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El monje de la mala letra

Examinamos la historia y el futuro de la caligrafía de la mano de Ewan Clayton, un académico que navega entre la sabiduría de los monasterios y Silicon Valley

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a caligrafía surgió en la oscuridad de las cuevas hace al menos 50.000 años. Cuando una de esas formas pintadas en las paredes logró expresar algo concreto para la comunidad surgió el primer signo, y cuando este se unió a otros fue posible la primera lectura. El origen del alfabeto como tal se reduce a un puñado de trazos utilizados para tomar notas de registro por los funcionarios del Imperio Medio de Egipto hacia el año 1850 antes de Cristo. Nuestro propio alfabeto procede de la escritura de los fenicios, que habitaban en ciudades costeras del actual Líbano como Tiro, Beirut, Sidón y la misma Biblos, la principal exportadora de papiro del mundo antiguo y a quien debemos la palabra biblioteca. El siguiente paso fue la fijación en los alfabetos griego y romano de 24 o 26 formas concretas proporcionadas. El secreto de la creación de las letras a partir de ese momento se basó en tener en cuenta las sutiles relaciones entre cada una de esas partes y en aprender a jugar con ellas.

Hoy día, la caligrafía –del griego kalos (bonito) y graphein (escritura)– se acerca a las nuevas disciplinas del diseño, aportándole un alma impensable con otras técnicas gráficas. En su faceta académica, su enseñanza es cada vez más corriente en la Universidad. La Biblioteca Nacional de Madrid dedica en estos días dos exposiciones a esta disciplina: Calígrafos españoles y Caligrafía hoy: del trazo al concepto. Pero si hay alguien que ha buceado en el misterio de las palabras, ese es el británico Ewan Clayton, exmonje en la abadía de ­Worth, asesor de Xerox en California, académico, escritor y director del Centro Internacional de Investigación de la Caligrafía de la Universidad de Sunderland (Reino Unido). Su libro La historia de la escritura, publicado este año por Siruela, es un recorrido primoroso por la evolución del alfabeto.

La vida de Clayton parecía predestinada al arte de la caligrafía. Su experiencia con el aprendizaje de la escritura comenzó con un estrepitoso fracaso infantil. “Cuando tenía 11 o 12 años, mi letra era tan mala que me hicieron repetir un curso en el colegio. Recuerdo cómo lloré cuando mi profesor me dijo que mi f estaba mal escrita. Yo asistía a una pequeña escuela en Ditchling, Sussex. Más tarde, en otra escuela, aprendí la letra itálica, y me gustó. Mi familia me animaba a seguir y me facilitaba libros de caligrafía. Mi abuela me regaló la biografía del padre de la caligrafía moderna, Edward Johnston (ella le había conocido ya que iba a danza escocesa con su esposa), y mi madre me prestó la obra básica de Johnston, Writing & Illuminating & Lettering, y me regaló un set de caligrafías. Empecé a hacerlas para otros niños de la escuela, que me pagaban con caramelos y postales, y en una ocasión escribí, usando una elaborada caligrafía, una cita que decía: ‘La pluma es más poderosa que la espada’. Me pagaron con una postal en 3D de peces tropicales, y entonces me di cuenta de que iba por el buen camino”.

El famoso Writing & Illuminating & Lettering, de Edward Johnston, en el que se recopilaba todo el conocimiento acumulado hasta entonces sobre las letras y la escritura, fue decisivo para Clayton. Su autor es hoy universalmente reconocido por haber sido el tipógrafo elegido en 1916 por el consejo del London Transport para realizar la tipografía del logotipo del metro londinense, que “debía tener la osada sencillez” de la rotulación clásica romana y sin embargo “pertenecer inequívocamente al siglo XX”. Aún subsiste.

