Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

El optimismo eterno de Sarajevo

Sufrió el sitio más largo en la historia moderna. Dos décadas después, la capital escribe su relato a ritmo tranquilo

Vista de Sarajevo desde una de las montañas que la rodean. Ver fotogalería
Vista de Sarajevo desde una de las montañas que la rodean. The New York Times

Es junio, al final de un largo día, en la Ferhadija, una calle peatonal del siglo XVI que atraviesa el centro de la Ciudad Vieja de Sarajevo. Durante las tardes cálidas, la calle se llena y se agita hasta parecer un río de humanidad: la gente sale a ver y ser vista, a pasearse y absorber los ritmos de la ciudad mientras los niños corretean, los jóvenes amantes caminan del brazo y de un callejón sale el quejido distante de un acordeón.

Bordeada de cafés, la Ferhadija empieza en el monumento de la llama eterna que recuerda la II Guerra Mundial, en la calle del Mariscal Tito, y sigue hacia el este y hacia atrás en el tiempo: los edificios de hormigón de la era socialista dejan paso a las elaboradas fachadas con cornisas en tonos pastel del periodo austrohúngaro, para acabar en el Baščaršija, el viejo barrio otomano, donde se ven tranquilos patios llenos de fieles musulmanes en plena introspección, el susurro de una fuente pública con siglos de antigüedad y los puestos que venden un arcoíris de especias, cafeteras de cobre tradicionales y los omnipresentes ćevapi, un delicioso pan de pita relleno de carne.

Durante la guerra tuvimos la prueba empírica de que el arte y la cultura son tan importantes como el agua y la comida

El choque del pasado y el presente da a la ciudad una textura hiperrealista, como si atravesáramos una postal que hubiera cobrado vida. Al recorrer las laberínticas calles de Sarajevo asombra que no haya más turistas, porque al tiempo que su tamaño compacto hace que sea accesible, su complejo encuentro de culturas le da un aire de misterio imperecedero.

“Sarajevo es latitudinal”, explica Amir Vuk-Zec mientras bebe café en uno de los numerosos establecimientos de la ciudad. Vuk-Zec, tal vez el arquitecto más famoso de Bosnia-Herzegovina, se expresa en frases ­rápidas y redondas, como un profeta con sobredosis de cafeína. En la mano izquierda tiene un puñado de lápices. “Para comprender el alma de esta ciudad debe entender que va de este a oeste, así”. Toma uno de los lápices y dibuja un esquema del movimiento lateral en el reverso de nuestra cuenta. “Es como un cuenco alargado, ¿lo ve? Es tangible”.

¿Puede una ciudad tener verdaderamente alma, como decía Vuk-Zec? Y si se ha destruido en gran parte, si se ha atacado con artillería un día tras otro, un año tras otro, y luego se ha vuelto a reconstruir, ¿seguirá siendo la misma que antes? Estas son algunas de las preguntas planteadas a artistas, arquitectos, diseñadores y directores de teatro durante el pasado verano.

La Vijećnica, o Ayuntamiento, fue también la Biblioteca Nacional. Destruida en el sitio a Sarajevo por los bombardeos, fue reabierta en 2014. ver fotogalería
La Vijećnica, o Ayuntamiento, fue también la Biblioteca Nacional. Destruida en el sitio a Sarajevo por los bombardeos, fue reabierta en 2014. The New York Times

Desde que hace casi veinte años terminó el asedio de la ciudad (1992-1996), Sarajevo se ha convertido en un laboratorio en el que estudiar estos interrogantes, con la fascinación añadida que suponen la riqueza y complejidad de su historia. Podría decirse que Sarajevo, situada durante mucho tiempo en la línea divisoria de varios imperios, ha vivido en los últimos 150 años más acontecimientos tumultuosos que ninguna otra urbe de sus dimensiones. Fue testigo presencial del traspaso de poder entre otomanos y austrohúngaros, del asesinato del archiduque Francisco Fernando, que desencadenó la I Guerra Mundial; de la ascensión y caída del fascismo, y de la espantosa guerra de los años noventa, cuyas atrocidades se retransmitieron en directo a través de las televisiones de todo el mundo.

