Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
OPINIÓN i

Puig-the-end

La prosaica detención del expresident extrema la frustración e impotencia del soberanismo

Escena de un contenedor ardiendo en las calles de Barcelona, este 25 de marzo. En vídeo, imágenes de las manifestaciones del mismo día.

No va a resultar sencillo al aparato de propaganda independentista enmascarar la chapuza en propia meta del arresto de Puigdemont en una gasolinera alemana. Es un final prosaico, vulgar, para un héroe de pacotilla, pero también es el escarmiento a la impunidad con que había decidido pavonearse en la pasarela europea, como si fuera un estudiante en el interrail y como si no se percatara de que la internacionalización del procés equivalía a la internacionalización del ridículo.

Se creía inmune el expresident en su fortaleza de Waterloo (qué pensará su casero). Y no se orientaba de que la regresión democrática que Torrent atribuía el 25M al estado español es la misma regresión que curiosamente comparten los países europeos. Y no porque hayan emprendido un enloquecido viraje al ancien régime, sino porque el nacionalismo y el secesionismo catalanes, secuestrados por el anacronismo trotskista de la CUP, representan la mayor amenaza al proyecto comunitario. El soberanismo es un viaje a la oscuridad que se ha quedado sin luces en una gasolinera de Alemania.

El vandalismo nocturno de Barcelona y la nostalgia borroka son las expresiones de la impotencia y de la subversión. Tanto identifican la una como la otra la frustración del independentismo en los muros del Estado de derecho. Ni España es Rajoy, por mucho que se identifique el binomio maléfico. Ni Europa es la megaburocracia que aplasta las identidades.

El soberanismo se ha desangrado en la ferocidad endogámica de las familias que lo componen y se ha malogrado en su ampulosa megalomanía, aunque haya pretendido inculcarse en la grey indepe un estado permanente de psicosis victimista, alentado casi siempre, como este domingo, desde la propaganda de los medios públicos –el escándalo de TV3— y desde el dogmatismo de los almuédanos radiofónicos, empeñados casi siempre en confundir las agresiones a la Constitución con la libertad del pensamiento.

Los lazos amarillos han terminado siendo las horcas de sus artífices a semejanza de los cazadores cazados. Y no es que los jueces se hayan puesto a hacer política. Hacer política hubiera sido eludir el cumplimiento de las leyes, prevaricar a expensas de una presunta convivencia cuyo punto de colisión siempre lo han proporcionado los indepes en el saqueo institucional, la profanación del Parlament y la crispación de la sociedad a cambio de la tierra prometida.

Y el profeta Puigdemont ha terminado en un trullo germano, constreñido a capitular de una fuga esperpéntica a la que se adhirió Marta Rovira desde una cobardía que ella misma ha querido edulcorar exponiéndose como máter dolorosa y pretendiendo que sus compatriotas se quemen a lo bonzo en las calles para jalonar de antorchas el camino de la libertad.

Se les va a hacer largo el camino del Gólgota. Y no les será sencillo añadir a Alemania a la gran teoría de la conspiración liberticida. El independentismo ha condenado la independencia. Por la prisa. Por la intimidación. Por la frivolidad. Y por la autosugestión. Tanto han construido una realidad paralela que a Puigdemont va a estremecerle pasar una noche en el calabozo escuchando como un metrónomo patibulario los pasos de un policía alemán.

Puedes seguir EL PAÍS Opinión en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.

Se adhiere a los criterios de The Trust Project Más información >