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Cataluña: presentimientos del malestar

Honda es la melancolía que padecen ahora las viejas palabras, y prosperan como piedras esos números: el 678, el 155

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Un manifestante sujeta una estelada en una calle de Barcelona el pasado 19 de octubre. Getty Images

Iñaki Azkuna, el buen alcalde de Bilbao, lo anunció mientras acariciaba con su mano blanca la bruma en la que se convertían sus compañeros de mesa, al final de su vida. Tendremos problemas allí, ya lo verán. Allí, Cataluña. Areilza, que también era del país verde al que cantó Raimon, contaba tres cosas, algunas con escalofrío. ¿Arreglar el conflicto vasco? Que hagan como De Gaulle con Argelia: por el día deben insultarse; por la noche, a buscar acuerdos. Pero el problema que habrá será Cataluña.

Ya no falta finura, lo que pasa es que no hay. El malestar no nace de una noche a otra. Se crea, y se crea para destruir

El viejo diplomático contó la frase más célebre de la Transición. Fue de Giulio Andreotti, un zorro. En España manca fineza. I tant. Y tanta finura falta. La historia actual, predicha por esos viejos en las últimas luces de la vida, se está haciendo cerebro de un tiempo. A esos presentimientos del malestar hemos de añadir una llamada agónica (de hombre en lucha) de un conseguidor catalán, Leopoldo Rodés, que veía en la alcaldía de Barcelona un rasgo de lo que le esperaba a su país. Llamó como si pidiera socorro: va a ganar Ada Colau; hará de Barcelona un instrumento de una situación indeseable, ya lo verás. Leopoldo, qué exagerado eres.

Él reunía en su casa a intelectuales y periodistas para hacerlos hablar de la actualidad. Si se revisan las notas de aquellas cenas se puede advertir que sus silencios eran presagios. Y ahora estamos con un pie en el estribo final de la finezza. Ya no falta finura, lo que pasa es que no hay. El malestar no nace de una noche a otra. Se crea, y se crea para destruir.

Las palabras se han sustituido por tristes guarismos. El 1-O, el 678 (los días de septiembre en que Puigdemont- Forcadell-Junqueras, el trío que convirtió el Parlament en otra cosa), el 155. Se aplicó primero el 678 y ahora se aplica el 155. Tanta palabra pendiente y ahora se hace la vida con números, y con gritos en las calles, y con insultos y mentiras. Un llamado ministro de Exteriores catalán se dirige a universidades graves del mundo para requerir que se pronuncien notables sobre la represión brutal que sufre Cataluña.

Es honda la melancolía que padecen ahora las viejas palabras, y prosperan como piedras esos números, el 678, el 155. Hasta El Roto, el tan noble Roto, sirve para decir que España no nos quiere, y no es verdad, queremos tanto a Cataluña que iríamos con palabras (y con dibujos de El Roto) hasta el confín de Figueras llevando las palabras que a lo largo de la historia se han dicho en toda España de amor a Cataluña.

Solo una canción serviría ahora para describir el ánimo, esta narración inolvidable de Serrat: “Cal dir adéu a la porta que es tanca/ i no hem volgut tancar”. Que no cantemos, que no se cante, algún día esa letra sino como una melodía de amor, no como la realidad que, sin que el poeta quisiera, se podría parecer ahora al indeseado himno final de la historia.

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