Pese a ello, esta ciudad bella, cosmopolita y mundana, que ha sobrevivido a todo, sigue siendo un tesoro por descubrir para el visitante, como una Estambul en miniatura escondida en los Alpes Dináricos. Visitar Sarajevo es contemplar las grandes penas y los grandes triunfos de nuestra moderna civilización.

Aquí no tenemos dinero, pero tenemos mucho tiempo. Así que bebemos mucho café y hablamos

“¡Tenemos demasiada historia!”, resume Bojan Hadzihalilovic con una sonrisa. “¡No sabemos qué hacer con nuestro pasado!”. Hadzihalilovic es diseñador gráfico y antiguo miembro del legendario colectivo TRIO. Durante la guerra, elaboraron una serie de carteles que se hicieron famosos, en los que insertaban el nombre de Sarajevo en varios diseños muy conocidos: Coca-Cola, Absolut Vodka, El grito, de Edvard Munch… “I want you to save Sarajevo!” (¡Quiero que salves Sarajevo!), ordenaba el Tío Sam.

Fue uno de los numerosos ejemplos del humor y la inventiva de los sarajeveses ante sus terribles sufrimientos: resistir el infierno de la guerra con la creatividad. “No me gustaría volver a pasar por aquello jamás”, subraya Hadzihalilovic. “Pero durante el sitio sacamos lo mejor de nosotros mismos como ciudadanos”. Sarajevo cautiva al principio por su belleza, pero son sus habitantes quienes logran que te enamores de ella. Quedé prendado de Sarajevo por primera vez en 2008. Acababa de terminar mi primera novela y estaba buscando material para la segunda. Me encontraba en ese estado especialmente vulnerable e ingenuo del que busca historias, con los oídos atentos, los ojos abiertos, dispuesto a que un mundo desconocido me revelara sus secretos.

La calle Ferhadija, de noche. ver fotogalería
La calle Ferhadija, de noche. The New York Times

Después de 10 horas de tren desde Zagreb, en Croacia, se llega a la capital bosnia. Bastante tiempo para un trayecto de 400 kilómetros. Para situarse por primera vez en Sarajevo, lo mejor es seguir el camino del río Miljacka y pasar por los numerosos puentes de la ciudad, incluidos los cinco arcos de piedra del puente Latino, junto al que el joven Gavrilo Princip mató de un disparo al archiduque de Austria y heredero al trono austrohúngaro Francisco Fernando y a su mujer, la duquesa de Hohenberg Sofía Chotek. Un hecho que dio origen, en 1914, a la I Guerra Mundial.

Por la tarde, el muecín llama a la oración, su voz melosa retumba desde todos los minaretes visibles en el horizonte. Enseguida se une un profundo tañido de campanas: una boda ortodoxa. Es el collage sonoro de una ciudad que lleva siglos construyéndose sobre los principios de la coexistencia, una ciudad en la que se puede encontrar una mezquita, una iglesia católica, una iglesia ortodoxa y una sinagoga en un radio de 300 metros.

Echaba de menos a esas 11.000 personas. Es difícil cuantificar ese número, pero la ciudad siente su ausencia

Esta mezcla cultural se produce sobre el espectacular telón de fondo de las montañas alpinas que rodean Sarajevo por tres lados y sostienen en su mano este delicado cordón urbano. Su proximidad y su altura son sobrecogedoras. Son las mismas montañas que albergaron los Juegos Olímpicos de Invierno en 1984, la gloriosa puesta de largo de Sarajevo ante el mundo, un momento de apogeo que aún mencionan casi todos en la ciudad. Las mismas montañas que, ocho años más tarde, permitieron que el Ejército serbobosnio rodeara la urbe y torturara a su población durante 44 meses, arrojando una media de 300 proyectiles al día y matando a más de 11.000 personas, según el Centro de Investigación y Documentación. La topografía de Sarajevo, origen de su increíble belleza, fue también su gran maldición.

