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Las niñas mamá de Hondo Valle

República Dominicana es el tercer país de América Latina con más madres adolescentes Tener un hijo lastra la educación de estas progenitoras prematuras

Lourdes (16 años) y su primer bebé. Ampliar foto
Lourdes (16 años) y su primer bebé.

En Hondo Valle las casas son todas iguales: pequeñas, chatas, tejados de metal, una o dos habitaciones. La carretera asfaltada más próxima está a 70 kilómetros de distancia. Para llegar hay que recorrer una larguísima pista forestal, repleta de baches, que asciende y desciende vertiginosa a través de montañas con más de dos mil metros de altitud. En ocasiones, cuando llueve fuerte, es imposible circular. Los todoterrenos y las motocicletas se vuelven inservibles en el barro. Entonces solamente se puede acceder a la aldea caminando ―o utilizando una mula―. En Hondo Valle no se escuchan los ruidos de motores. En Hondo Valle hay un río, el murmullo del río, gallinas, una familia que come arroz delante de su casa, perros muy delgados que se acercan, una vaca en mitad del camino como si dijera "este lugar es mío", dos mulas que no dicen ni parecen decir nada.

Hondo Valle es una de las 11 comunidades rurales que conforman la Cuenca Alta del Río San Juan, en el oeste de la República Dominicana, provincia de San Juan de la Maguana. Aquí viven más de mil familias. Envueltas entre montañas, sus casas parecen esconderse con timidez del resto del mundo. Sin carreteras asfaltadas, sin agua corriente, sin hospitales.

Angelina dice que todavía estudia en la escuela. Una vez por semana acude a la comunidad de La Ciénaga ―dos horas caminando, aproximadamente― para recibir clases.

―¿Y qué haces durante el resto de los días?

―Hago los oficios: fregar, cocinar, trapear...

―¿Ayudas a tu madre?

―No, yo tengo un esposo...

Angelina sostiene un bebé regordete, desnudo. El bebé está a punto de cumplir un año; ella, la mamá, tiene 16.

El 25% de las mujeres dominicanas han sido madres antes de cumplir los 20 años, aseguran UNICEF y Plan Internacional. República Dominicana es el tercer país de América Latina y el Caribe con mayor porcentaje de madres adolescentes. Y, en las zonas rurales, la relación es todavía mayor. Un informe elaborado por Adrian Ávila, miembro del Cuerpo de Paz estadounidense, reveló que en las comunidades de la Cuenca Alta del Río San Juan más de la mitad de las mujeres tuvieron su primer hijo durante la adolescencia ―con 14, 15 o 16 años―.

―¿Quién es tu mejor amiga?

―Mi suegra...

―¿No tienes amigas de tu edad?

―Yo no tengo amigas. Las amigas te pueden meter en el mal camino. Algunas andan por ahí con un novio y un marido al mismo tiempo, y yo no quiero eso. Yo sólo quiero estar con mi marido.

―Pero antes de casarte supongo que sí tenías amigas...

―Sí, pero se mudaron. Ellas se casaron por ahí arriba y se fueron de aquí.

―¿Y no te sientes sola, de vez en cuando?

―Mi marido casi nunca está en casa. Siempre está trabajando en la loma. Algunas noches él se va a otros sitios para beber. Y yo me quedo muy solita. Yo hasta a veces lloro y de to'. No me gusta vivir así... A veces digo que me voy pa' mi casa, con mi mamá. Pero luego pienso que tengo que quedarme tranquila aquí con el niño... ―dice una mamá de 14; la mirada clavada en su bebé.

Embarazos perdidos

En la Cuenca Alta del Río San Juan, al menos uno de cada 10 embarazos se pierden. Las complicaciones que encuentran las mujeres son numerosas, y los médicos nunca están cerca. El único centro de salud de la zona ―una pequeña clínica: dos habitaciones, dos camas, pocos medicamentos― se encuentra en Hondo Valle. Lo construyó una empresa minera durante el año 2012. Pero los casos más difíciles ―la mayoría de los partos también― deben tratarse en la capital de la provincia, San Juan de la Maguana, a más de 100 kilómetros.

