Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra

Cohabitación vasca

Urkullu y los socialistas pactan la búsqueda legal de más autogobierno

Iñigo Urkullu (izquierda) y el presidente del PNV, Andoni Ortuzar, durante la Asamblea de este partido celebrada el 21 de noviembre.
Iñigo Urkullu (izquierda) y el presidente del PNV, Andoni Ortuzar, durante la Asamblea de este partido celebrada el 21 de noviembre. EFE

El PNV y los socialistas vascos retoman la vía de la cohabitación que ya practicaron entre 1987 y 1998, un hecho que constituye en sí mismo una buena noticia para el País Vasco y el conjunto de España. No solo asegura el valor de la estabilidad, sino que Iñigo Urkullu cierra el paso a otras posibilidades de alianzas rupturistas, como lo habría sido coligarse con EH Bildu. Así esquiva ser víctima de maniobras al estilo de las vividas en Cataluña, donde los nacionalistas pagan el precio de debilitarse tras haberse asociado con los independentistas.

A partir del deseo de una reforma futura de la Constitución, la hoja de ruta pactada cita el “reconocimiento de Euskadi como nación” y el “derecho a decidir del pueblo vasco”, entre otros puntos. No como acuerdos ya comprometidos, sino a título de temas para el debate sobre el autogobierno, que ambos se comprometen a impulsar en la Cámara de Euskadi.

Los futuros socios de Gobierno declaran la voluntad de completar el desarrollo del Estatuto de autonomía vigente y, al mismo tiempo, la de reformarlo, a fin de evitar el “fuerte impulso recentralizador” que atribuyen al Estado. Los Estatutos, como la Constitución, son piezas legales que admiten reforma y actualización, siempre que se lleve a cabo con el mayor consenso posible y dentro de la legalidad. Lo mismo que un referéndum culminó el Estatuto de Gernika, en 1979, los firmantes del pacto anuncian una consulta sobre la propuesta de autogobierno que resulte de las negociaciones.

Pero la prioridad declarada por las dos partes es el empleo. Al PNV y a los socialistas les avala lo conseguido durante los mejores años de la política vasca, en los que se sentaron las bases de una modernización económica y social que han hecho de Euskadi una de las comunidades que mejor funcionan, tanto en política social como industrial y de innovación científica, y todo ello con pocos prejuicios ideológicos.

El pacto interpela también al Gobierno del PP. Hace cinco años que desapareció el problema del terrorismo etarra, si bien los firmantes del pacto reclaman “un final ordenado de la violencia”. Mariano Rajoy no hizo caso a las propuestas de Urkullu para conseguirlo en los años precedentes y la cuestión sigue pendiente.

Sin duda, el PNV ha tomado un camino bueno para sus intereses. En cuanto al PSE, obtiene más rentabilidad política de la que anunciaban sus magros resultados en las urnas del 25 de septiembre. Eso sí, las circunstancias de ambas partes son distintas. Las fuerzas del nacionalismo y del socialismo vascos estaban mucho más igualadas tras las elecciones de 1986, que dieron origen a la primera coalición. Lo cual no da la razón a los que sienten la tentación de denunciar otra cesión socialista ante el nacionalismo, sino que da cuenta de un pacto entre partidos que ahora tienen dimensiones diferentes.

Comienza otro tiempo en Euskadi. Lejos de buscar desconexiones traumáticas con el resto de España, el PNV, sin ocultar el objetivo de autogobierno que persigue, deja claro que no lo fía todo a esa única y obsesiva reivindicación. Urkullu quiere un país que funcione, y esa voluntad merece aplauso.

Puedes seguir EL PAÍS Opinión en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.