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Françoise Hardy: “Solo me interesan los políticos librepensadores o francotiradores”

LEA CRESPI
Álex Vicente

LA PRESENTACIÓN es glacial. Françoise Hardy preferiría no tener que estrechar la mano de su interlocutor. “Mi frágil estado de salud no me lo permite. Todavía menos en periodos de epidemia gripal”, se excusa. Pero las apariencias engañan. Cuando le proponemos un saludo a la japonesa, Hardy estalla en carcajadas. Su rictus solemne esconde una expresividad casi infantil y un humor tan negro como su atuendo, con el que parece pasear su luto existencial por el mundo. Fina y alargada como un tallo, la cantante aparece en medio del vestíbulo del hotel Raphael de París, donde solía encontrarse con su amigo Serge Gainsbourg, quien le compuso esa oda a la aliteración que es Comment te dire adieu. Acaban de salir en castellano sus memorias, La desesperación de los simios… y otras bagatelas (Expediciones Polares), donde Hardy resume una vida en la que no ha habido solo música. De su descubrimiento cuando era una adolescente que entonaba placenteras canciones de desamor –hay que ser francés para dar con la fórmula mágica– hasta su madurez, marcada por otras pasiones menos conocidas, como la astrología, la grafología y la física cuántica. A los 73 años, Hardy acaba de regresar de entre los muertos. Después de una década batallando contra el cáncer, pasó tres semanas inconsciente en el hospital. Los médicos decretaron que era el final. Pero ella decidió resucitar. Y ha contado su experiencia en otro libro, Un cadeau du ciel… (un regalo del cielo…), recién publicado en su país, donde habla de los meses que pasó entre la vida y la muerte.

Lo primero que sorprende es lo bien escrito que está su libro, comparado con los de otros músicos. Claro, porque yo no tengo negro. Intentaron que lo escribiera con una periodista, pero cuando me mandó su primer borrador me pareció un revoltijo. Y a mí no me gusta nada el desorden. La verdad es que no quería escribirlo, pero mi editor me convenció diciéndome esto: “Cuando te mueras, saldrán otros contando disparates sobre ti. Mejor que cuentes tu verdad”. Cuando uno está muerto, supongo que tiene preocupaciones más importantes que esta, pero decidí hacerlo de todas formas, aunque fuera por mi hijo.

¿En qué le ha cambiado su enfermedad? Ha hecho que me interese más por la espiritualidad. Antes ya me interesaba, pero no tenía tiempo que dedicarle. Desde que me salvé de la muerte, creo mucho en el poder del rezo. Dos amigos muy cercanos organizaron grupos de plegaria para salvarme. Piense que llamaron a mi hijo y a su padre para que se despidieran de mí. Había llegado el final. La única explicación que he encontrado es esa, aunque mi hematólogo diga que la quimioterapia también tuvo que ver…

“Entre vivir una existencia insoportable y morir, prefiero mil veces morir. Soy una gran partidaria de la eutanasia desde la adolescencia”, escribe. ¿Ya entonces pensaba en la muerte? Bueno, es que ya había muchos debates sobre este asunto en la televisión. Mi madre y yo estábamos firmemente a favor de la eutanasia. Mi madre incluso terminó beneficiándose de ella. Tengo una gran admiración por esos médicos que te ayudan a morir dignamente.

Se lo pregunto porque parece que siempre haya sido consciente sobre los aspectos más oscuros de la vida. A sus 17 años ya cantaba: “Voy sola por las calles / con el alma en pena / porque nadie me quiere”. Es un condicionamiento que tengo desde la infancia. Crecí entre una madre que me valoraba en exceso, porque no tenía a nadie más que a mí, y una abuela que era todo lo contrario: no dejaba de decirme que era muy fea y que terminaría sola. Crecí con el ego aplastado, sin confianza alguna en mí misma. Por una parte, sentía que nunca estaría a la altura de lo que mi madre esperaba de mí. Por la otra, que era indigna de gustar a quien fuera. La canción a la que se refiere, Tous les garçons et les filles, expresaba eso. En aquella época, estaba segura de que mi único futuro era hacerme monja.

¿Lo dice en serio? Tuvo a medio mundo enamorado de usted, incluidos Mick Jagger, David Bowie, Bob Dylan y Nick Drake, de los que habla en el libro. Ahora lo puedo entender, pero entonces, no. En aquella época ni siquiera me veía a mí misma en la tele. Nunca me ha interesado mi imagen. Cuando me subía a un escenario hacía un esfuerzo especial y me vestía de Courrèges o de Paco Rabanne. Pero hacerme fotos nunca me ha gustado. Ahora, a mi edad, me molesta todavía más.

“los votantes del frente nacional son como niños de cuatro años que siguen creyendo en papá noel”.

