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REPORTAJE

El renacer de Tombuctú

La ciudad del norte de Malí fue arrasada por la barbarie yihadista. Un puñado de albañiles locales luchan hoy por recuperar su legado

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Fue como si nos robaran el alma. Esta gente sabía dónde golpear para hacernos daño”. El historiador Sane Chirfi Alpha recuerda el 30 de junio de 2012 como si fuera ayer. Aquella mañana de sábado, los yihadistas que entonces ocupaban la mítica ciudad de Tombuctú, en el norte de Malí, la emprendieron a golpes de picos y palos con los mausoleos que albergan los restos de los santos más venerados por la población y los redujeron a escombros. Tres años después, y gracias a los esfuerzos combinados de la Unesco y de los albañiles locales, las 16 tumbas demolidas, erigidas en barro y piedra y reconocidas como patrimonio de la humanidad, han sido totalmente reconstruidas. Aún entre el ruido de los obuses y los Kaláshnikov de un conflicto que no se acaba de cerrar, Tombuctú ha recuperado su alma.

A pocos metros de la mezquita de Djingareyber, dos niños rebuscan entre la basura mientras un convoy de blindados con policías nigerinos a bordo pasa a toda velocidad. Hace tres años que la ciudad fue liberada de manos de los radicales de Al Qaeda del Magreb Islámico (AQMI) y Ansar Dine. La convirtieron en su feudo durante nueve meses, obligando a huir a la mitad de sus 50.000 habitantes. Hoy son los soldados de la ONU y el Ejército maliense los que patrullan por estas calles. Han reemplazado a los barbudos de la policía islámica que cortaban manos a los ladrones, lapidaban a los adúlteros y obligaban a las mujeres a taparse de pies a cabeza.

La invasión duró nueve meses. Los barbudos de
la policía islámica cortaban las manos a los ladrones  y obligaban a las mujeres a taparse de pies a cabeza

La mayor parte de la población que huyó durante la guerra ha regresado. Pero la persistencia de ataques de terroristas y bandidos en los alrededores impide la vuelta del turismo y una actividad comercial estable. Por primera vez, esta región concentra la mayor tasa de niños malnutridos del país. “La situación es alarmante”, asegura Innocent Aboua, jefe de misión de Acción contra el Hambre.

“Tenemos unos problemas enormes”, insiste Baba Moulaye, presidente del Foro de la Sociedad Civil de Tombuctú, “pero las distintas comunidades que habitamos esta ciudad hemos vuelto a hablar entre nosotros y estamos restaurando la cohesión social; el mejor símbolo de todo ello es que volvemos a tener nuestros mausoleos”. En la colina sobre la que se ubica el cercano cementerio de los Tres Santos, una estrecha vereda flanqueada de tumbas conduce a la construcción en tierra que alberga los restos del místico Cheikh Abdoul Kassim Attawaty. El 1 de julio de 2012, los yihadistas la destrozaron por completo. “Ellos decían que éramos herejes, idólatras que adorábamos a nuestros santos y no a Dios, pero no es verdad”, explica Sane Chirfi Alpha. “Para nosotros se trata de sabios, personas que se distinguieron por su saber o su piedad, y les pedimos que intercedan por nosotros ante Dios”.

Cuando empezó la destrucción, Baba Moulaye recibió una llamada urgente en su teléfono móvil. “Están demoliendo el mausoleo de Sidi Mahmoud”, le dijeron. “Entonces llamé al jefe militar de AQMI y le pregunté por qué hacían eso. Recuerdo que me respondió con una letanía diciendo que todos somos iguales ante Dios y que ninguna tumba puede ser más grande que otra. Lo que más me duele es que quienes destruyeron los mausoleos son originarios de Tombuctú, gente llena de odio a quienes la ocupación dio una oportunidad”, asegura Moulaye. Uno de los que llevaron a cabo dicha demolición se llama Ahmad al Faqi al Mahdi. Hoy se enfrenta a un juicio en La Haya ante la Corte Penal Internacional acusado de crímenes de guerra contra el patrimonio histórico. Un hito y un mensaje para quienes pretenden destruir la memoria de los pueblos.

El renacer de Tombuctú

La primera oleada de destrucción tuvo lugar entre el 30 de junio y el 2 de julio de 2012, justo dos días después de que la Unesco incluyera a los mausoleos en la lista de patrimonio mundial en peligro. “Muchos habitantes de la ciudad quisieron salir a la calle para enfrentarse a los terroristas, pero hubiera sido una masacre. Al final pensamos que solo estaban destruyendo barro, que a los santos no podían tocarlos. Y decidimos aguardar”, explica Chirfi Alpha. La segunda oleada llegó en diciembre, dos semanas antes de que el Ejército francés liderase una ofensiva para desalojar a los radicales del norte de Malí. Se vieron afectados 16 mausoleos, unos destruidos por completo y otros parcialmente. Muchos pensaron que sería imposible reconstruirlos. No fue el caso de Alassane Hasseye, de 73 años, jefe de la corporación de albañiles de Tombuctú.

A instancias del gran emperador de Malí Kankan Moussa, la familia del señor Hasseye llegó a esta ciudad en 1325 para construir la mezquita de Sankoré. Desde entonces, el arte de la construcción en barro ha ido pasando de generación en generación hasta él. “Una vez que los terroristas fueron expulsados de la ciudad, nos organizamos para hacerlo nosotros; la población quería cotizar para que nos pusiéramos manos a la obra, pero las autoridades nos dijeron que esperásemos y así hicimos”. La Unesco elaboró un plan integral y fueron los albañiles encabezados por Hasseye quienes lo ejecutaron. “Es lo más importante que he hecho en mi vida. Nuestros antepasados los construyeron y ahora nosotros los hemos vuelto a levantar de la misma manera”.

