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La muerte es el mensaje

Las expulsiones de agentes rusos levantan un mapa geopolítico de las relaciones de Moscú

El presidente ruso, Vladímir Putin, en las afueras de Moscú (Rusia), el pasado 28 de marzo.
El presidente ruso, Vladímir Putin, en las afueras de Moscú (Rusia), el pasado 28 de marzo. EFE

El asesinato con venenos difíciles de detectar tiene una larga tradición, pero nadie ha dominado este arte criminal como los servicios secretos rusos, primero con los Romanov, después con los bolcheviques y ahora con Putin. Eliminar las evidencias es el factor determinante en los asesinatos ordenados por una organización que en nada ha cambiado bajo sus sucesivos nombres: la Ojrana zarista, la cheka de los primeros bolcheviques, luego NKVD, más tarde KGB y ahora FSB.

Solo cambia la técnica, perfeccionada gracias a los avances científicos en un laboratorio de venenos del que han dado cuenta algunos buenos conocedores de esta actividad letal, ya en su propia piel, como el ex espía Anatoly Litvinenko, ya como objeto de sus trabajos periodísticos, como Arkadi Vaksberg.

Este periodista y escritor es el autor de una documentada historia, que lleva por título en inglés Política tóxica, la historia secreta del laboratorio de venenos del Kremlin y en francés El laboratorio de los venenos. De Lenin a Putin. De su provechosa lectura se deduce la coincidencia entre la llegada de Putin al Kremlin y la reanudación de una tradición interrumpida o relajada en los años de Gorbachov y Yeltsin.

El veneno, tal como lo utilizan los servicios moscovitas, es un instrumento más de las políticas de Estado. En política interior, para eliminar adversarios, y en política exterior para exhibir un poder sin límites que pone a prueba las resistencias de los otros Estados.

Hay pocas dudas sobre la autoría del envenenamiento del agente doble Skripal y su hija: puede haberlas, si acaso, sobre si el autor intelectual se halla en los sótanos o en los salones nobles. De ahí la vistosa respuesta occidental de solidaridad con Londres —al fin y al cabo objeto del primer ataque químico desde la Segunda Guerra Mundial—, que permite levantar un mapa geopolítico casi perfecto de las relaciones e intereses que mantiene Rusia con el conjunto de la comunidad internacional.

Washington no ha fallado a Londres, pero ha remoloneado su presidente, presunto títere en manos de Putin. La respuesta solidaria y rápida del eje París-Berlín ha demostrado que la relación con Londres es más fuerte que el Brexit. Destaca la contundencia del nuevo ministro de Exteriores alemán, el socialdemócrata Heiko Maas, en contraste con la tibieza de algunos de sus conmilitones. En los extremos se han visto las posiciones más contemporizadoras: Corbyn y Tsipras en la izquierda, Viktor Orbán y Benjamín Netanyahu en la derecha.

Las expulsiones de diplomáticos, casi todos agentes apenas encubiertos, sumadas a las sanciones impuestas como represalia por la anexión de Crimea, tienen efectos muy relativos, pero enervan la contradicción entre una economía globalizada, en la que los oligarcas rusos se mueven como pez en el agua, y la incipiente guerra fría que muchos perciben en la actitud agresiva del Kremlin, especialmente en el uso de las armas del poder incisivo (sharp power) que proporcionan los medios digitales contra los sistemas occidentales de democracia liberal.

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