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La danesa que conquista el mundo

Álex Vicente

PUEDE que algo huela a podrido en Dinamarca, pero Birgitte Nyborg no tiene nada que ver. La primera ministra de ficción que protagonizaba la serie Borgen, dividida entre el idealismo y la realpolitik, se ha convertido en la encarnación de lo que a muchos les gustaría que fuera la política: una factoría de líderes íntegros y competentes que se dejan la piel con el interés público como bandera. Si aquella inexperimentada y telegénica líder centrista se ha erigido en heroína de estos tiempos sedientos de rectitud, no es extraño que la actriz que le prestó su rostro durante tres temporadas empiece a estar por todas partes.

Lo más reconocible es su voz, dulce pero firme, que emana desde el otro lado de la puerta. Sidse Babett Knudsen se encuentra en la habitación contigua, dentro de las oficinas de su agente danesa, situadas en un ático de vigas de madera vista y decoración neutra pero hogareña. Resulta acogedor hasta la angustia, una cualidad que los autóctonos definen como hygge, y que explicaría que el país registre los mayores índices de felicidad del planeta. Si la actriz ha escogido esta tierra de nadie para el encuentro es para preservar su intimidad, de la que se sabe entre poco y nada. “Tengo derecho a una vida privada. Nunca he entendido que para vender una película tenga que enseñar mi dormitorio”, afirmará al presentarse, con una sonrisa generosa e indeleble. “Por otra parte, quiero que la gente se crea que soy cada uno de los personajes que interpreto, ya sea una primera ministra o una lesbiana sadomasoquista. Es mejor que nadie sepa cuál es la verdad”. Su ficha biográfica apenas contiene un par de líneas. Nació hace 47 años en Copenhague, donde sigue residiendo junto a su hijo Louis, de 12. De niña vivió en Tanzania, donde sus padres, un fotógrafo y una profesora, trabajaron como voluntarios en una universidad de Dar es-Salam. Esos años la marcaron. “Me educaron con una idea: si tienes la suerte de ser un privilegiado, mejor que lo utilices para algo”, dice la intérprete. Birgitte Nyborg, emblema de la ecuanimidad escandinava, pudo haber pronunciado una frase similar.

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Fotograma de la aclamada serie Borgen, donde Sidse Babett Knudsen interpreta a la primera ministra danesa.

El cine francés se distingue de los demás porque allí el autor lo es todo. El director es dios como no sucede en ningún otro lugar que yo conozca”, dice Knudsen. ¿Para lo bueno y para lo malo? “Sí. Es agradable saber quién maneja el timón. Y, a la vez, a veces tienes que esperar a que dios decida qué dirección hay que tomar”, afirma. En este caso, la deidad fue el cineasta Christian Vincent, quien la escogió para el papel por encontrarla “sexy y, a la vez, viril, igual que las heroínas de los wésterns de John Ford”. Su personaje es una proyección idealizada, pero también una mujer de carne y hueso. Con ella comparte una belleza plausible y poco amenazadora, que parece aceptar el paso del tiempo sin ninguna consternación. Ese debut se saldó con un ines­perado Premio César a la mejor secundaria, que recogió en febrero en estado catatónico. “No es un papel enorme, así que estaba segura de no ganar. Me hizo muy feliz. A mi edad, es bonito ser capaz de seguir sorprendiéndose”, afirma. A continuación le espera un protagonista estelar: el de La fille de Brest, donde interpreta a Irène Frachon, la neumóloga francesa que logró prohibir el medicamento antidiabético Mediator, pese a la asfixiante presión de los lobbies farmacéuticos.

Los ecos de su buen hacer han llegado hasta Hollywood, que no ha tardado en echarle el guante. Detectando su entereza y su autoridad natural, el director Ron Howard la escogió para interpretar un papel clave –la directora de la OMS– en Inferno, la continuación de El código Da Vinci, que acaba de rodar en Budapest. En ella se reencuentra con Tom Hanks tras Esperando al rey, adaptación de una novela de Dave Eggers a cargo del director alemán Tom Tykwer, que llegará en junio a la cartelera española. “Llevaba 10 años siguiéndole la pista. Me seducía su mezcla de elegancia, inteligencia, feminidad, buen corazón y una pizca de peligro, como si tramara algo en secreto tras su fachada impoluta. Es una mujer difícil de codificar”, explica Tykwer. ¿Tendrá futuro una mujer con tantas aristas en los dominios hollywoodienses, siempre propensos a lo unidimensional? “Sidse no es el tipo de actriz que prefiere rodar una tontería en Hollywood antes que un proyecto interesante en otra parte. En términos creativos, te trata de igual a igual. Mantiene una relación muy elevada con el director, lo que no siempre es bienvenido en los estudios hollywoodienses”, declara el director.

