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Una filósofa en el frente de Aragón

Resulta una deliciosa excentricidad que le hayan concedido el nombre de una calle de Madrid a Simone Weil, fascinante pensadora francesa

Simone Weil, en España, tras su regreso del frente, en 1936.
Simone Weil, en España, tras su regreso del frente, en 1936.

De todo lo que escribió, es esta observación de Simone Weil —recogida en Echar raíces— la que resulta hoy más pertinente: “La inteligencia está derrotada a partir del momento en que la expresión del pensamiento va precedida, explícita o implícitamente, de la palabra nosotros.Y cuando la luz de la inteligencia se ofusca, al cabo de un tiempo harto breve se extravía el amor al bien”.

Y es pertinente porque sortear ese minúsculo nosotros era algo imprescindible para el Comisionado de la Memoria Histórica en su tarea de proponer los nombres que iban a sustituir a los que tenían 52 calles de Madrid, marcadas por los rastros de la dictadura franquista. Que no hubiera espíritu partidista, nada de mentalidades de capilla o de tendencia o de causa alguna, ningún cálculo sectario. Fuera ese miserable nosotros que derrota a la inteligencia para así poder ocuparse del cometido esencial: que una ciudad exprese en su callejero gratitud a la grandeza de algunas figuras, fueran éstas más remotas o más cercanas.

La de Simone Weil, pese a su humildad y a su deshilachada apariencia, es imponente. Nacida en París en 1909, tuvo intereses muy distintos: las matemáticas, la física cuántica, las lenguas clásicas, un compromiso radical con los más desfavorecidos, el afán de llevar cada pensamiento al límite. Manuel Arranz la ha recordado en el número anterior de Claves y José Luis Gallero se ocupó de ella en El Estado Mental.

Ferrater Mora la definió como la “mística clara”, Eliot dijo que podía ser “injusta y desmesurada”, Bataille la describió así: “Llevaba vestidos negros, mal cortados y sucios. Daba la impresión de no ver, y a menudo tropezaba con las mesas. Sus cabellos cortos, tiesos y mal peinados semejaban alas de cuervo a ambos lados de su cara”. A principios de agosto de 1936 llegó a Barcelona, luego acompañó a los anarquistas en el frente de Aragón, estuvo en un hospital en Sitges, regresó a Barcelona: unos dos meses. Quería conocer la guerra de cerca, supo de cosas terribles. En sus cuadernos escribió después: “Desde mi niñez he simpatizado con las agrupaciones políticas que estaban a favor de los humillados y de los oprimidos por las jerarquías sociales; hasta que comprendí que esos grupos políticos no merecen ninguna simpatía”. De nuevo contra el abominable nosotros. Murió a los 34 años.

Frente a los nuevos nombres de las calles de Madrid habrá quien piense que se perdió la oportunidad de rescatar del olvido a algunas figuras que, en aquella guerra que vino a conocer Simone Weil, procuraron salvar lo que quedaba del esqueleto de la República. Resulta, en cualquier caso, una deliciosa excentricidad que le hayan concedido el nombre de una calle a esta fascinante pensadora (y santa, pensaban algunos) que no pasó por Madrid y que escribió que “debemos preferir el infierno real a un paraíso imaginario”. Ese gesto abre para algunos una disparatada esperanza, la de vivir un día en Madrid en la plaza Witold Gombrowicz.

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