“Estas montañas, en las que jugaba cuando era niño, se convirtieron en un lugar de muerte”, relata Nihad Kreševljaković en lo alto de uno de los rascacielos de la ciudad. Él es el director artístico del Teatro de Guerra de Sarajevo, que se fundó durante el sitio y hoy representa obras bosnias contemporáneas. Me señala el monte Trebević, al otro lado del valle, que acogió las pruebas de bobsleigh durante los Juegos y varias posiciones de artillería pesada durante la guerra. “Empezamos a mirarlo de una manera totalmente distinta. Aprendimos qué puntos eran los más peligrosos, desde qué ángulo nos podían ver los francotiradores”.

En las calles de Sarajevo, las cicatrices causadas por las bombas en el cemento fueron rellenadas con resina de color rojo. ver fotogalería
En las calles de Sarajevo, las cicatrices causadas por las bombas en el cemento fueron rellenadas con resina de color rojo. The New York Times

Le pregunto por qué se había molestado la gente en poner en marcha un teatro en pleno asedio, cuando faltaban tantos productos de primera necesidad. “Durante la guerra tuvimos la prueba empírica de que el arte y la cultura son tan importantes como el agua y la comida”, explica. “Los teatros estaban llenos de gente. Los espectadores arriesgaban sus vidas por ir a ver los espectáculos. Sabían que podían matarlos y aun así iban”.

En la primera noche en la ciudad me topé con el esqueleto de lo que había sido un edificio grandioso. En ruinas, con las ventanas tapadas con tablones, las almenas derrumbadas y las paredes manchadas de hollín, albergaba en su interior una exposición. Más tarde me enteraría de que el edificio era la famosa ­Vijećnica, el ayuntamiento, una construcción pseudomorisca símbolo del cruce de culturas de la ciudad. Tras la II Guerra Mundial, la ­Vijećnica se convirtió en la Biblioteca Nacional y Universitaria de Bosnia-Herzegovina, una medida que sellaría su destino: el 25 de agosto de 1992, justo antes de la medianoche, el Ejército serbobosnio atacó la biblioteca con bombas incendiarias dentro de una estrategia global para acabar con el legado cultural de los musulmanes bosnios.

No me gustaría pasar por aquello jamás. Pero durante el sitio sacamos lo mejor de nosotros mismos como ciudadanos

El edificio ardió durante tres días. A pesar de los esfuerzos de los bomberos, que además de las llamas tuvieron que superar la poca presión del agua y los disparos persistentes de los francotiradores, se perdieron más de un millón de libros. Semanas después, todavía podían verse flotando por la ciudad páginas hechas ceniza, palabras olvidadas que llovían sobre una población desconsolada.

La exposición en las ruinas de la Vijećnica es una retrospectiva del difunto artista croata Edo Murtić, con su ciclo inédito Viva la muerte, en la que pueden verse enormes lienzos en blanco y negro de esqueletos de oficiales del ejército con las costillas decoradas de medallas y los brazos levantados en saludo fascista.

El arte es espectacular, pero el escenario todavía más. Para ver la obra de Murtić, su lamento por los horrores de la humanidad, hay que atravesar una catedral de esos horrores, montones de escombros, paredes descascarilladas; al pasar la mano por una de ellas, sale negra y con el olor de los miles de libros ­desaparecidos. Los huesos de la Vijećnica gritan ante nuestra asombrosa capacidad de violencia, pero también ante nuestra capacidad de perseverar y exhibir un arte que alimenta, sana, recuerda y reescribe. De allí se sale confundido, con los ojos llenos de lágrimas, cautivado sin remedio por la resistencia de una estructura erigida y derribada por el ser humano, una estructura que ha logrado volver a alzarse más fuerte que nunca.

Academia de Bellas Artes, desde el puente de Festina Lente, el último en construirse entre las dos orillas del río Miljacka. ver fotogalería
Academia de Bellas Artes, desde el puente de Festina Lente, el último en construirse entre las dos orillas del río Miljacka. The New York Times

Tras muchos retrasos, la restauración de la Vijećnica se completó por fin en 2014. Ahora el resultado conmueve, aunque de forma distinta que años atrás. Cientos de trabajadores se han esforzado de manera inimaginable para reproducir hasta el más nimio detalle del diseño original, incluso el color de la pintura usada cuando lo construyeron, en 1896. Está pintado todo el interior –que culmina en el inmenso atrio, enmarcado por dos pisos de columnatas hexagonales– de colores llamativos como bermellón, azul celeste y oro. Solo la pintura ha supuesto dos años de trabajo. Es como encontrarse con un viejo amigo al que ya no se reconoce.

