Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
ANÁLISIS

El virus de la mentira

Los datos de Twitter demuestran que la falsedad se propaga mucho más deprisa que la verdad. Y que los bots somos nosotros

Dos ninots de las fallas que representan a Donald Trump y Vladimir Putin
Dos ninots de las fallas que representan a Donald Trump y Vladimir Putin

Antes se coge a un mentiroso que a un cojo, dice el acervo popular, y así lo ratifica el proverbio italiano le bugie hanno le gambe corte, las mentiras tienen las patas cortas. Qué error más garrafal. Las mentiras no solo corren como un demonio, sino que se propagan como el virus más pernicioso que haya inventado la ficción (quizá el de 12 monos, de Terry Gilliam, ya un poco anticuado). Las redes sociales son un buen medio de propagación para este nuevo virus de la mentira, pero no el principal, que sigue siendo la estupidez humana, esa cualidad tan nuestra, tan de siempre, tan predigital, preindustrial y prehistórica. Lee lo último sobre la ciencia de la mentira en Materia: te ayudará a entender el mundo informativo en que vivimos, las fake news y un tipo emergente de manipulación política. Te advierto que son malas noticias, pero al menos no son falsas.

Tendemos a pensar en la difusión de falsedades por Internet como un fenómeno de alta tecnología, un atisbo del futuro automatizado que se nos viene encima, una conspiración de ingenieros computacionales y sus malditos robots. Pero esto ha resultado ser un mito urbano. Los robots (llamados bots en este contexto) tienen en verdad un efecto multiplicativo en la difusión de los mensajes, pero de todos los mensajes: los falsos y los verdaderos. No son ellos los culpables de que la mentira sea un virus mucho más infeccioso que la verdad: los culpables somos los usuarios humanos, que usamos las redes sociales como hemos usado cualquier otra cosa en nuestro pasado, con una mezcla explosiva de prejuicio, ignorancia y ceguera selectiva. Los bots somos nosotros.

Uno de los efectos más dañinos de las redes sociales viene llamándose echo chamber, cámara de eco, o habitación insonorizada. La gente solo lee lo que le recomiendan sus contactos en Twitter, sus amigos en Facebook o sus admiradores en Instagram, y por tanto solo se entera de la porción del mundo que coincide con sus prejuicios, se pasa el día escuchando las resonancias de su propia voz y se vuelve incapaz de inclinar la cabeza en el ángulo adecuado para entender las razones del otro. El otro, ese enemigo que está fuera de la cámara de eco.

De hecho, este efecto endogámico e identitario es una de las principales razones del carácter viral de la mentira. Aunque no el único, desde luego, puesto que hay varias otras formas de estupidez humana, ese lastre que arrastramos desde nuestros ancestros cazadores-recolectores, y tal vez desde que éramos australopitecos. Contra ella hay que dirigir los esfuerzos.

Más información