"Las niñas menores de 15 años tienen cinco veces más probabilidades de morir durante el embarazo que las mujeres mayores de 20 años", reza un informe de Según UNICEF". En el año 2012 la tasa de mortalidad materna en la República Dominicana era de 106 por cada 100.000 nacidos vivos, un porcentaje muy elevado. El promedio de los países de América Latina y el Caribe es de 80 por cada 100.000 nacidos vivos. En España, 4,3 por cada 100.000.

En el año 2000, el Gobierno de República Dominicana se comprometió a disminuir exponencialmente la tasa de mortalidad materna para finales de 2015. Es uno de los Objetivos de Desarrollo del Milenio que se diseñaron junto al PNUD. Sin embargo, la meta ―46,9 por cada 100.000 nacidos vivos― todavía está muy lejos de cumplirse.

Mileidi

Los tablones de madera desiguales, el interior tan oscuro: apenas unos rayos de luz que se cuelan entre las rendijas, algunos agujeritos, el hueco por donde el humo escapa. Una olla metálica, una pequeña hoguera, los troncos ya medio calcinados. Las paredes y el tejado tiznados por el hollín de miles y miles de desayunos, de comidas, de cenas.

―Tengo que darme prisa ―dice Mileidi―. Si no pongo el arroz en el agua, no estará listo para cuando venga Vidal. Son las seis de la mañana y Mileidi se apresura en el interior de su diminuta cocina. Su marido ―Vidal de la Cruz, 53 años, agricultor― está trabajando en un campo cercano. Dentro de unas horas, regresará montado en una mula para recoger el almuerzo.

La familia de Vidal y Mileidi, en El Ingenito. De izquierda a derecha, Wirquin, Carlos, Fernando, Melanie, Mileidi, Vidal y Massiel. ampliar foto
La familia de Vidal y Mileidi, en El Ingenito. De izquierda a derecha, Wirquin, Carlos, Fernando, Melanie, Mileidi, Vidal y Massiel.

Mileidi nació en La Lima hace 46 años. A los 17 se enamoró de un hombre y, poco tiempo después, éste se convirtió en su marido. Comenzaron a vivir juntos. Ambos construyeron una pequeña casa en El Ingenito. Lentamente fueron ampliándola y mejorándola: tres habitaciones con el piso de tierra, las paredes de cemento gris, tejado de metal; un salón con un sofá muy nuevo, televisor en una de las esquinas, reproductor de deuvedés; la cocina, una habitación separada. Ahora quieren comprar un frigorífico. Así conservarían mejor algunas comidas, y podrían enfriar el agua sin comprar hielos en el colmado. Sus hijos ―dos de ellos están trabajando en Santo Domingo, la capital del país― han prometido que tratarán de ayudarles.

Su verdadero nombre es Eugenia Encarnación del Rosario. Pero todos la conocen como Mileidi. Es una mujer bajita, muy delgada, unos ojos que parecen grandes en su cara de puro hueso, arrugas en la frente, en las mejillas. Cada vez que habla sobre su edad, suele explicar que parece más viejita "porque antes era muy enfermosa". Y porque sacar adelante a sus siete hijos le ha costado demasiados esfuerzos. Mileidi lleva toda una vida trabajando. Sin parar:

―Mi mamá no podía fregar, lavar la ropa o preparar los víveres. Si hacía todo eso, le salía como una alergia en la mano. Ella siempre estaba muy enferma. Así que comencé a ayudarla cuando era muy pequeñita. Tenía tantas cosas pendientes que casi no podía estudiar.

Mileidi tenía seis años y estudiaba en el segundo curso. Fue entonces cuando decidió abandonar la escuela. Hasta ese momento, había demostrado ser una niña muy inteligente. Ya sabía escribir su nombre y reconocía la mayoría de las letras. También era excelente en matemáticas. Pero con el paso del tiempo olvidó casi todo lo que había aprendido. En las comunidades rurales de la Cuenca Alta del Río San Juan, la historia de Mileidi no resulta demasiado original: aquí, alrededor del 80% de la población mayor de 14 años es analfabeta. Más de la mitad de los adultos de estas comunidades nunca fueron a la escuela.

Vergüenza a ir al colegio

En la República Dominicana, la educación primaria y obligatoria tiene una duración total de ocho cursos. Sin embargo, las pequeñas escuelas de la zona sólo enseñan hasta el quinto. No tienen suficientes medios ―profesores, aulas, material didáctico― para más.