No es frecuente ver esa devoción por la historia, pero entrar en la nueva Vijećnica es como hacerlo en un lugar que está a la vez ahora y entonces, un lugar en el que todos los pasados posibles se funden en el presente.

La espectacular restauración de la Vijećnica suscita preguntas fundamentales sobre qué debe hacerse en una ciudad después de una guerra devastadora. ¿Qué reconstruir? ¿Qué conservar? ¿Y qué principios deben regir las nuevas construcciones? Son muchas las personas en Sarajevo y en Bosnia que aseguran que les habría gustado que se hubieran dejado más edificios en ruinas tras la guerra, congelados como una especie de monumentos silenciosos. Cuando se camina hoy por las calles de la capital, es cada vez más difícil ver huellas del asedio: hace mucho que se cubrieron las fachadas que estaban llenas de orificios de bala, y muchas de las famosas rosas de Sarajevo –los cráteres de mortero llenos de resina roja, en recuerdo de quienes murieron en cada explosión– son cada vez más escasas, a medida que se reparan calles y aceras.

La ciudad, como sus residentes, sigue viviendo poco a poco. Cuando se pregunta a la población qué edificios deberían haberse conservado, no es fácil que se pongan de acuerdo. Aunque Sarajevo no es grande, poco más de 400.000 habitantes, sus limitaciones geográficas hacen que el centro esté abarrotado, y los edificios son demasiado valiosos para sacrificarlos.

Para una generación de bosnios, la capital, Sarajevo, es una ciudad que siempre han vivido en tiempos de paz. En la imagen, la calle Ferhadija. ver fotogalería
Para una generación de bosnios, la capital, Sarajevo, es una ciudad que siempre han vivido en tiempos de paz. En la imagen, la calle Ferhadija. The New York Times

El mejor proyecto de memorial hasta la fecha ha sido tal vez el de La línea roja de Sarajevo, organizado el 6 de abril de 2012 para conmemorar el 20º aniversario del sitio. Concebida por Haris Pašović, un conocido director, la instalación consistió en 11.541 sillas rojas vacías, una por cada ciudadano fallecido en la guerra. Los asientos estaban dispuestos en 825 filas y se extendían 800 metros por la calle del Mariscal Tito. De ellas, 643 eran pequeñas, de tamaño infantil.

“Echaba de menos a esas 11.000 personas”, explica Pašović en su oficina. “Es difícil cuantificar ese número, pero la ciudad siente su ausencia”. ¿Por qué sillas? “Trabajo en el teatro, de modo que siempre tengo delante unas sillas vacías. Representan una presencia futura. No son nunca simples sillas. Algún día volverán a estar ocupadas”. Pašović sabe lo trascendente que es el poder del arte para expresar lo inexplicable, porque hizo un famoso montaje de Esperando a Godot, dirigido por Susan Sontag, durante el sitio de Sarajevo. La obra de Beckett capturaba a la perfección el trauma de esperar día tras día a que una comunidad internacional apática interviniera en una situación que se había convertido en una especie de purgatorio surrealista.

Pašović tiene una gran fotografía enmarcada de La línea roja en la pared de su despacho. “Cuando uno veía cuántas sillas había, qué larga era la fila, era casi insoportable”, rememora. “La gente lloraba. Iban de un lado a otro y escogían una silla, que se convertía en el recuerdo, la ausencia, de algún ser querido. Dejaban flores o un mensaje, y al acabar el día todas las sillas tenían algo. Y entonces lo desmontamos”.

La línea roja de Sarajevo no estuvo en pie más que un día, y quizá esa fugacidad en el recuerdo de algo tan eterno contribuyó a que tuviera un impacto emocional duradero. Pero la ciudad ha tenido dificultades para repetir una visión singular similar en proyectos cívicos más permanentes. Muchas personas creen que la estructura disfuncional del Gobierno de Bosnia es seguramente el mayor obstáculo a la hora de establecer un plan urbano dinámico para el futuro de Sarajevo.

