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Cercados por la modernidad

  • En los alrededores de Kribi, al sur de Camerún, dos pueblos pigmeos se han quedado atrapados por plantaciones de palmeras de aceite explotadas por una compañía francesa. Despojados de caza y obligados a veces a actuar para los turistas, les faltan oportunidades para salir adelante. En la imagen, Moïse Toixton, con su hijo Dany, Beltran Ngouchire, con camiseta roja, y Pascal Ndje: cuatro jóvenes bagyelis de Namikumbi.
    1En los alrededores de Kribi, al sur de Camerún, dos pueblos pigmeos se han quedado atrapados por plantaciones de palmeras de aceite explotadas por una compañía francesa. Despojados de caza y obligados a veces a actuar para los turistas, les faltan oportunidades para salir adelante. En la imagen, Moïse Toixton, con su hijo Dany, Beltran Ngouchire, con camiseta roja, y Pascal Ndje: cuatro jóvenes bagyelis de Namikumbi.
  • En esta zona de Camerún, a ambos lados del camino se levanta una muralla de palmeras de aceite, entre la que se divisa a trabajadores que con largas pértigas cortan las grandes piñas de frutos rojos que crecen en sus copas. Luego, remolques tirados por tractores o pequeños camiones las transportan hasta los molinos donde serán transformadas.
    2En esta zona de Camerún, a ambos lados del camino se levanta una muralla de palmeras de aceite, entre la que se divisa a trabajadores que con largas pértigas cortan las grandes piñas de frutos rojos que crecen en sus copas. Luego, remolques tirados por tractores o pequeños camiones las transportan hasta los molinos donde serán transformadas.
  • La inmensa plantación pertenece a Socapalm, una empresa privatizada controlada en un 80% por el grupo de origen francés Bolloré. En el interior de la misma ha quedado atrapado un pueblo de pigmeos bagyelis que se llama Kilombo. Para llegar hasta él hay que sortear a los guardias de seguridad de la empresa, que tienen órdenes de no dejar pasar a nadie que no resida allí. En la imagen, un remolque transporta las piñas de las palmeras camino del molino.
    3La inmensa plantación pertenece a Socapalm, una empresa privatizada controlada en un 80% por el grupo de origen francés Bolloré. En el interior de la misma ha quedado atrapado un pueblo de pigmeos bagyelis que se llama Kilombo. Para llegar hasta él hay que sortear a los guardias de seguridad de la empresa, que tienen órdenes de no dejar pasar a nadie que no resida allí. En la imagen, un remolque transporta las piñas de las palmeras camino del molino.
  • A la derecha en la imagen, Germaine Biwong, la partera de Kilombo, y su nuera Mirance Lana. Biwong recuerda otros tiempos. “Todo era selva y solo vivíamos nosotros, los pigmeos”. Un poco más allá de su casa está el río, que hacía de frontera con el poblado bantú. "Ellos estaban a un lado y nosotros a otro y nunca teníamos problemas”. Biwong denuncia que cuando se supo que Socapalm iba a llegar a la zona, los bantúes se apropiaron de sus tierras y las vendieron. "Y a nosotros no nos dieron nada”.
    4A la derecha en la imagen, Germaine Biwong, la partera de Kilombo, y su nuera Mirance Lana. Biwong recuerda otros tiempos. “Todo era selva y solo vivíamos nosotros, los pigmeos”. Un poco más allá de su casa está el río, que hacía de frontera con el poblado bantú. "Ellos estaban a un lado y nosotros a otro y nunca teníamos problemas”. Biwong denuncia que cuando se supo que Socapalm iba a llegar a la zona, los bantúes se apropiaron de sus tierras y las vendieron. "Y a nosotros no nos dieron nada”.
  • Mathieu Mvoue Mgouala (derecha) es hijo de Germaine y lleva un año trabajando para Socapalm. “Echo pesticidas para matar las hierbas”, explica. “Es un trabajo peligroso, pero tengo que hacerlo porque tengo que dar de comer a mi familia. Tengo una mujer y dos hijos”, dice.
    5Mathieu Mvoue Mgouala (derecha) es hijo de Germaine y lleva un año trabajando para Socapalm. “Echo pesticidas para matar las hierbas”, explica. “Es un trabajo peligroso, pero tengo que hacerlo porque tengo que dar de comer a mi familia. Tengo una mujer y dos hijos”, dice.
