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El “requiebro” de Ciudadanos

El significado procede de la idea de que un enamorado se siente quebrantado y deshecho

El presidente de Ciudadanos, Albert Rivera  y su equipo durante la reunión semanal de la ejecutiva nacional del partido en Madrid.
El presidente de Ciudadanos, Albert Rivera y su equipo durante la reunión semanal de la ejecutiva nacional del partido en Madrid. EFE

Las palabras no siempre son lo que parecen. Un “reactor” no es un actor que haga dos papeles en la misma función, ni “realzar” significa que tengamos que levantar a alguien por segunda vez. Y si nos dicen que por ahí se ve un rebaño de ovejas, no nos están contando que alguien las baña y las vuelve a bañar. No incurrirán nunca en esos errores quienes conozcan los significados verdaderos de “reactor”, “realzar” y “rebaño”. Pero si alguien los ignora, aplicará por intuición su propia etimología personal cuando se halle ante un vocablo raro.

Algo así debió de pasarle a un hablador diputado del PP que lamentó el “requiebro” que les hizo Ciudadanos al acordar con Podemos y PSOE una comisión sobre la financiación irregular del partido de Rajoy, pese a haber apoyado a éste en la investidura.

No creo que el diputado pensara en la primera acepción de “requebrar” (romper más lo que ya estaba roto), pues no había tal rotura previa, sino que señalaba el doble quiebro practicado por Ciudadanos para, una vez ejecutada la primera finta, seguir por la línea que traía.

Quienes conocen la literatura clásica o la canción tradicional saben que están llenas de “requiebros”, esos halagos que se dirigen a alguien (“especialmente a una mujer”, dice el Diccionario) para destacar sus atractivos. El significado procede (Corominas y Pascual) de la idea de que un enamorado se siente tan quebrantado y deshecho que todo en él son requiebros y requiebros.

A quien relacione el “rebaño” de ovejas con enjabonarlas dos veces quizá le asalte también la duda de por qué en San Fermín se anuncia que “empieza el encierro” precisamente cuando se suelta a los toros que estaban encerrados; o por qué oímos que alguien “empeora” y no que “enmejora”; o por qué se dice “mejoría” y no “peoría”; y por qué blanqueamos una pared si la pintamos de blanco y no la azuleamos si la pintamos de azul; o por qué “blanquear” es transitivo y eso permite blanquear dinero, pongamos por caso, y “azulear” es sólo intransitivo y no se prevé para decir que el PP azuleará más España, sino para que alguna cosa muestre el color azul que en sí tiene.

Son caprichos de la lengua, como el de su mayor facilidad para sustantivar los adjetivos negativos que los positivos (Nueva Gramática, página 945). Decimos “ése es un borracho” como censura, pero no elogiaríamos a nadie con la oración “ése es un sobrio”; insultamos con “tu amiga es una tonta” pero no alabamos con “tu prima es una inteligente”. De hecho, en ese rasgo gramatical tenemos una buena prueba para saber si nos hemos referido a un conciudadano con menosprecio. Cuando alguien diga que llamó “gorda” a una persona pero que eso no es un insulto, obrará en su contra que no nos referimos a nadie espetando “ésa es una delgada”.

“Digo” es una forma irregular del verbo decir, en la cual —entre otros cambios— hemos puesto una g donde correspondería una c (dico). Pero resulta que la evolución de la lengua hizo que ciertas consonantes situadas entre dos vocales tendieran a suavizarse. Por eso de vita sale “vida”. Y de lacus heredamos “lago”. Y del mismo modo decimos “digo” en vez de dico. Se rompe una regla… para aplicar otra.

Como en la vida, en el idioma todo lo que sucede es lógico; es decir, tiene una causa. Aunque no siempre la conozcamos y por eso alguno acabe llamando requiebro a lo que más bien parecían unas sonoras calabazas.

 

 

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