¿Por qué cree que triunfó? Supongo que tenía carisma, o lo que entonces se llamaba “presencia”, que es una cualidad independiente de la voluntad y del mérito que pueda tener uno. Puedes ser espantoso en la vida real, pero cuando te subes a un escenario o te colocas frente a la cámara, se produce la magia. Es una forma de seducción, pero una totalmente inconsciente. En realidad, yo nunca he sido partidaria de la seducción. Siempre he tenido un problema con ese registro.

En sus memorias explica que siempre sintió “el malestar del introvertido a quien no le interesa lo que interesa a los demás y que no consigue integrarse”. Nací bajo el signo de Capricornio, lo que predispone a un temperamento determinado, algo desconectado del mundo exterior. Además, mi condicionamiento afectivo iba en esa misma dirección. Se lo repito: crecí con una madre soltera y sola, que no tenía un solo amigo. Por supuesto, no estamos condenados a ser como nuestros padres, pero siempre acaba quedando algo.

¿Sufrió por ello o esa soledad ya le parecía bien? A veces parece que sea más bien lo segundo. No, al principio no me parecía nada bien. Los pocos hombres que han contado en mi vida han sido hombres ausentes. Solo le hablaré de dos, aunque tampoco es que haya habido muchos más… El primero fue Jean-Marie Périer, el fotógrafo, que siempre estaba viajando. Durante cuatro años seguidos, lloré desconsolada porque no lo veía nunca. Después vino mi marido, Jacques Dutronc, que tiene un problema grave con el compromiso. Todo lo que se le parezca le hace huir. Me volví a encontrar sola y sufrí mucho. Lo que pasó es que, al final, me acostumbré a vivir así. Hasta el punto de que, desde hace unos 20 años, no puedo vivir de otra manera. He terminado descubriendo que es en esa soledad cuando uno es plenamente libre.

La cantante y actriz en una imagen de 1969.

Al mismo tiempo, el miedo al abandono es uno de sus temas predilectos. No es exactamente el miedo a ser abandonada, sino el miedo a no poder alcanzar al otro, o tener la sensación de que no ha habido reciprocidad. Es lo que canto en Message personnel, que tuvo mucho éxito en Francia. Mucha gente lo relaciona con la figura de mi padre, tan ausente también… No lo sé. Lo que sí sé es que siempre he ejercido un amor angustiado y angustiante.

Al principio de su carrera fue considerada una chica yeyé. ¿Supuso aquel movimiento una ruptura con las rígidas sociedades de los primeros sesenta? Era la primera vez que existían cantantes adolescentes que hablaban de los sentimientos propios de su edad. Cada cantante de aquella época encarnaba un personaje. Sylvie Vartan era la chica sexy. Sheila, la alegre y extrovertida. Yo fui la tímida, sentimental y acomplejada…

Visitó España en repetidas ocasiones durante el franquismo. ¿Qué recuerda de aquel tiempo? No recuerdo nada. Lo único que sé sobre la Guerra Civil y el franquismo es por los libros de André Malraux, que leí mucho más tarde. En aquella época no sabía nada sobre política. Fui a cantar a Sudáfrica… ¡sin saber que existía el apartheid! Me sorprendió que todos fueran blancos, claro, pero no caí en el motivo. No estábamos al corriente de nada de lo que sucedía en el mundo. Como mucho, solo de la muerte de Kennedy.

Es curioso, porque la mayoría de yeyés fueron totalmente apolíticos, cuando no de derechas… Sí, es verdad. Johnny Hallyday nunca ha sido de izquierdas. Y Sylvie Vartan, que huyó de la Bulgaria del comunismo, menos todavía. Éramos hijos de familias humildes y algo derechistas, esas que votaban por el general De Gaulle. Por ejemplo, durante el Mayo del 68, Jacques y yo nos marchamos de París porque no me gustaban sus destrozos. Se dice que esa rebelión transformó la sociedad. Yo creo que es al revés: sucedió porque la sociedad ya se había transformado.

“me gustaría que las feministas demostraran más empatía. No me gustan los colectivos que dividen a los individuos en dos grupos enfrentados”.

Ahora sí que está muy politizada. Por ejemplo, se ha opuesto varias veces a François Hollande. Lo escribí en mi libro: los únicos políticos que me han interesado son librepensadores o francotiradores. Me gustaron Michel Rocard, Raymond Barre, Hubert Védrine… Nicolas Sarkozy me interesó al principio, pero luego giró demasiado hacia la derecha. Gracias a él me di cuenta de que, en realidad, soy de centro. En el panorama actual, solo me interesan François Fillon y Emmanuel Macron. Voté por Alain Juppé en las primarias de la derecha francesa, pero tengo estima por Fillon desde hace tiempo. Macron también me interesa, pero quiero que precise más su programa. No puedo votar a alguien que no explica cómo piensa proceder.

¿Le preocupa que Marine Le Pen saque un buen resultado en las próximas elecciones? Los votantes del Frente Nacional son como niños de cuatro años que siguen creyendo en Papá Noel. Habría que escuchar más a economistas como Jean Tirole, todo un premio Nobel, que dice que salir del euro, como propone Le Pen, sería un desastre. Votan por ella electores poco educados que se tragan todo lo que dice. Y en el mismo saco pongo al izquierdista Jean-Luc Mélenchon, que también es un extremista.

