Análisis

El tiempo detenido en un trazo

El autor recorre los siglos dorados de la caligrafía y la escritura en España

'La señora del caballo', decorada con caligrafías de Gaspar Tomás Martínez en 1700.
'La señora del caballo', decorada con caligrafías de Gaspar Tomás Martínez en 1700.

Hacia 1500, las formas tardogóticas y renacentistas convivieron pacíficamente en una época brillantísima para la historia de la escritura, tanto a mano como mecánica (la imprenta llevaba apenas 40 años de exitosa expansión internacional). El incipiente Estado moderno se asentó en una potente Administración de base burocrática en la que la escritura del despacho consumió cantidades ingentes de tinta y papel. Por fuerza, la habilidad caligráfica de secretarios, escribanos y pendolistas encontraba un cauce natural para mostrar su oficio en público y en privado. Las rápidas y complejas letras cortesanas utilizadas para documentos oficiales de los Reyes Católicos se hermanaban con otras pausadas, de gran limpieza y legibilidad, como la “rotunda” o “letra de libros” que causó furor desde entonces. Mientras, en Europa se producía una profunda renovación caligráfica. Desde la pujante ciudad de Núremberg, el maestro Johannes Neudörffer, colaborador de Durero, propició una escuela insuperable de calígrafos en una época caracterizada por el extraordinario ambiente gráfico bajo el emperador Maximiliano. Al sur, los Estados italianos y las corrientes caligráficas humanísticas influirían decisivamente: Tagliente, Arrighi, Palatino, Cresci, Francesco Alunno di Ferrara, Griffo, etcétera, rivalizaban por la excelencia de tipos de letra (cancilleresca, bastarda, grifa…) alejados de los reconocibles quebrados de las góticas germánicas (Textura y, sobre todo, Fraktur).

Los ecos de todos ellos llegaban a los territorios hispanos entremezclándose con tradiciones propias. En 1548, Juan de Icíar, durangués afincado en Zaragoza, publicaba su Orthographia pratica, obra cumbre del arte caligráfico; tanto que prácticamente ningún tratado posterior olvidaría ofrecerle rendido homenaje. El quinientos terminaría con valiosas aportaciones como las de Francisco de Lucas y Pedro de Madariaga, definiendo así este primer siglo de oro de la caligrafía hispana, continuado brillantemente durante todo el XVII. Justo entonces, Góngora rivalizaba en arte y vida con Quevedo, generando envidias y acusaciones mutuas; también algunos maestros calígrafos se miraban con desdén, provocando recelos en la búsqueda del virtuosismo absoluto. De esa inquina entre un genial Pedro Díaz Morante y Francisco de Montalvo, agrupados en torno a la madrileña cofradía de San Casiano de maestros de escritura, surgieron obras insuperables. Coetáneos renovadores como Diego Bueno, los Zabala o José de Casanova nos legaban a su vez imprescindibles tratados para “aprender todo género de escrituras con belleza y dedicación”.

La Europa de las Luces, con su insistencia metódica en los fundamentos científicos de las ciencias y las artes, reservó un buen número de modelos, reglas, orientaciones para la rectitud del trazado, la proporción, la manera de ejecutar el ductus, etcétera. Santiago y Palomares, Torío de la Riva o Servidori insistían en ángulos, presiones, corrección de la posición de la mano hasta consolidar la sistematización caligráfica.

Mientras, el siglo XIX propició una interesantísima renovación pedagógica en los modelos de aprendizaje de la lectura y la escritura. La caligrafía en los planes de estudio vivió otro esplendor gracias a numerosos métodos con los que varias generaciones aprenderían a escribir en cartillas y muestrarios venerados hoy por el coleccionista. Las múltiples reediciones de Iturzaeta, Alverá, Chápuli, Ponz o Rufino Blanco fueron indicador evidente del éxito cosechado reforzando el prestigio de la caligrafía hispana. Por cierto, la nómina de calígrafos es, por fuerza, infinitamente superior. Tengan a mano siempre el Diccionario biográfico y bibliográfico de calígrafos españoles, de Cotarelo y Mori, delicioso archivo de anécdotas protagonizadas por aquellos virtuosos y otros casi olvidados.

Diego Navarro Bonilla es licenciado en Biblioteconomía, doctor en Archivística, especialista en caligrafía y comisario de la exposición Caligrafía: trazos que comunican, líneas de emoción en la Biblioteca Nacional.

elpaissemanal@elpais.es

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