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“Es importante escuchar a los refugiados”

El activista Gunnar Bergstrom, que fue defensor del régimen genocida del Jemer Rojo, realza hoy la importancia de la educación

Gunnar Bergstrom en Camboya, en los años setenta.
Gunnar Bergstrom en Camboya, en los años setenta.

El activista sueco Gunnar Bergstrom viajó por primera vez a Camboya en agosto de 1978 con el objetivo de demostrar a sus compatriotas que los jemeres rojos, la guerrilla comunista que gobernó el país asiático entre 1975 y 1979 tras ganar la guerra civil, había liberado al país de los estadounidenses imperialistas. “Su revolución me pareció fantástica. Proponían una sociedad sin mercado, dinero o propiedad privada. Creíamos que el comunismo era la solución, pero el comunismo soviético no funcionaba. Queríamos creer que el maoísmo de China y Camboya era diferente”, recuerda el antes simpatizante del Jemer Rojo, que hoy tiene 65 años y vive en Estocolmo.

Este marxista fue uno de los muchos jóvenes suecos de los años setenta que protestaron contra la guerra de Estados Unidos en Vietnam, Laos y Camboya. En ese contexto, decepcionados con el comunismo soviético, el grupo sintió atracción por la propuesta de los jemeres rojos de construir una sociedad basada en la libertad y la igualdad. El régimen, a pesar de ser socialista, presentaba diferencias ideológicas con su vecino comunista Vietnam. Camboya se alineaba con el comunismo chino mientras que Vietnam lo hacía con el ruso. Con el objetivo de difundir las ideas de la guerrilla, su grupo de estudiantes creó la asociación de amistad Suecia-Kampuchea (el nombre de Camboya durante aquellos años) que presidió el propio Bergstrom.

Los jemeres rojos tomaron el poder en Camboya en 1975 con el objetivo de establecer una utopía agraria y evacuaron las ciudades reduciendo la sociedad a una serie de cooperativas de trabajo. La población quedó dividida ideológicamente entre los campesinos que vivían en las zonas ya controladas por el partido y “la gente nueva”, los habitantes de las ciudades, considerados burgueses y acusados de explotar al campesinado.

Se estima que durante los casi cuatro años de su gobierno, murieron alrededor de 1,7 millones de personas como consecuencia del hambre, las ejecuciones masivas o el trabajo forzado: una cuarta parte de la población. Un tribunal internacional, creado conjuntamente por el Gobierno camboyano y las Naciones Unidas, inició sus funciones en 2006 y juzga a los octogenarios jefes de los jemeres rojos que siguen vivos. Los cabecillas Nuon Chea y Khieu Samphan fueron sentenciados a cadena perpetua en 2014 después de haber sido encontrados culpables de crímenes contra la humanidad. Sus sentencias fueron ratificadas el pasado 23 de noviembre.

Bergstrom conoció a niños esclavizados por los jeremes rojos. Estos le explicaron que estaban cuidando de ellos

El activista sueco fue uno de los contados extranjeros que tuvieron acceso a Camboya durante el régimen con el objetivo de recoger información para escribir artículos favorables a la guerrilla para la asociación. El país estaba cerrado a cal y canto y toda comunicación con el exterior permanecía cortada, incluida el correo. Tras dos años de negociaciones, Bergstrom llegó a la entonces Kampuchea con otros tres compañeros de su asociación: el escritor Jan Myrdal y las activistas Marita Wikander y Hedvig Ekerwald. “Les dijimos [a los jemeres rojos] que teníamos una asociación y una oficina en París. Ellos tenían una pequeña oficina en Berlín y una gran Embajada en China. Cuando les preguntamos si podríamos informar sobre Camboya fuimos bienvenidos”, explica Bergstrom.

La visita se prolongó durante 14 días, durante los cuales realizaron diversas actividades y visitas por el país, además de cenar con el líder de los jemeres rojos, Pol Pot. Bergstrom admite haber tenido sentimientos encontrados cuando visitó la ciudad vacía de Phnom Penh o conocer a los niños que trabajaban pescando ranas o realizando duras tareas en los barcos. Sus acompañantes, miembros de los jemeres rojos, les explicaron que eran huérfanos, no tenían nada qué hacer y estaban cuidando de ellos. “Sabíamos que las ciudades habían sido evacuadas, había cosas con las que no estaba de acuerdo y esta era una de ellas. Por aquel entonces no conocíamos Tuol Sleng [el centro de detención y tortura para los llamados enemigos del Estado, conocido como S-21]. Los refugiados nos contaron muchas historias. Sus testimonios deberían haber sido suficientes, pero queríamos creer que estaban exagerando.”, lamenta Bergstrom.