Nunca ha escondido sus opiniones. Ha defendido a los ricos, a los empresarios y hasta a Angela Merkel. ¿Diría que eso ha perjudicado su carrera? No lo sé, y me da igual. No me negará que necesitamos a los empresarios. Y Angela Merkel ha sido tratada injustamente. Cuando Hollande ganó, le propuso mutualizar la deuda en Europa. Ella respondió que estaba de acuerdo, pero solo si la solidaridad implicaba menos soberanía por parte de cada Estado. Yo defiendo una Europa federal. Si no, no saldremos adelante.

Desde su juventud fue una gran admiradora de Simone de Beauvoir. Apoyó también el derecho a la contracepción y al aborto. ¡Recurrí a ellos incluso cuando eran ilegales!

En los últimos años, sin embargo, su mirada ha cambiado. En un libro publicado en 2015, tildó a las feministas de “feas, hoscas y poco femeninas” y se dijo incapaz de identificarse con ellas. ¿Qué ha cambiado desde su juventud? Pues que hay feministas y feministas… No es la lucha feminista la que me disgusta, sino cierta radicalidad y cierto extremismo que existen en todo movimiento social, también en el feminismo. No me gustan los colectivos que dividen a los individuos en dos grupos enfrentados. Yo no creo que las mujeres sean mejores que los hombres, ni tampoco que estos últimos tengan el monopolio de la crueldad. Me gustaría que las feministas demostraran más empatía.

Pero el feminismo no se opone a los hombres como individuos, sino a un orden social fundamentado en la desi­gualdad… Yo estoy a favor de la igualdad, que no le quepa la menor duda. De la igualdad de los salarios y también en el vestir. Por ejemplo, no me gusta el velo islámico. Si Dios existe, le es completamente igual cómo nos vistamos. Me parece una aberración que esas mujeres no se den cuenta de que los textos sagrados fueron escritos por hombres que los manipularon a su gusto, siguiendo leyes dictadas en siglos muy lejanos.

¿A qué dios le reza usted? Pues a un dios universal. A un dios que no es católico, musulmán o judío. Las religiones me parecen sectarias y excluyentes. Cada una de ellas está convencida de que las otras no sirven. Por eso, más que de religión, prefiero hablar de espiritualidad, porque esta siempre logra sobrevolar esos sectarismos.

En el libro cuenta que, durante los años noventa, sintió que dejaba de ser moderna. Nunca me preocupó dejar de serlo, pero de repente me di cuenta de que ya no lo era.

En realidad, todas las generaciones posteriores la han reivindicado. Michel Houellebecq se declaró fan desde que era un joven escritor. Damon Albarn la invitó a grabar una canción con Blur. François Ozon y Wes Anderson han usado sus canciones en el cine. ¿Qué ha encarnado para ellos? Supongo que se reconocen en mis canciones. Houellebecq es una persona que sufre mucho, y también en mis canciones uno lo pasa bastante mal. A Damon lo descubrí hace años en la televisión y me recordó mucho a mi hijo, hasta el punto de preguntarme si Jacques no habría hecho algo con su madre… [risas]. La mañana siguiente, por la mayor de las casualidades, me llamó para proponerme una canción. Resultó que el fan era el guitarrista de Blur, Graham Coxon, que se quedó tan acongojado que no me quiso ni saludar. Se quedó encogido en un rincón sin decir nada. Ese pobre chico encogido se debió de reconocer en la chica encogida que fui yo.

¿Por qué sus canciones han envejecido tan bien? No lo sé. En realidad, siento cierta frustración. Yo estoy convencida de que las mejores son las de los últimos tres álbumes, pero nadie me habla nunca de ellas.

¿Sus primeros temas ya no le gustan? No, los de los sesenta me gustan menos, con algunas excepciones. L’amitié todavía me emociona, porque aún me reconozco en ella. Des ronds dans l’eau también me gusta. O Ma jeunesse fout l’camp, una gran canción. Todavía me conmueve. Cómo no emocionarse cuando uno escucha: “Al ritmo de tus pasos / mi juventud se esfuma…”. Es algo con lo que me identifico todavía más ahora, claro.

Hace unos meses dijo que dejaba la música para siempre. ¿Lo decía en serio? Cuando salí del hospital estaba exhausta y no tenía voz. La idea de retomar la música ni se me pasaba por la cabeza. Pero ahora, si le digo la verdad, ya no cierro la puerta. No logro cerrarla. Si un día se me presenta un compositor como Perry Blake y me trae una canción formidable, sé que me costará mucho resistirme. El problema es que necesito, por lo menos, unas 10.

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Sobre la firma

Álex Vicente
Es periodista cultural. Forma parte del equipo de Babelia desde 2020.

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