Pero la danza escocesa no fue el único nexo de Clayton con su maestro Johnston: sus abuelos vivieron en la colonia campestre para artesanos fundada en 1907 por el maestro tipógrafo Eric Gill, en Ditchling, en los alrededores de Brighton. Esta comunidad semisocialista se había convertido en una influyente colonia de artistas entre los que estuvo el propio Edward Johnston. Sus ocupaciones eran el tallado de inscripciones en piedra, el grabado en madera y diversas tareas tipográficas para prestigiosas editoriales. Por allí apareció muchos años después un Ewan Clayton adolescente dispuesto a aprender a tallar con un cincel sobre roca caliza. Al salir de la universidad, concluyó su formación como calígrafo y se inició en los secretos de la encuadernación. Aprendió a cortar una pluma de ave, a preparar el pergamino y la vitela para escribir, y a hacer libros a partir de una pila de papel, cartón y pegamento, aguja e hilo, y fue cuando tenía veintitantos años cuando sufrió una crisis que le llevó a ingresar en un monasterio. “Siempre había soñado con ser monje. A los 28 años tuve cáncer y empecé a pensar en aquellas cosas que siempre había querido hacer. Cuando me recuperé, me di cuenta de que necesitaba cumplir con esa obsesión. Viví durante 12 años en un monasterio”.

Ewan Clayton, académico y autor del libro 'La historia de la escritura' (Siruela). ampliar foto
Ewan Clayton, académico y autor del libro 'La historia de la escritura' (Siruela).

Podríamos imaginar a Clayton iluminando códices enormes al estilo medieval, pero la cosa no era tan romántica: “Mi trabajo consistía en hacer portadas para los boletines de los actos eclesiásticos, grandes carteles para la Iglesia (normalmente en equipo), diseñar pequeños folletos y logos e incluso rediseñar el cementerio. Aún me ocupo de esculpir las lápidas de los monjes porque mi relación de amistad con esta comunidad continúa invariable”.

Del monasterio saltó a un centro de investigación de alta tecnología; Clayton pasó de la pluma de ave y los libros encuadernados a mano al correo electrónico y el universo digital. A finales de los ochenta fue contratado por la firma Xerox PARC, en Palo Alto (California). “Los científicos de Xerox inventaron mucha de la tecnología actual: el concepto de Windows, la interfaz gráfica de los productos de Apple, el procesador de textos que dio lugar al Word de Microsoft, el lenguaje de descripción de imágenes que se convertiría en el pdf, la impresora láser y la idea de pequeños dispositivos móviles de ordenador. Pero sus directivos no fueron capaces de ver la importancia de todo ello para el futuro. Entendían Xerox como una empresa de fotocopias, así que muchos de los trabajadores abandonaron la compañía. Fue entonces cuando Xerox se dio cuenta de que había cometido un error enorme: habían inventado el futuro, pero se les había escapado de las manos. Comprendieron que habían ligado de forma errónea la identidad de su compañía a una tecnología”. Según Clayton, cuando se desarrolla cualquier tecnología, necesitamos tiempo para saber cómo usarla. Cuando se introdujeron los billetes electrónicos en el metro de Londres, las autoridades contrataron a un grupo de personas para que atravesaran los tornos giratorios durante toda la jornada para que el resto de viajeros pudiera ver cómo funcionaban. “Lo importante del pdf, una de las innovaciones de Adobe, era que permitía tratar los documentos almacenados en un ordenador como si fueran de papel. Esa era la clave”.

Es en Summer Stone, director de tipografía de Adobe en 1984 y personaje mítico en la California de aquellos años, en quien parece recaer el mérito de ser el nexo de unión entre la antigua tradición tipográfica y el ordenador. Stone se aseguró de que se hicieran fuentes tipográficas digitales incorporando también las de antes de la invención de la imprenta y encargó una de inspiración griega, la Lithos; otra inspirada en las letras de la columna de Trajano, la Trajan, y otra de inspiración anglosajona pese a su nombre, la Charlemagne.

La historia de la escritura resume la evolución de la idea que el hombre tiene sobre el acto de leer y escribir. Por ejemplo, en la Grecia clásica, leer era considerado una amenaza para la libertad del ciudadano: la persona que veía las palabras de un texto y empezaba a leerlo era poseído por el espíritu del escritor, al que se prestaba el aliento en una clara manifestación de servidumbre. Tuvo que intervenir Platón para solucionar el enredo. En Fedro argumentaba que lector y escritor eran en realidad compañeros en la búsqueda de la verdad, cómplices en el amor por la sabiduría, y, por tanto, no podía haber esclavitud en la lectura.