Desde el año 2012 Cristian Quezada, de la ONG local Fundasep dirige un colegio-internado donde los jóvenes pueden completar sus estudios en el marco de un proyecto educativo de esta organización para evitar la deserción escolar. El centro está entre las comunidades de La Ciénaga y La Higuera. Reciben clases, comen y duermen todos juntos de lunes a viernes. Pero a pesar de estos esfuerzos, muchos continúan quedándose en casa. Los niños comienzan a trabajar en el campo, con sus papás; las niñas contraen matrimonio, tienen bebés.

El dormitorio es chiquito; la luz, gastada. Hace calor ―35 grados― y la puerta está abierta para dejar entrar la brisa de la tarde. Lourdes ―piel muy morena, pantalones cortos, camiseta rosa, una redecilla en el pelo― dice que dejó el colegio cuando tenía 12 años:

Maurelis (en primer plano), una de las aulas del Centro Educativo-Vocacional Aventura. El Centro es un proyecto de una ONG local para reducir la altísima deserción escolar de los adolescentes en la zona. ampliar foto
Maurelis (en primer plano), una de las aulas del Centro Educativo-Vocacional Aventura. El Centro es un proyecto de una ONG local para reducir la altísima deserción escolar de los adolescentes en la zona.

―Me daba vergüenza seguir estudiando después de casarme.

―¿Te daba vergüenza...? ¿Por qué?

―Porque me daba vergüenza... No me gustaba que me vieran estudiando ―dice, ahora más flojito.

―No consigo entenderlo. ¿Qué te decía la gente?

―No es eso. La gente no decía nada, pero yo tenía miedo de que lo hicieran.

―¿Qué podían decirte, entonces?

―Bueno, a mí no me gustaba que me viesen como una niña pequeña que va al colegio...

Lourdes había conocido a un chico un año antes. Vivieron juntos, en la misma casa, durante algún tiempo. Pero apenas duraron: él la trataba mal. Lourdes dice que era demasiado celoso: ni siquiera la dejaba ir a ver a su mamá y sus hermanos.

Lourdes lo pasaba mal, lloraba a menudo. Se arrepintió de haber aceptado la compañía de aquel hombre. Poco después conoció a Carlos, su actual marido. Él acudía con frecuencia a su casa, decía que la quería mucho, que iba a comprarle muchas cosas. Y Lourdes se enamoró de nuevo.

―Yo quería tener un hijo, pero no me quedaba embarazada. Todos me decían que era demasiado flaca...

―Claro, es que entonces sólo tenías 12 añitos...

―No. Cuando me casé con Carlos yo ya tenía 13.

Lourdes tiene la carita redonda, los labios gruesos, unos ojos grandes y oscuros. Acaba de dar a luz a su primer hijo, con tan sólo 16 años:

―Yo vomitaba, me encontraba mal. No sabía qué ocurría hasta que fui al hospital. Allí un médico me dijo "estás embarazada". Y me puse muy contenta. Hasta entonces creía que no iba a poder tener un bebé con Carlos. Pensaba que él me iba a dejar por otra mujer...

Alrededor del 80% de la población mayor de 14 años es analfabeta

Lourdes está muy enamorada de Carlos aunque, en ocasiones, se pelean. Carlos tiene 27 años ―es 11 mayor que ella― y un terreno donde cultiva guandules y habichuelas. En la Cuenca Alta del Río San Juan casi todos son agricultores, es difícil hallar otras salidas. Carlos completó un curso sobre electricidad, pero todavía no ha encontrado ningún trabajo relacionado.

―¿Sentiste miedo cuando supiste que estabas embarazada?

―No ―responde Lourdes―. Yo sólo estaba muy contenta. Muy contenta...

Unos días antes de dar a luz, Lourdes acudió al hospital de San Juan de la Maguana. El centro se encontraba a más de 40 kilómetros de su casa, en El Ingenito. Viajó en una guagua, una de esas furgonetas de tránsito de pasajeros destartaladas que realizan diversos recorridos a cambio de unos pocos pesos. Tan sólo le acompañó su madre. Su marido y los demás esperaron en las comunidades.

Manuel, su hijito, ya ha cumplido los tres meses y es un bebé precioso.