  • Germaine Biwong con una de sus nietas. “Ahora no tenemos caza para comer”, denuncia. Su hijo añade que cuando quieren cazar tienen que caminar más de cuatro horas a través del palmeral hasta salir de él y encontrar algo de selva. Tampoco pueden pescar, según la anciana, porque Socapalm "ha construido barreras en el río y ya no hay peces”.
    6Germaine Biwong con una de sus nietas. “Ahora no tenemos caza para comer”, denuncia. Su hijo añade que cuando quieren cazar tienen que caminar más de cuatro horas a través del palmeral hasta salir de él y encontrar algo de selva. Tampoco pueden pescar, según la anciana, porque Socapalm "ha construido barreras en el río y ya no hay peces”.
  • Biwong critica la actitud de la empresa que explota la plantación. “Nos prometieron muchas cosas pero no nos han dado nada y ponen problemas para todo, incluso si quieren te pueden encarcelar por hacer un pequeño huerto, porque dicen que la tierra es suya”, se queja la anciana. En la casa, construida con tablas de madera, hay un par de jóvenes, tres niños y una anciana, que se turnan para ir al fondo de la misma y beber de un par de garrafas de vino de palma.
    7Biwong critica la actitud de la empresa que explota la plantación. “Nos prometieron muchas cosas pero no nos han dado nada y ponen problemas para todo, incluso si quieren te pueden encarcelar por hacer un pequeño huerto, porque dicen que la tierra es suya”, se queja la anciana. En la casa, construida con tablas de madera, hay un par de jóvenes, tres niños y una anciana, que se turnan para ir al fondo de la misma y beber de un par de garrafas de vino de palma.
  • Para llegar hasta Kilombo hay que sortear a los guardias de seguridad de la empresa, que tienen órdenes de no dejar pasar a nadie que no resida allí. Pero de vez en cuando hay suerte y un fuerte e intenso aguacero se convierte en aliado de Thérèse Ngoumnde y Chantal Wala (de rojo), dos maestras, trabajadoras sociales y voluntarias de la ONG Zerca y Lejos, que también son bagyelis y van a visitar la comunidad. En la imagen, ambas posan ante la casa de Germaine Biwong con su familia.
    8Para llegar hasta Kilombo hay que sortear a los guardias de seguridad de la empresa, que tienen órdenes de no dejar pasar a nadie que no resida allí. Pero de vez en cuando hay suerte y un fuerte e intenso aguacero se convierte en aliado de Thérèse Ngoumnde y Chantal Wala (de rojo), dos maestras, trabajadoras sociales y voluntarias de la ONG Zerca y Lejos, que también son bagyelis y van a visitar la comunidad. En la imagen, ambas posan ante la casa de Germaine Biwong con su familia.
  • En la imagen, François, el niño mayor de la casa de Germaine Biwong. En la escuela infantil de Namikumbi, otro pueblo pigmeo cerca de Kilombo, solo estudian cinco alumnos. Cuando los pequeños terminan esa etapa no tienen a dónde ir porque el colegio de primaria está muy lejos. "Para llegar a la escuela media más cercana tienen que cruzar el río en piragua y luego caminar una hora y media", explica Marie Belle Ndabouaive, la maestra.
    9En la imagen, François, el niño mayor de la casa de Germaine Biwong. En la escuela infantil de Namikumbi, otro pueblo pigmeo cerca de Kilombo, solo estudian cinco alumnos. Cuando los pequeños terminan esa etapa no tienen a dónde ir porque el colegio de primaria está muy lejos. "Para llegar a la escuela media más cercana tienen que cruzar el río en piragua y luego caminar una hora y media", explica Marie Belle Ndabouaive, la maestra.
  • "Cojo a los turistas aquí y los llevo al campamento pigmeo. Les hago de traductor y resuelvo sus dudas, porque los pigmeos no hablan francés, solo su idioma”. David Ludovic Nzie, guía turístico, explica que a los bagyelis no se les paga “porque no saben qué hacer con el dinero. Les llevamos arroz o algo de comida”. Nzie se e queja de que estén "modernizados" y vayan vestidos con las ropas que les dan los visitantes. "Pero el pigmeo siempre será pigmeo, aunque se vista con ropa moderna".
    10"Cojo a los turistas aquí y los llevo al campamento pigmeo. Les hago de traductor y resuelvo sus dudas, porque los pigmeos no hablan francés, solo su idioma”. David Ludovic Nzie, guía turístico, explica que a los bagyelis no se les paga “porque no saben qué hacer con el dinero. Les llevamos arroz o algo de comida”. Nzie se e queja de que estén "modernizados" y vayan vestidos con las ropas que les dan los visitantes. "Pero el pigmeo siempre será pigmeo, aunque se vista con ropa moderna".
