mundo. También para alimentar a los 2.000 millones de personas adicionales que vivirán en el año 2050.

Segundo: en la ayuda al desarrollo, como en todo, los recursos económicos son limitados: ¿de dónde salen los fondos necesarios para luchar contra nuevas problemáticas? Dicho de otra forma y retomando el supuesto inicial, ¿para mejorar una de sus variables (la lucha contra el hambre, por ejemplo), la ayuda al desarrollo deberá sacrificar otra de estas variables (la defensa del medioambiente)?

Existen disciplinas que aceptan intercambios entre sus variables. En macroeconomía, por ejemplo, la teoría de la curva de Philips demuestra que, al menos en el corto plazo, se puede hacer intercambios entre paro e inflación. Es decir, podemos reducir el paro aumentando el nivel de inflación. ¿Podemos hacer algo así en la ayuda al desarrollo? ¿Es posible luchar contra el hambre a expensas de la defensa del medioambiente?

Yo creo que esto no es posible. Primero, por motivos prácticos. Ahora no se pueden detener proyectos de protección del medioambiente que se iniciaron hace años. Los beneficios de estos solo se obtienen si se implanta la totalidad del proyecto. Detenerlos a mitad de la vida del proyecto significaría tirar por tierra toda la inversión realizada hasta ahora. Y segundo, por motivos éticos: pienso que ni los más acérrimos luchadores contra el hambre estarían dispuestos a que su lucha se sustente a costa de la defensa del medioambiente.

Hay que lograr una fórmula que asegure los fondos de ayuda al desarrollo, con independencia de momento que viva la economía

Bajo esta perspectiva, solo veo dos salidas. La primera es que una de las problemáticas de la ayuda al desarrollo desaparezca: por ejemplo, que la situación del medioambiente mejore tanto que ya no requiera fondos de la ayuda al desarrollo. Así, los fondos que hasta entonces se destinaban a su protección pasarían a destinarse a la lucha contra el hambre… Desgraciadamente pienso que la protección al medioambiente va a requerir recursos durante muchos años aún.

Y eso nos lleva hasta la segunda salida, que consiste en asegurar el incremento constante de los fondos que se destinan a la ayuda al desarrollo. Habría que encontrar una fórmula que asegure la disponibilidad en el tiempo de los fondos de la ayuda al desarrollo, con independencia de momento que viva la economía (bonanza o crisis).

Sin embargo, esta posibilidad me parece hoy irreal: lo acontecido en 2008 demuestra que los fondos de la ayuda al desarrollo se reducen enormemente en periodos de crisis económicas: el informe titulado La realidad de la ayuda 2013 explica la participación que ha tenido la ayuda pública en la cooperación internacional al desarrollo en el periodo 2008-2012 (es decir, en los años inmediatamente posteriores a la crisis). Dicho informe concluye que la Ayuda Oficial al Desarrollo española tuvo un espectacular recorte del 70% en esos cuatro años.

El ser humano toma conciencia continuamente de nuevas injusticias. Y la ayuda al desarrollo debe integrar la lucha contra esas injusticias en sus actividades sin por ello descuidar sus antiguas batallas. Puesto que la actividad de la ayuda al desarrollo es cada vez mayor, los recursos de los que dispone deben ser, también, cada vez mayores.

Miguel Forcat Luque es economista y trabaja para la Comisión de la Unión Europea. El propósito de este artículo fue escrito por el autor por su propio nombre y no refleja necesariamente el punto de vista de la institución para la que trabaja. El propósito de este artículo no compromete la responsabilidad de esta institución.

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