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Aznar, inspector de Hacienda

La obligación (moral) de transparencia no caduca con el cese en el Gobierno

Vargas Llosa, Rajoy y Aznar este martes.

“Me cuesta mucho ganarme la vida honradamente y pago hasta el último de mis impuestos”. Eso declaraba el ex José María Aznar hace dos años (El País Semanal, 13 de abril de 2014).

Ahora se sabe que ese año concluyó una inspección fiscal al expresidente. Y surgen dudas sobre si en verdad paga el último de sus impuestos. O solo el penúltimo.

Un medio digital asegura que el análisis dio en declaraciones complementarias y sanciones por centenas milmillonarias, lo que respondería a un inmenso fraude fiscal. Pero el afectado no lo confirma, Hacienda calla —como debe— y los colegas de este diario —como también deben; les deben a ustedes— no reproducen cifras que no puedan certificar.

Pero quien no debe callar es Aznar López. Debe acudir al Congreso a detallar ingresos, pagos de impuestos, y si debió o no asumir complementarias y sanciones. No solo porque la obligación (moral) de transparencia no caduca con el cese en el Gobierno. Sino además porque el as del dómino de Quintanilla de Onésimo sigue siendo presidente de honor del PP, aunque el honor del partido esté en funciones. Y porque sigue encabezando la FAES, la fundación política más subvencionada en España.

Un ultra liberal (como se sabe el ex) defiende la abolición general de los impuestos, no de los que le afectan a él. Un inspector de Hacienda (como es el ex) maximiza la recaudación fiscal, no la minimiza. Un patriota (como se pretende este empleado de lujo del españolísimo Rupert Murdoch) jamás se negaría a rendir cuentas de sus andanzas ante la sede de la soberanía nacional.

Es verdad que a Aznar le han rodeado malas compañías (las eligió). De sus tres vices, uno está imputado por todo; el otro, investigado por los manejos de la Gürtel en AENA, y el supérstite no sabe los sobres de dinero negro, ni contesta. Por no mencionar a Blesa de la Parra, aquel compi suyo de pupitre e insigne inspector de Hacienda que ideó las tarjetas black y hundió Caja Madrid.

Franco Bahamonde estaba exento de culpa, según sus fans: era pobre y honesto; los corruptos eran sus ministros. Hasta que Ángel Viñas (La otra cara del caudillo, Crítica, 2015) ha punteado los asientos de su irregular fortuna.

Josemari, gánate la vida, nihil obstat. Pero explícate ya.

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