Los trabajos se llevaron a cabo en dos fases, entre 2014 y 2015, y finalizaron el pasado mes de octubre. El barro se traía de distintas canteras situadas en las afueras de la ciudad y se cocía en los cuatro hornos tradicionales que existen en Tombuctú. Los albañiles se dividieron en equipos de cuatro, dos veteranos y dos aprendices para cada estructura, además de 10 obreros que se encargaban de acarrear el material. La idea era que todo el proceso sirviera a los más jóvenes para que este antiguo oficio no se pierda. Hasseye supervisaba todas las obras. Y aparecieron algunas sorpresas. “Nos encontramos que el mausoleo de Sidi Mahmoud tenía 1,8 metros de profundidad y que buena parte del edificio estaba tapado por la arena después de siglos”. Una muestra de cómo el desierto entierra a esta ciudad.

Hoy se trabaja en la digitalización de los 377.491 manuscritos que fueron sacados de Tombuctú en 2012 para ponerlos a salvo de los terroristas

La reconstrucción de cada mausoleo duró entre tres y cuatro semanas. Algunos se encuentran situados en cementerios que han surgido en torno a ellos a medida que sus fieles y seguidores iban siendo enterrados junto a la tumba de su maestro. Otros se encuentran en calles normales, junto a las mezquitas, en casas particulares. Aunque solo 16 están reconocidos como patrimonio mundial, existen muchos más. No en vano, Tombuctú es conocida como la ciudad de los 333 santos. Según la creencia popular, estos antepasados piadosos protegen de todo mal a los habitantes del lugar. Entre los más conocidos se encuentran los de Cheikh Sidi Mahmoud Ben Omar, el primer santo venerado en la ciudad, que falleció en 1548; Cheikh Abdoul Kassim Attawaty, Mohamed el Micky, Tamba-Tamba y el mausoleo de Alpha Moya, un ulema que se opuso a la ocupación marroquí y fue asesinado en la mezquita de Sankoré.

“Cada uno de estos santos procede de una comunidad diferente, los hay árabes, songhay, tuaregs, peul, y cada comunidad los reconoce por sus conocimientos y devoción religiosa”, asegura Lazare Eloundou, representante de la Unesco en Malí. “La ciudad es patrimonio mundial de la humanidad desde 1988 y teníamos que respetar las exigencias que ello implica, documentación, informes, investigación previa. No era ponerse a construir y ya está”. El 18 de febrero de 2013, apenas un mes después de la liberación de Tombuctú, la Unesco aprobó un plan de 10 millones de euros para restaurar y proteger su legado. No solo los mausoleos, también su impresionante colección de manuscritos antiguos. Además de recuperar su alma, se pretende proteger su memoria.

Al rescate de los manuscritos islámicos

La actividad es frenética en un discreto edificio de tres plantas del barrio de Baco Djikoroni, en Bamako, la capital de Malí. Un total de 74 personas trabajan aquí en la digitalización de los 377.491 manuscritos que fueron sacados de Tombuctú en 2012 para evitar su destrucción por parte de los islamistas; entre ellos, los pertenecientes al Fondo Kati, la biblioteca andalusí que vincu­la a la ciudad con España. En la planta baja se elaboran las cajas de cartón que los albergarán; arriba están los expertos que los identifican, catalogan y digitalizan. Fue un auténtico éxodo. Las familias dueñas de las bibliotecas privadas de Tombuctú y los responsables del centro Ahmed Baba, donde se conserva la mayor colección de documentos, los fueron sacando a escondidas. Muchos se jugaron la vida en el intento.

Al frente de todo está Abdel Kader Haïdara. Hace 20 años fundó la asociación Savama. Es el auténtico organizador de este rescate de la memoria del islam antiguo. “Teníamos que sacarlos del desorden y la inseguridad, y cuando las cosas vuelvan a la normalidad, los manuscritos regresarán a Tombuctú. Mientras tanto, estamos mejorando sus condiciones de conservación y reformando nuestras bibliotecas”. Los antiguos documentos, de los que 20.000 ya han pasado por este edificio, están almacenados en seis apartamentos alquilados de Bamako cuya ubicación se mantiene en secreto. “El proceso es lento, pero nos ha dado una oportunidad para tener un buen catálogo de los manuscritos y conservarlos mejor. La mayoría están en buen estado, pero aproximadamente un 20% se encuentran muy deteriorados”.

En el trabajo de digitalización de los manuscritos, Haïdara está contando con un aliado inesperado, un grupo de monjes benedictinos de la abadía de Saint John, en Minnesota (Estados Unidos), especializados en la conservación de documentos antiguos. En agosto de 2013, el padre Columba Stewart se trasladó a Bamako junto a uno de sus mejores expertos y asesoró en el montaje del estudio y la formación de los técnicos locales de Savama que hoy digitalizan los manuscritos. Asimismo, una copia digital de los viejos papeles de Tombuctú es enviada al otro lado del océano, donde se almacena, a salvo para siempre, en una cámara sellada bajo una montaña de granito en Utah.

elpaissemanal@elpais.es