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Fotograma de la pelicula After the Wedding

A la Izquierda, con Tom Hanks en 'Inferno'. A la derecha, fotograma de la película 'Después de la boda'.

A Knudsen no le preocupa experimentar esa frustración que tantos europeos han sentido en Hollywood, desde su admirada Juliette Binoche  –“mi actriz favorita junto a Sandrine Bonnaire e Isabelle Huppert: nunca me canso de ellas”– o su compatriota Mads Mikkelsen, con quien rodó Después de la boda a las órdenes de la oscarizada Susanne Bier. “En realidad, el único reto es el idioma. Después de tantos años actuando en danés, que es algo que sé hacer muy bien, resulta extraño tener que batallar con los diálogos”, admite, pese a que su inglés y su francés sean prácticamente perfectos. “Por lo demás, no he visto muchas diferencias. Esperaba que el rodaje de Inferno fuera muy técnico, que todo fuera cuestión de ángulos, fondos verdes y escenas acrobáticas. Pero fue un proceso muy creativo, como una película europea a mayor escala. No se parecía a Hollywood, aunque tampoco tenga muy claro lo que es Hollywood…”, sonríe. Algo distinto fue el rodaje de la serie Westworld, producida por J. J. Abrams, que estrenará este año en la cadena HBO. En ella interpreta a una de las responsables de un parque de atracciones futurista, inspirada en una idea original de Michael Crichton. “Tienes que aceptar que le perteneces al estudio que te ha contratado y trabajas durante muchas horas. Pero me divirtió, porque lo sigo viendo con ojos de turista. De momento, no creo que pueda quejarme”, asegura.

Sabe que se lo debe todo a Borgen, aunque cuando llegue la hora de hablar de la serie se dibuje un gesto de ligero hastío en su rictus. Lleva seis años hablando de ese éxito casi inexplicable, teniendo en cuenta que trataba de un asunto tan poco arrebatador, de entrada, como las coaliciones parlamentarias en la Dinamarca contemporánea. “Solo puedo estar agradecida, porque ha sido el pasaporte que me ha conducido hacia todas esas cosas”, se resarce. “Diría que la serie logró dar con algo que estaba en el aire. La mayoría de ellas sobre el poder son muy cínicas. Muestran a los políticos como vampiros que se chupan la sangre, obsesionados con el poder. Por ejemplo, House of Cards, pese a que me encante. Nosotros hablamos de los políticos como personas reales. Con un poco de idealismo, pero sin presentar un mundo de color de rosa”, sostiene. Los políticos han sido sus primeros fans. Hillary Clinton le escribió una carta llena de piropos. David Cameron se ha declarado incondicional de la serie. Lo mismo que Manuela Carmena, Esperanza Aguirre o Albert Rivera. “Algo debieron reconocer en ella”, responde Knudsen.

El creador de la serie, Adam Price, admite que dudó antes de contratarla. Entonces era conocida como actriz cómica, tras haber protagonizado varios éxitos de taquilla, amables pero insustanciales, a finales de los noventa. “La escogimos porque fue la actriz que más se implicó emocionalmente en el papel”, afirma Price. “Nunca he trabajado con nadie que defienda tanto un personaje. Sidse necesita entender la motivación de su papel en todo momento, dibujando una especie de mapa emocional por el que pueda moverse. No es de esas actrices a las que uno pueda decirle: ‘Hazlo aunque no lo entiendas’. Si le pidiera algo así, se sentiría casi insultada”, explica. “Trabajar con ella supone mucho trabajo y muchas reescrituras de guion. Pero cuando descubres el nivel de su interpretación, se lo perdonas todo. Los miles de horas dedicados habrán valido la pena porque Sidse hace que te vuelvas mejor”, concluye.

