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INFORME DE DESARROLLO RURAL 2016

No por mucho producir se termina la pobreza

El FIDA insiste en que la transformación del mundo rural vaya más allá de lo agrícola e incluya a todos

Cosecha de arroz en Filipinas.
Cosecha de arroz en Filipinas. GMB Akash

Otra voz que insiste: el crecimiento económico no basta para acabar con la pobreza y el hambre. Ni siquiera las reformas estructurales del país o la transformación de sus zonas rurales —donde vive la mayor parte de los pobres del mundo— son suficientes por sí mismas. Todos los cambios —más que necesarios— para adaptar el mundo rural a la realidad actual deben ser "inclusivos" y tener en cuenta a todos. Especialmente a los más vulnerables, entre los que, además de las mujeres, hay que destacar a los jóvenes. Son los principales mensajes del Informe de Desarrollo Rural 2016, presentado este miércoles en Roma por el Fondo Internacional del Desarrollo Agrícola (FIDA).

El estudio analiza los casos de 60 países de todo el mundo en los últimos años (el anterior informe se publicó en 2011) y revisa las reformas que han llevado a cabo o si han transformado el medio rural con políticas e inversiones que hayan permitido un mejor acceso a tecnología, financiación o recursos. Y solo un país —Bolivia— ha conseguido reducir la pobreza rural sin poner en marcha grandes y veloces cambios de este tipo. Las reformas, por tanto, son necesarias pero, como demuestran muchos casos (hasta 19 de los casos analizados), por sí solas no alcanzan.

El caso de África

"En África, a diferencia de otras regiones, la agricultura sigue siendo la principal fuente de empleo, especialmente para los jóvenes", señala Di Nucci. "El acceso a tierras, financiación e infraestructuras, y la mejora de las capacidades a nivel local son centrales" para el desarrollo del continente. Hasta 23 de los 28 países analizados registraron transformaciones rurales y estructurales relativamente rápidos, pero solo 15 de sos 23 consiguieron reducir la pobreza a ese ritmo.

Un ejemplo de esa falta de inclusión se encuentra en algo tan central como el acceso a la tierra para la producción agrícola. "La mayoría de las transformaciones rápidas han venido con políticas para un mejor acceso a tierras. Hasta China lo ha cambiado", señala Constanza di Nucci, la especialista del FIDA que ha coordinado el informe. Asegurando la titularidad sobre la tierra, sostiene, se fomenta la inversión, ya que "nadie invierte si te pueden expropiar de un día para el otro". Pero en muchos países esos cambios han surtido un efecto positivo para las grandes industrias, y sin embargo han dejado de lado a los pequeños agricultores o a las cooperativas. "Ahí se ve la importancia de la inclusión. No podemos medir solo la productividad, porque en esas cifras no ves de quién es esa productividad".

En este sentido, al margen de los números, Joaquín Lozano, director de este organismo de la ONU para América Latina, aboga por que las grandes empresas agroindustriales sean "más responsables" en sus inversiones y en la elección de sus proveedores. "Yo insistiría en que se fortalezca la colectividad". Esto es, que los pequeños productores se asocien en cooperativas —una seña de identidad de la actuación del FIDA— que les permitan un acceso competitivo al mercado. También ayudaría que las compañías valoraran otras cosas que las comunidades pueden ofrecer, como productos o procesos propios que puedan encontrar oportunidades de nicho.

Pero hay una premisa, básica para analizar el desarrollo rural, que no siempre se aborda correctamente. ¿Qué es lo rural? "Debemos dejar de pensar que es solo lo agrícola", apunta Lozano. Pese a que los ingresos de 2.500 millones de personas dependen aún de pequeñas explotaciones rurales, en estas áreas cada vez hay más actividades —y más oportunidades— distintas de la mera producción agropecuaria. Y además, la frontera entre lo urbano y lo rural se diluye. "Mucha de la gente que vive en zonas rurales genera su ingreso ya en zonas urbanas, y estas demandan cada vez más suministros desde las áreas rurales".

Un programa de formación para obtener otros productos de la caña de azúcar en Ecuador.
Un programa de formación para obtener otros productos de la caña de azúcar en Ecuador. Carla Francescutti

Di Nucci coincide en que la dicotomía rural-urbano va perdiendo sentido con el auge de las llamadas ciudades intermedias. "Hay estudios que demuestran que son estas las que generan la mayor parte del crecimiento". Y ahí viene el problema. Según dónde se ponga el límite, localidades de 2.500 habitantes podrán ser consideradas urbanas, pese a ser zonas con todas las características —y necesidades— de lo rural. Lo que obstaculiza el análisis y la respuesta. Pues si un Gobierno parte de la idea de que el 90% de su población es urbana, difícilmente dedicará suficientes esfuerzos al desarrollo rural.

En este sentido, considera importante analizar las debilidades de cada región y enfocar las políticas a la población objetivo: indígenas, mujeres, jóvenes... "La diferencia entre un joven rural y un joven urbano es mínima en cuanto a ambiciones, formación... Los primeros tienen que encontrar un medio de vida en lo rural que les satisfaga", insiste. Y para poder atender a las particularidades, el dirigente del FIDA aboga por un fortalecimiento de las instituciones locales, centradas en el territorio que les ocupa.

El estudio tampoco olvida el cambio climático. "Tiene que ser parte de la agenda para poder hablar de un desarrollo rural sostenible", subraya Lozano. Especialmente en regiones como América Latina o África, muy expuestas a eventos climáticos a los que las zonas rurales son especiamente vulnerables.

 

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