El Gobierno de Bosnia se creó a toda prisa y de la nada en Ohio en 1995, como consecuencia de los Acuerdos de Paz de Dayton que pusieron fin a la guerra. Para aplacar a todas las partes, los negociadores dividieron el país siguiendo criterios étnicos. Por un lado quedó la República Srpska, compuesta fundamentalmente por serbobosnios, y por otro, la Federación de Bosnia-Herzegovina, formada sobre todo por bosnios musulmanes y croatas. La presidencia de Bosnia se convirtió en un órgano tripartito con una presidencia rotatoria de los tres grupos étnicos.

Este arreglo constitucional tan infrecuente debía ser provisional, una medida necesaria para poner fin a años de violencia, pero desde entonces la inflada burocracia se ha plasmado en un Gobierno tremendamente ineficaz y corrupto. La guerra ideológica permanente entre las tres facciones ha asfixiado la innovación y ha impedido cualquier tipo de estrategia global para la remodelación de la ciudad, empezando por una identidad urbana cohesionada que permita atraer turistas internacionales. Aun así, los visitantes siguen llegando, cada vez en más cantidad. Según un estudio del Gobierno, entre 2014 y 2015 el turismo creció un 25% en Sarajevo.

Las disfunciones de la Administración quedaron especialmente de relieve cuando se cerró el Museo Nacional de Bosnia-Herzegovina en 2012 debido a la falta de apoyo gubernamental. El museo alberga una colección de primera categoría de artefactos procedentes de la región; entre ellos, la famosa Hagadá de Sarajevo, uno de los manuscritos judíos sefardíes más antiguos e importantes del mundo. Resulta irónico que el Museo Nacional, instalado en cuatro pabellones neorrenacentistas construidos en 1888, sobreviviera en gran parte a los bombardeos durante el sitio y terminara cerrado en tiempo de paz por culpa de un Gobierno indiferente. Por suerte, acaba de reabrir recientemente, después de obtener financiación de distintos organismos públicos.

El puente Latino fue escenario de un hecho histórico en 1914, el asesinato del archiduque Francisco Fernando y su mujer, acontecimiento que dio origen a la I Guerra Mundial. ver fotogalería
El puente Latino fue escenario de un hecho histórico en 1914, el asesinato del archiduque Francisco Fernando y su mujer, acontecimiento que dio origen a la I Guerra Mundial. The New York Times

El Museo Nacional está en un barrio fascinante llamado Marijin Dvor, que marca la transición de la vieja ciudad de Sarajevo, en el este, a la parte nueva, en el oeste, y es un encuentro de edificios del pasado y el presente, una fotografía de la desarticulada ciudad actual, con dos de los elegantes pero anónimos centros comerciales nuevos; la aberrante construcción al estilo Lego que es el hotel Holiday Inn, donde se alojaban los periodistas durante el sitio; el Parlamento bosnio (reconstruido con dinero de Noruega); la fortaleza de la nueva Embajada de Estados Unidos, que ocupa una manzana entera, y el Museo de Historia (antes Museo de la Revolución), un elegante y moderno edificio de 1958 que parece un cubo blanco flotando sobre una plataforma de cristal y que para muchos arquitectos locales es el más bello de todo Sarajevo.

Detrás del Museo de Historia, en las orillas arboladas del Miljacka, está el café Tito, un establecimiento alegremente nostálgico al que los sarajeveses modernos van a tomar café mientras sus hijos juegan sobre una colección de viejos y oxidados carros de combate y jeeps partisanos de la II Guerra Mundial. El mariscal Tito vuelve a estar de moda, aunque su visión de la solidaridad fraternal (hubo un tiempo en el que el 20% de los habitantes de la ciudad, crisol de culturas donde los haya, decían ser de etnia yugoslava) parece un sueño lejano.

El Museo de Historia alberga la única exposición permanente de la vida en la ciudad durante el sitio, con gran cantidad de ingeniosas herramientas improvisadas –como una linterna hecha con el faro de una bicicleta– donadas por los ciudadanos. El museo resiste gracias a los esfuerzos sobrehumanos de su optimista directora, Elma Hašimbegović. “Somos idealistas y funcionamos como un museo real a pesar de no tener presupuesto”, dice. “Dependemos de las donaciones de varias fuentes internacionales. Encontramos buenas personas que creen en lo que hacemos”.