Knudsen reconoce que, cuando le ofrecieron el papel, su primer instinto fue rechazarlo. La televisión le parecía un medio menor. “Prefería el cine, que es mágico y casi sagrado. La televisión suele ser más bulímica y menos ceremoniosa. Ni siquiera tienes que vestirte o prestarle una excesiva atención. En el cine, en cambio, te metes en una sala oscura para vivir experiencias que logran cambiar tu vida”. ¿Cuáles alteraron su existencia? Al hacer memoria, recuerda una en particular: descubrir a las heroínas de Tennessee Williams, empezando por Blanche DuBois, protagonista de Un tranvía llamado deseo. “Me fascinaron las distintas facetas de su personalidad. Podía resultar tierna, vanidosa y chiflada a la vez. Me pareció distinguir mucha verdad en ese personaje. Y me hizo entender que no pasaba nada por sentirme sola. Había mucha otra gente solitaria en este mundo”. Tenía nueve años. ¿Demasiado temprano para descubrir lo más oscuro de la condición humana? “No. Para mí, los niños no son seres inocentes. Recuerdo el dolor y la tristeza que sentía entonces, y no se distinguen mucho de los que puedo sentir ahora. No fue como si me empujaran hacia una manera adulta de ver las cosas. Más bien fue como si, de repente, entendiera el mundo un poco mejor”. Después de todo, esta es la patria de los bollos de canela, pero también la de Kierkegaard y Dreyer.

Sidse Babett Knudsen

Le decimos que, durante la campaña a las últimas elecciones generales españolas, no hubo político que no hablara del modelo danés como ejemplo. ¿Entiende que su país despierte envidia? “Sí, es algo que logro comprender. Pero no tengo mucho que decir. Es un asunto complicado sobre el que prefiero no responder”, se excusa. Para no ser catalogada ideológicamente, se negó a tener cualquier contacto con la exprimera ministra danesa Helle Thorning-Schmidt. “Las dos lo evitamos”, puntualiza. No cree que la serie, que se estrenó pocos meses antes de su triunfo electoral, influyera en su victoria, aunque admite que siempre aspiró “a mezclar realidad y ficción”. Igual que Birgitte Nyborg era una primera ministra frugal, que acudía en bicicleta al castillo de Christiansborg, Knudsen exhibe una actitud casi funcionarial respecto a su oficio. “En realidad, en Dinamarca no tenemos estrellas. Yo hago mi propia colada y voy en bici a todas partes. No estoy programada para tener un séquito de ayudantes. Una vez me pusieron un chófer. Me preguntó: ‘¿Qué quiere que haga por usted?’. No supe qué responderle. Sentí que le estaba decepcionando”, relata.

Otro concepto intraducible en danés es Janteloven, una regla no escrita que prohíbe la arrogancia y la ostentación. En las escuelas de interpretación, nadie dice a los alumnos que se están convirtiendo en artistas: solo desempeñan un oficio. Cuando estudiaba en Francia, Knudsen recuerda haberse topado con un grupo de estudiantes de cine que discutían sobre su proyecto de final de carrera. “Hablaban de su corto de tres minutos como si fuera a cambiar el mundo. ‘Este es mi punto de vista, esta es mi visión’, decían. Me encantaba oírlos hablar así y, a la vez, me hacía sentir algo culpable. Me preguntaba si teníamos derecho a hablar de nosotros mismos de esa manera. A mí no me han educado así. Por ejemplo, si quiero expresar una idea en la que creo firmemente, siempre prefiero citar a alguien que haya dicho algo similar. Lo importante es que no parezca que me tomo por un genio”, admite. Su cultura la protege, pero también su trayectoria: “Piense que he rodado mi primera película en Hollywood a los 47 años”.

La entrevista termina. Knudsen se despide con su sempiterna simpatía, se enfunda en una impecable trenca amarilla y se monta en una bicicleta de paseo no especialmente bonita. En el paso de cebra a la vuelta de la esquina, algunos transeúntes la reconocen. Detienen su mirada en ella unos segundos antes de seguir caminando hacia sus respectivos destinos, sin darle mayor importancia. Después de todo, es solo una ciclista más.

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Sobre la firma

Álex Vicente
Es periodista cultural. Forma parte del equipo de Babelia desde 2020.

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