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El hombre que lo sabe todo

Todo lo que pasa en España suele pasar entre líneas. También la carrera política de Romay Beccaría. Es tan visible como enigmática.

SÉ QUE PUEDE parecer una exageración. Afirmar así, como quien está en un secreto y que de repente decide compartirlo, que hay alguien que lo sabe todo. Pero en este caso la información roza casi la exactitud. Yo conozco al hombre que lo sabe todo. Y ustedes también. El todo, claro, hay que acotarlo. Como explica la física avanzada, el todo universal contiene un 70% de nada. De lo que hablo es de nuestro todo. De todo esto. El hombre que más sabe de todo esto.

Cuenta John Le Carré que en sus inicios como espía tenía la idea de que “los secretos más delicados del país se alojaban en una caja fuerte verde desconchada, marca Chubb, oculta al final de un laberinto de lóbregos pasillos”. Vamos a prescindir del adjetivo “desconchada”, pero nuestro hombre, de alguna forma, sería el equivalente a esa caja fuerte verde marca Chubb.

Romay vivió la parte final de la dictadura y la Transición en primera línea, aunque no se le veía mucho, con su perfil anfibio

En los últimos tiempos, el mayor sobresalto institucional fue el dictamen del Consejo de Estado contrario a una petición del Gobierno central para que avalase la impugnación de un previsible pero hipotético acuerdo del Parlament catalán. El informe venía a decir que no se podía prohibir una hipótesis. Pero el revuelo que causó este pronunciamiento fue por lo excepcional e inaudito de que el Consejo de Estado contrariase al Gobierno. Era la primera vez que ocurría algo parecido. Fue un desacuerdo tan inesperado que, tal como describieron los medios, en La Moncloa, durante largas horas, se declaró una especie de estado de estupor.

Yo en quien pensé fue en la caja verde marca Chubb. O dicho de una manera clásica, en el hombre de Delfos (Betanzos), custodio del ónfalos o piedra que señala el oráculo y guardián de todos los secretos. Pensé, en fin, en José Manuel Romay Beccaría, presidente del Consejo de Estado.

Leí el dictamen entre líneas porque también está escrito entre líneas. Es muy interesante, también para la física avanzada, el debate jurídico de si se puede prohibir una hipótesis. En la Universidad de Santiago había un catedrático de Derecho Romano experto en hipótesis. Por ejemplo: “Si un ladrón entra por la ventana, o viceversa…”. Pero no fue la parte resolutiva la que más me interesó, sino algunos párrafos que los medios ignoraron y que parecen tener el sello Romay, con las inconfundibles curvas del pensar. Allí donde refiere las dos grandes interpretaciones del principio de legalidad: “Una de ellas entiende que es lícito todo aquello que la ley no prohíbe (permissum videtur in omne quod non prohibitum), y la otra sostiene, en cambio, que está prohibido todo aquello que no se encuentra permitido (quae non sunt permissae prohibita intelliguntur)”. Imagino que quien citó en latín, o sugirió, sería el señor Romay, buen lector de los clásicos y de sabios contemporáneos como Karl Popper y George Steiner. El caso es que no se pronuncia. Viene a decirnos sobre la interpretación de la legalidad y de la Constitución: “Si una tiene razón, a la otra no le falta”.

Todo lo que pasa en España suele pasar entre líneas. También la carrera política de Romay Beccaría. Es tan visible, pues ha ido encadenando cargos desde 1963, Secretario de Sanidad en la dictadura, como es enigmática, pues también ha ido encadenando misterios y silencios. Ya era letrado del Consejo de Estado en 1959. Ahora lo preside. El pasado 18 de enero cumplió 84 años. Poco después, en la comisión territorial del Congreso, pronunció un discurso que resultó insufrible para las taquígrafas. No es por la edad. Romay siempre ha hablado en voz baja. No está cómodo hablando. Su medio natural es el silencio. Seguramente le gustaría dar un discurso de una sola frase, la del profesor Lichtenberg: “Había materia suficiente para callarse”.

Ignoro si los pasillos del Consejo de Estado son lóbregos o no, pero al final de ellos hay una caja fuerte verde marca Chubb: el señor Romay. Vivió la parte final de la dictadura y la Transición en primera línea, aunque no se le veía mucho, con su perfil anfibio. Fue presidente de Diputación, consejero autonómico, ministro. En la órbita del Opus, y valedor de Rajoy y Feijoo. Cuando estalló el caso Gürtel y en Génova olía a podrido, llegó Romay, vestido con marca Chubb, y se encerró en la tesorería durante dos años.

Lo sabe todo. Incluso ahora ha sabido decir que no.