En el Imperio Romano, la escritura profesional estaba en manos de los esclavos, aunque la mayoría de los ciudadanos supieran leer y escribir. Un edicto de Diocleciano fijó los precios para los primeros escritores: por cien líneas “con la mejor letra”, el precio máximo era de 25 denarios (frente a los 75 diarios que cobraba un pintor de brocha gorda). Amazon acaba de resucitar ese mismo concepto, el pago al escritor en función del número de líneas leídas por el usuario de una determinada obra

“Podría parecer que el escritor queda de nuevo relegado al papel de mero transcriptor del texto (y este, a su vez, en una simple mercancía vendida por líneas) y no es considerado un artista creativo y original cuya obra va mucho más allá de ese aspecto mecánico. Esta distinción fue uno de los puntos que la ley de copyright denunció a finales del siglo XVIII. El concepto de autor creativo dueño del resultado de su trabajo se convertía en la base de su derecho al texto. Abandonar esta idea podría llevarnos a inesperadas consecuencias para el copy­right”, señala Clayton.

'Voz', de Ewan Clayton. Caligrafía realizada con pulma de ganso y tinta sobre papel. ampliar foto
'Voz', de Ewan Clayton. Caligrafía realizada con pulma de ganso y tinta sobre papel.

El británico identifica el momento exacto de la historia en que se produce el cambio entre la tablilla de cera y el pergamino: el año 85 después de Cristo. En ese momento, el poeta romano Marcial escribía: “Existe un nuevo formato de libro, hecho con hojas de pergamino, que es una novedad. Se puede encontrar en la tienda del liberto Secundino, cerca del templo de la Paz”. Con los siglos, la demanda de libros aumentó, había que economizar recursos y un nuevo invento nacido en China hacia el año 105, que había llegado hasta Bagdad en 709 y a Europa a través de Xàtiva en 1120, comenzaba a hacerse popular: el papel. Sin él, la imprenta no hubiera existido; tampoco la tipografía.

Pero ese papel, que desde Gutenberg se había fabricado con trapos de algodón y lino, fue sustituido al comienzo de la era industrial por uno hecho a base de esparto y pulpa de madera, más barato y químico. Su gran problema es que no resiste el paso del tiempo: con los años se convierte en polvo. Los expertos aseguran que de los dos millones de libros publicados desde 1875 almacenados en la Bibliothèque Nationale de Francia se han perdido 75.000 y otros 580.000 están en alerta roja. En Estados Unidos, 12 millones de títulos insustituibles ya están afectados. “La pérdida puede ser catastrófica”, dice Clayton, “varias generaciones de literatura serán barridas si no se realiza un enorme e inmediato esfuerzo de digitalización”.

Pero, aunque se haga sin tardanza, existirán otros riesgos. “Cada medio de almacenamiento tiene un periodo de vida. La duración del papel ácido es corta, pero también lo es la de la información digital. Muchos documentos de hace 20 años son ilegibles ahora porque tanto el software como el hardware han cambiado y no tenemos los dispositivos que nos permitan leerlos. Hace un tiempo se me acercó una persona que trabajaba en una instalación nuclear donde se estudiaban las diferentes opciones para salvaguardar la documentación en caso de catástrofe. El formato digital no resulta eficaz si no hay corriente eléctrica y estaban contemplando la posibilidad de usar láminas de vitela como alternativa”.

Según Clayton, “a medida que pasa el tiempo tenemos claro que la actividad humana básica es la escritura”, asegura. “No hay que sacrificar las ventajas de la escritura a mano para disfrutar las de la digital. Los educadores cometen un error cuando eliminan la escritura, el que sabe escribir en papel tendrá siempre una ventaja sobre los que solo utilizan el formato digital como vía de comunicación escrita. Los avances técnicos podrían evolucionar a la inversa y no es inconcebible que la escritura a mano sustituya a los teclados como forma de interacción con los ordenadores”. Además, apunta, “algunas de las grandes influencias de la caligrafía proceden de Oriente; de China, India y Japón. Sus sistemas de escritura son tan ricos que el teclado resulta inadecuado. Continuará la presión para avanzar en la investigación en torno a la sensibilidad de las pantallas táctiles, las superficies podrán vibrar para ser sentidas como la seda, la vitela o el papel. Hay potencial para un desarrollo mayor en la escritura. Pero lo más importante es la habilidad del soporte informático para mostrar imágenes en movimiento. La caligrafía es un arte de representación, gestual, que ocurre en tiempo real, y la tecnología digital podría mostrar mucho mejor este proceso”.

elpaissemanal@elpais.es

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