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Los cocineros y las musas de las croquetas

Las mujeres han quedado apartadas de la cocina ahora que la gastronomía ha cobrado importancia y poder

Cocineros en el Madrid Fusión el martes 22 de enero.
Cocineros en el Madrid Fusión el martes 22 de enero.

"Mi ídolo, mi musa”. Así hablaba el cocinero Joan Roca de su madre el martes en el certamen de cocina Reale Seguros Madrid Fusión. Preguntado otro de los grandes, en la Cadena SER, hace unos días, sobre qué come cuando está en la intimidad respondió algo así: lo que pone mi madre, porque como lo de una madre... y alabó aquella cocina casera que marcó toda su vida. Raül Balam Ruscalleda, Nacho Manzano, Francis Paniego y Paco Roncero, por poner unos ejemplos, estuvieron acompañados de sus madres, para homenajearlas, por mayo del año pasado en el programa Motherchef. “Soy cocinero por culpa de mi madre. Bendita culpa”, dijo el primero; los otros se declararon fans de las croquetas, de los táperes de ensaladilla y del arroz con pitu maternos. Madres y abuelas están por todas las cartas de los restaurantes: “al estilo de mi madre”, “como lo hacía mi abuela”.

No es casualidad. Ni tampoco homenaje. Ni sorpresa: toda la vida las mujeres metidas en la cocina —vale, en algunos sitios no, y en otros cocinaba el padre o el hermano, vale, vale— y ahora resulta que cuando llega el éxito con mayúsculas, el de los grandes platos de autor y las fortunas, el de los destellos dorados, las técnicas ultraferolíticas para hacer un filete, las sartenes microperforadas y la magia gastronómica en todo su estado de gracia, ahora, ahora la cocina tiene nombre masculino. Y las mujeres vuelven al sitio de siempre: las musas.

España ha tardado en alcanzar el puesto que le correspondía en el mundo gastronómico mundial. La riquísima cocina que mezcló los ingredientes de todos aquellos pueblos que llegaron a sus costas o Pirineos abajo ya estaba tardando en llenarse de medallas. Benditas sean, estas sí. Se dijo, con atino, que los franceses vivían para comer mientras los españoles comían para vivir y ese modelo, tantos años repetido, incluida la terrible dictadura, mantuvo el fuego al mínimo durante décadas. Hasta que subió el suflé. Y hete aquí que cazos y cazuelas, botellas y vasos, manteles y materias primas empezaron a cantar al son de la marca España como en una película de Disney.

Y en esto llegaron ellos, benditos sean, también. ¿Pero era necesario que las cocineras cayeran en la invisibilidad, en el terrenito del homenaje y las musas? Bien dicen que el espacio público lo ocupan los hombres, que el éxito es cosa de ellos, que son expertos en cerrar el paso y poner techos de hormigón para preservar poder y dinero. ¿O acaso es todo casualidad? ¿Tantos años aguantando chistes que conjugaban mujeres, neurona y cocina no han servido para sumar puntos? Ya nadie dirá nunca eso de: “Vete a la cocina que es donde debes estar”. Porque ahí, en ese sitio cálido, recóndito, donde muchas mujeres han derramado en soledad más lágrimas que las que proporciona la cebolla, es donde ahora quiere estar todo el mundo. Cuando había carbón y fregonas, allí vivía Cenicienta. Ahora que la cocina es la reina de la tele y de los focos, se la expulsa. Bendita gracia.

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