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Los más torpes de la Historia

Un camionero peruano decidió esta semana tomar un atajo y se cargó tres figuras geoglifas de las Líneas de Nazca. Pero no es el único patán que destroza un patrimonio cultural. La historia está llena de ellos

El árbol de Teneré, en una imagen de archivo pulsa en la foto
El árbol de Teneré, en una imagen de archivo

Esta semana conociamos que Jainer Jesús Flores, conductor de un camión peruano de gran tonelaje que intentaba evitar un peaje en la carretera Panamericana, atajó por lo que él creía un terreno baldío sin saber que en realidad se metía en los milenarios geoglifos de Nazca. Las Líneas de Nazca son Patrimonio de la Humanidad, uno de los grandes misterios de las culturas precolombinas y el principal recurso turístico de la zona. El resultado: "huellas profundas" en un área aproximada de unos 100 metros y tres figuras dañadas. Pero Jainer Flores no es el único torpe que ha acabado con patrimonios culturales o recursos turísticos. Hacemos un repaso a los manazas más famosos de la historia:

El árbol del Teneré

Estructura metálica que recuerda al árbol del Teneré en el lugar donde estuvo
Estructura metálica que recuerda al árbol del Teneré en el lugar donde estuvo

El Nobel al mayor patán del siglo debería recaer en el camionero libio que en 1973 chocó contra el árbol del Teneré, una acacia raddiana que crecía aislada y solitaria en medio del desierto del Teneré (Níger), una de las porciones más áridas y terribles del gran Sahara. La acacia era la última superviviente de la cubierta vegetal que hace cientos de años cubría esta zona de África y constituía todo un símbolo para las caravanas de tuaregs que se aventuraban en el desierto. Teniendo en cuenta que el Teneré tiene 400.000 kilómetros cuadrados hay que ser muy, muy mostrenco para chocar contra su único árbol. Los restos de la acacia se llevaron al museo Nacional de Níger y en su lugar se colocó una escultura metálica que la recuerda.

Los albañiles que se equivocaron de palacio

Así era el château Bellevue
Así era el château Bellevue

Ocurrió en 2012 en un pueblecito francés Yvrac, a 12 kilómetros al este de Burdeos. El propietario del châteu Bellevue, un palacete del siglo XVIII, contrató a una empresa de reformas para remozar la propiedad, obras que incluían el derribo de una pequeña dependencia levantada junto al castillo en épocas posteriores. Pero al parecer los albañiles se liaron con los planos, confundieron el este con el oeste y le metieron la piqueta al edifico principal. El dueño —un adinerado ciudadano ruso— estaba fuera del país y cuando regresó lo que encontró en vez de su châteu del XVIII fue un solar de 13.000 metros cuadrados. ¡Y eso que el edificio estaba catalogado como patrimonio nacional!

El niño taiwanés que se cargó un cuadro de 1,3 millones de euros

Un tropezón lo tiene cualquiera. Pero el de este niño taiwanés, que entonces tenía 12 años, fue de los que no se olvidan. Paseaba por una exposición titulada El rostro de Leonardo: imágenes de un genio, cuando chocó con una tarima y para no caerse se apoyó en Flores, una obra del italiano Paolo Porpora de 350 años de antigüedad y valorada en 1,3 millones de euros. Le hizo un agujero del tamaño de un puño.

Atentado contra la Piedad

Lazlo Toth golpea la 'Piedad' el 21 de mayo de 1972
Lazlo Toth golpea la 'Piedad' el 21 de mayo de 1972

Sonado fue también el ataque que Laszlo Todt, un enajenado australiano de origen húngaro, llevó a cabo en mayo de 1972 contra la Piedad de Miguel Ángel, una de las esculturas cumbres del Renacimiento. En este caso no se podría hablar de torpeza, porque el acto fue consciente; si es que se puede tener por muy consciente de sus actos a un tipo con camisa roja y esmoquin que se abalanza sobre un símbolo de la cultura mundial con un martillo de geólogo al grito de "Yo soy Jesucristo y he regresado de la muerte". Todt consiguió arrearle 15 martillazos a la estatua antes de ser reducido. La Piedad estuvo un año oculta para restaurarla y desde entonces se exhibe detrás de una pantalla de cristal blindado.

El selfie más caro de la Historia

Ocurrío en mayo del año pasado en una galería de Los Ángeles. Una joven estudiante se agachó para hacer un selfie con una de las piezas expuestas (esculturas de cerámica de tres artistas asiáticos), se desestabilizó, empujó a la primera columna y como fichas de dominó, ésta derribo a las 10 siguientes. El resultado: 200.000 dólares (según la evaluación del galerista) en daños irreparables.

Una limpieza a fondo

'Cuando los tejados comienzan a gotear', del artista alemán Martin Kippenberger (1953-1997), en el museo Ostwall de Dortmund
'Cuando los tejados comienzan a gotear', del artista alemán Martin Kippenberger (1953-1997), en el museo Ostwall de Dortmund

La manía obsesiva-compulsiva por la limpieza puede salir muy cara. Y no en psiquiatras. En 2011 una empleada de la limpieza del museo Otswall de Dortmund (Alemania) decidió que una de las obras expuestas estaba un poco sucia. Y le aplicó el estropajo. En realidad se trataba de una instalación del controvertido y polémico representante del neoexpresionismo alemán, Martin Kippenberger. Una torre de tablas de madera titulada Cuando los tejados empiezan a gotear. Al parecer la trabajadora pensó que las gotas sobraban. La obra estaba valorada en 800.000 euros, aunque probablemente usted (y yo), la hubieramos confundido con un puñado de maderas viejas amontonadas.

Una iglesia de más o de menos

La desaparecida igleisa de San Pablo del Monte, en la localidad mexicana de Tlaxcala
La desaparecida igleisa de San Pablo del Monte, en la localidad mexicana de Tlaxcala

Los pobladores de la localidad mexicana de Tlaxcala estaban encantados con la nueva iglesia que les construyeron. Pero la antigua, ya vacía y sin servicio, afeaba las vistas de la nueva. Así que una noche, la del 25 al 26 de julio de 2015, sin que nadie sepa aún quien lo hizo, unas máquinas pesadas la derribaron por completo. Lo malo es que la vieja iglesia de San Pablo del Monte era una joya de la arquitectura colonial del siglo XVIII y como tal un bien catalogado, propiedad del Estado e inscrito en el Registro Público de la Propiedad Federal. Ni el obispo ni las autoridades saben quién lo hizo. Muchos menos los vecinos, incluidos los más cercano a la iglesia, que aseguran que escucharon ruidos por la noche pero no le dieron importancia. O al menos, eso dicen. Fuenteovejuna, ¿todos a una?

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