  • Jacque Ngongo es el jefe bagyeli. Son las ocho de la mañana y está ya bebido, por lo que se hace difícil conversar con él. Confirma que en su pueblo residen unas 30 personas. Subsisten gracias a "lo que nos dan la selva, la caza y la recolección". También intercambian algunas de esas cosas con los bantúes por productos como arroz, ropa o aceite. El discurso de Ngongo parece aprendido y ensayado. Cuando se le dice que en la zona no queda nada de selva, solo el inmenso palmeral, intenta salir del paso. “Sí, es verdad, aquí no hay selva. Para cazar hay que ir más lejos. Tenemos que cruzar la plantación de Socapalm, lo que supone unas cuatro horas caminando, como mínimo”.
    11Jacque Ngongo es el jefe bagyeli. Son las ocho de la mañana y está ya bebido, por lo que se hace difícil conversar con él. Confirma que en su pueblo residen unas 30 personas. Subsisten gracias a "lo que nos dan la selva, la caza y la recolección". También intercambian algunas de esas cosas con los bantúes por productos como arroz, ropa o aceite. El discurso de Ngongo parece aprendido y ensayado. Cuando se le dice que en la zona no queda nada de selva, solo el inmenso palmeral, intenta salir del paso. “Sí, es verdad, aquí no hay selva. Para cazar hay que ir más lejos. Tenemos que cruzar la plantación de Socapalm, lo que supone unas cuatro horas caminando, como mínimo”.
  • Según el jefe del pueblo de Namikumbi, los visitantes pueden pagar unos 15.000 francos cfa. (23 euros) cada uno al bantú que los trae desde el puente. Pero este último solo deja en el pueblo 30.000 francos cfa (unos 46 euros). "El dinero se reparte entre dos cajas: una para los hombres y otra para las mujeres. Se utiliza para comprar comida y ropa". ¿Y de dónde sale el alcohol? "No lo compramos, nos lo traen los turistas. Ayer tuvimos un grupo de 15 franceses y trajeron mucho".
    12Según el jefe del pueblo de Namikumbi, los visitantes pueden pagar unos 15.000 francos cfa. (23 euros) cada uno al bantú que los trae desde el puente. Pero este último solo deja en el pueblo 30.000 francos cfa (unos 46 euros). "El dinero se reparte entre dos cajas: una para los hombres y otra para las mujeres. Se utiliza para comprar comida y ropa". ¿Y de dónde sale el alcohol? "No lo compramos, nos lo traen los turistas. Ayer tuvimos un grupo de 15 franceses y trajeron mucho".
  • Los jóvenes bagyelis de Namikumbi denuncian que los bantúes que traen a los turistas les prohíben hablar en francés con los visitantes. "A veces nos hacen quitarnos la ropa y ponernos las faldas de rafia que ni siquiera nuestros padres llevaban. También nos prohiben llevar chanclas”.
    13Los jóvenes bagyelis de Namikumbi denuncian que los bantúes que traen a los turistas les prohíben hablar en francés con los visitantes. "A veces nos hacen quitarnos la ropa y ponernos las faldas de rafia que ni siquiera nuestros padres llevaban. También nos prohiben llevar chanclas”.
  • “Quizás los ancianos no conocen otra salida, pero los jóvenes entran en el juego del turismo, de pretender que no hablan francés o de tener que ir medio desnudos, porque en el fondo consiguen dinero fácil con el que beber sin tener que trabajar en otra cosa”. Por eso Wala y su compañera visitan las comunidades buscando qué alternativas —además de la educación— puede ofrecer la asociación a los bagyelis para que recuperen su orgullo y sus ganas de vivir. La tarea es difícil. Pero las dos jóvenes saben que de ello depende la supervivencia de su pueblo.
    14“Quizás los ancianos no conocen otra salida, pero los jóvenes entran en el juego del turismo, de pretender que no hablan francés o de tener que ir medio desnudos, porque en el fondo consiguen dinero fácil con el que beber sin tener que trabajar en otra cosa”. Por eso Wala y su compañera visitan las comunidades buscando qué alternativas —además de la educación— puede ofrecer la asociación a los bagyelis para que recuperen su orgullo y sus ganas de vivir. La tarea es difícil. Pero las dos jóvenes saben que de ello depende la supervivencia de su pueblo.