Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Los árboles se visten de negro

Camino de acceso a una casa rural abandonada en la sierra de los Donceles, en Albacete.
Camino de acceso a una casa rural abandonada en la sierra de los Donceles, en Albacete.
Un rayo, un accidente o un pirómano. Con independencia del origen, la historia se repite cada año. El bosque arde y el fuego calcina el paisaje devorando todo lo que encuentra a su paso. Un trabajo de siete años fotografiando la naturaleza incendiada en la zona mediterránea española es un tiempo más que suficiente para certificar que hay algo que no estamos haciendo bien.

DESDE 1960, el fuego ha quemado más del 25% del territorio español, cifra que coincide con la despoblación rural y la emigración hacia los núcleos urbanos. Este abandono es una de las causas de que nuestros bosques, verano tras verano, sean pasto de las llamas. El mes pasado Portugal sufría su incendio más mortífero y extenso. Un fuego a pocos kilómetros del parque natural de Doñana, en Huelva, obligó a evacuar hace unas semanas a 2.000 lugareños y puso en peligro este valioso espacio protegido. La presencia continua del fuego ha hecho que muchas de las especies vegetales hayan desarrollado estrategias que les permiten soportarlo. Un ejemplo es el corcho en la corteza de los alcornoques, o la dispersión de las semillas de los árboles muertos que se mantienen en pie y que las aves se encargan de diseminar. Estos mismos árboles representan el esfuerzo de la naturaleza por seguir adelante. Son una oportunidad para que crezca un bosque nuevo.

Bosque arrasado en la sierra del Almirez, en Lorca (Murcia).pulsa en la fotoBosque arrasado en la sierra del Almirez, en Lorca (Murcia).