Los visionarios como Elma Hašimbegović y el creador de La línea roja, Haris Pašović, parecen encarnar la clave del futuro de Sarajevo. La persistencia y el ingenio individuales son lo que está transformando la ciudad y toda Bosnia-Herzegovina. Esa misma persistencia y ese mismo ingenio que les permitió continuar con su vida cotidiana durante la guerra, con poco o nada de electricidad, agua, calefacción, comida; arriesgar la vida para ir al teatro en salas iluminadas por velas o al cine con proyecciones hechas a mano; doblarse y adaptarse, pero nunca romperse. Esa misma persistencia y ese mismo ingenio son lo que da hoy a la ciudad su aire de optimista supervivencia.

Pero existe también una nueva generación de jóvenes sarajeveses, nacidos durante la guerra o después de ella, que creen en sí mismos. Creen que Sarajevo es suya y están moldeando la ciudad no lastrados por la historia, sino inspirados por ella.

Uno de los ejemplos más claros se ve en el puente peatonal de Festina Lente, terminado en 2012 y que cruza el río Miljacka justo enfrente de la Academia de Bellas Artes, la principal institución educativa de la región, situada en una iglesia evangélica reconvertida. El puente lo diseñaron tres alumnos de la academia. A pesar de su juventud, el diseño, un plano de aluminio y acero rematado en un bucle que desafía la gravedad, ganó un concurso internacional con más de 40 aspirantes.

“El puente es un puente, pero, en pura tradición bosnia, es además una puerta que hay que atravesar”, explica Bojan Kanlić, uno de los diseñadores, de 29 años. Como la academia ocupa una antigua iglesia, Kanlić y sus socios quisieron jugar con los conceptos de espiritualidad y secularismo, con la capacidad del artista de transformar una ciudad y una sociedad. Kanlić dice que, cuando se completó el puente, muchos rechazaron su aire innovador, pero que en el breve periodo transcurrido desde entonces se ha convertido en un símbolo valioso de la nueva Sarajevo.

En las tardes cálidas se junta una mezcla de estudiantes, turistas y jubilados que pasan el rato dentro de su puerta de forma helicoidal. Festina lente quiere decir “apresúrate lentamente”, una paradoja que parece captar esa mentalidad peculiar de Sarajevo que une la intensidad con un ritmo tranquilo. “Aquí no tenemos dinero, pero tenemos mucho tiempo”, justifica Kanlić. “Así que bebemos mucho café y hablamos sobre todo lo que queremos hacer”.

Este verano, la gente paseaba tranquila por la Ferhadija, un escenario muy distinto al del sitio. Veinte años después del final del mismo, la visión sobre el futuro de Sarajevo es optimista. La ciudad está descubriendo poco a poco cómo presentar su versión particular de festina lente al mundo. A pesar de la riqueza de su historia, este es un relato que está escribiéndose en tiempo presente.

Existe un lugar allí, en la Ferhadija, justo donde los vértices de la sección austrohúngara dejan paso a los bajos callejones del Baščaršija otomano, en el que una organización no gubernamental ha colocado una rosa de los vientos en el suelo acompañada de esta leyenda: “Sarajevo Encuentro entre Culturas”. A los visitantes se les anima a hacerse fotografías mirando al este y al oeste, y luego a girar una flecha que les señala qué dirección tomar a continuación. Es uno de esos trucos turísticos que pueden parecer muy manidos en las pateadas ciudades de Europa Occidental, pero sin embargo en Sarajevo, en la ciudad donde se puede decir que empezó y terminó el siglo XX, donde el disparo de Gavrilo Princip detonó la I Guerra Mundial y donde otro conflicto, el yugoslavo, destapó las vergüenzas de Europa, es una señal, el primer verso de un poema aún por escribir. La flecha envía, de este a oeste y de oeste a este, de las incertidumbres del pasado a las promesas abiertas del futuro P

Reif Larsen es autor de las novelas ‘Las obras escogidas de T. S. Spivet’ y ‘I Am Radar’.

© 2015 The New York Times Company.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

Más información