La guerrilla se aseguró que los visitantes vieran únicamente el lado positivo de su revolución, como las fábricas y los hospitales. El viaje orquestado continuó con diferencias de opinión entre los miembros de la delegación. ”Circulaba mucha propaganda en aquella época. Se dijo que habían sido asesinadas las personas que llevaban gafas y yo había visto unas cuantas personas con gafas. The New York Times publicó durante nuestra visita que Ok Sakun [un conocido Jemer Rojo] había sido asesinado pero no era cierto, él era la persona que nos acompañaba durante el recorrido”, recuerda el entonces activista.

Delegación que viajó a Camboya en los setenta para conocer el régimen de los Jemeres Rojos. Gunnar Bergstrom es el tercero por la izquierda.
Delegación que viajó a Camboya en los setenta para conocer el régimen de los Jemeres Rojos. Gunnar Bergstrom es el tercero por la izquierda.

Los comunistas vietnamitas invadieron Phnom Penh en 1979, unos meses después de la visita de Bergstrom, encontrándose un país empobrecido con un tercio de campos de arroz sin sembrar por falta de planificación o mano de obra. Cuando comenzaron a emerger las pruebas y documentos de las atrocidades de los jemeres rojos, el sueco se sintió avergonzado por haber apoyado al régimen y abandonó la asociación tras publicar una autocrítica en un diario sueco.

Los vietnamitas no solo encontraron cadáveres al llegar a la S-21, sino también los archivos que recogen 14.000 ejecuciones y solo 12 supervivientes. Las cifras se conocen porque los que entraban a la prisión eran fichados y fotografiados. Los vietnamitas convirtieron este lugar en un museo para mostrar aquellas evidencias.

Desde que Bergstrom abandonó la asociación ha centrado sus esfuerzos en su carrera de psiquiatría y se ha especializado en la rehabilitación de drogodependientes, pero ha mantenido su compromiso con Camboya compartiendo información de interés en su página web e intercambiando ideas con aquellos interesados en los jemeres rojos. En 2008, 30 años después de visitar Camboya como invitado del régimen, Bergstrom tuvo la posibilidad de regresar para pedir disculpas a los supervivientes y exponer las fotografías de su viaje en el museo. Juanto a ellas, pies de foto que explicaban las dudas que surgieron durante aquellos días. “El autor de un libro sobre nuestro viaje me dijo que, si realmente estaba convencido de haberme equivocado, debía volver. Algunas personas no aceptaron mis disculpas pero muchos estuvieron contentos de escucharlas”, recuerda Bergstrom.

Cuando emergieron las pruebas de las atrocidades de los jemeres rojos, Bergstrom se sintió avergonzado y abandonó su asociación favorable a la guerrilla 

El pasado mes de septiembre, el sueco visitó de nuevo el país para dar una charla en un conocido instituto de la capital camboyana que contó con la presencia de estudiantes, documentalistas y otras personas interesadas en la materia. En su presentación, recopilada por el Centro de Documentación de Camboya, el sueco señaló a Pol Pot y otros líderes de los jemeres rojos como responsables de las atrocidades. Así mismo, destacó el papel a China y otras naciones occidentales por su apoyo indirecto a la guerrilla a través de su experiencia, las armas o la no intervención. En respuesta a las preguntas sobre cómo prevenir el resurgimiento de un régimen capaz de cometer atrocidades en masa, el sueco destacó la importancia de “aprender de la historia y el pensamiento crítico”.

Bergstrom explica que no hay un plan especial que le mueva a su activismo más allá de intercambiar sus ideas, pero planea también escribir un libro en primavera de 2017 sobre utopías y fanáticos que creían en sociedades ideales en contra de las evidencias. Y se pone a sí mismo como ejemplo.

“En aquella época algunos refugiados fueron pagados para contar historias que no eran ciertas. Algunos periodistas no fueron críticos, no sabían mucho sobre Camboya y tampoco hicieron las preguntas correctas. Pero si muchos refugiados cuentan la misma historia, hay que creerlos”, expone el sueco.

Bergstrom cuenta que el autor Myrdal, que formó parte de la delegación, ha continuado escribiendo artículos favorables a los jemeres rojos, mientras que Wikander, viuda de un embajador Jemer Rojo en el este de Berlín, prefiere no hablar sobre aquellos años. Por su parte, Ekerwald también dejó de apoyar a la guerrilla, pero no se ha disculpado públicamente.

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