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La mirada de Jessica Lange

Debutó en el cine hace casi cuarenta años. Incendió la pantalla en ‘El cartero siempre llama dos veces’ y se convirtió en el exponente de la bohemia del Nuevo Hollywood

Ganó el Oscar en dos ocasiones, y fue tomando fotografías que mantenía en secreto. Una exposición en Barcelona ha sacado a la luz 134 de esas imágenes íntimas y costumbristas

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Jessica Lange.

Jessica Lange esconde con frecuencia su cara con las manos y el pelo, un gesto entre retraído e inquieto que resulta familiar para cualquiera que haya seguido los pasos de esta actriz que debutó en 1976 con King Kong. ¿Quién no se enamoró de aquella chica rubia que hacía sensuales equilibrios entre los dedos del gorila gigante? ¿Qué mujer no quiso parecerse a ella? Su King Kong, la más denostada, pero también la más sexual de las tres versiones, fue solo el principio de una carrera que explotó sobre la mesa de una cocina en el remake de Bob Rafelson de El cartero siempre llama dos veces (1981), en la que Jack Nicholson y ella interpretaron un coito que marcó época.

Han pasado muchos años, muchas películas y personajes, una carrera reconocida por la industria y la crítica, tres parejas de larga duración, otros tantos hijos y varios nietos. La actriz acaba de cumplir 66 años, pero el gesto de las manos y el pelo sobre la cara es el mismo. Una serie, American Horror Story, la ha convertido en un rostro familiar –y adorado– por jóvenes que saben poco de su trayectoria, pero que han descubierto en ella a una actriz poderosa, capaz de mudar de piel cada temporada. Firmó por un año, pero se quedó cuatro. Como ha apuntado la crítica de televisión de The New York Times Alessandra Stanley, las estrellas de cine que se encaminan a las series lo hacen como los aristócratas europeos que emigraban a Estados Unidos tras la II Guerra Mundial: “Hay tantas oportunidades en el nuevo mundo y quedan tan pocas en casa”. Sin embargo, Lange (Cloquet, Minnesota, 1949) vive esta renovada popularidad con incomodidad. En diciembre decidió abandonar –en pleno éxito– el barco. No le gusta la fama, y mucho menos en estos tiempos, cuando las nuevas tecnologías han derribado las barreras de la privacidad. Ella querría ser invisible. Y, con la terquedad propia del Medio Oeste estadounidense en el que creció, no renuncia a conseguirlo.

En abril pasó tres días en Barcelona para promocionar su trabajo como fotógrafa, 134 imágenes en blanco y negro que se han expuesto hasta el 28 de junio en el Centro de Arte Santa Mónica bajo el título de Unseen [no visto]. Durante tres largas jornadas, la actriz demostró su fobia por cualquier cámara que no sea la suya. Accedió a una sesión de fotos, aunque estuvo a punto de cancelarla, y no le importó que una periodista la acompañase en sus ratos libres. Se mostró como alguien amable y familiar, sin darse demasiada importancia ni mostrar especial desconfianza, siempre observadora.

Trabajó duro junto a la comisaria de la exposición, Anne Morin, directora de diChroma Photography y su valedora en el mundo de la fotografía. Una conferencia de prensa, una hora de firma de libros, un paseo por la feria Arts Libris, una tarde dedicada a breves entrevistas, una mesa redonda. Estaba cansada la mañana de la sesión con Manuel Outumuro, quien la noche anterior había ofrecido un cóctel en su estudio al que la actriz asistió cumplidora, pero con cierta desgana. Había dormido poco y mal. Un burro de ropa provocó el momento de mayor tensión. Fuera estampados, fuera tendencias, “esto no es un editorial de moda”, zanjó.

Al principio solo quería retratar a mis hijos, pero no para un álbum familiar”

Al final se relajó, pero nada, explicó luego, le cuesta tanto trabajo como posar. ¿Fue siempre así? “Casi siempre. Aunque al principio era divertido, era una novedad y me gustaba más. Hace ya mucho tiempo que mi cara dejó de interesarme. No me cuesta posar si estoy caracterizada de un personaje. Pero si soy yo la que está delante de la cámara no disfruto. Y ahora, con los móviles, es todo una locura, me resulta invasivo y violento, y no puedo entender que no se respete algo tan fundamental. Tampoco comparto la relación que se ha establecido con la moda, los Oscar se han vuelto un disparate que nada tiene que ver con las películas. Antes era tan diferente… Te las apañabas como podías. A veces te llamaban y te ofrecían un vestido, y, bueno, con tal de no ir de compras, parecía una buena idea. Pero en 10 años se ha llegado a unos extremos delirantes. ¿Qué sentido tiene lucir unas joyas que no son tuyas y que encima, como valen millones, te obligan a pasar la noche pegada a un vigilante? Me resulta ridículo e indecente. Me niego a ser un anuncio de nadie, que es de lo que ahora se trata”.

Frente a la legión de clónicos soldados de la alfombra roja, Jessica Lange representa un mundo perdido, el del bohemio e independiente Nuevo Hollywood que retrató Peter Biskind en Moteros tranquilos, toros salvajes. Después de su debut con King Kong (rodaje del que no guarda buen recuerdo) pasó sus horas más bajas. Combatió las dudas con clases de interpretación, hasta que en 1979 volvió tímidamente a la pantalla con All That Jazz. Ella era el ángel de la muerte en el autodestructivo imaginario del cineasta y coreógrafo Bob Fosse. A partir de entonces no dejaría de rodar. Ganó el Oscar dos veces: en 1982, como mejor intérprete de reparto por Tootsie, de Sydney Pollack, y en 1995, como mejor actriz por Las cosas que nunca mueren. Y entre una y otra dejó trabajos tan excepcionales como el de La caja de música (1989), drama político de Costa Gavras donde Lange, en la piel de una abogada que se enfrenta al oscuro pasado político de su adorado padre, estaba a la altura de su progenitor en la pantalla, el enorme Armin Mueller-Stahl.

Aquellos también fueron los mejores tiempos al lado de su tercer compañero, el escritor Sam Shepard, al que había conocido durante el rodaje de Frances (1982), biopic sobre uno de los casos más oscuros de la historia de Hollywood: el linchamiento de la rebelde (e izquierdista) estrella de cine Frances Farmer. Shepard y Lange causaban admiración a su paso. Tanta belleza, amor y talento quedó sellado en la famosa sesión que el fotógrafo Bruce Weber les hizo en los años noventa en su granja de Minnesota, una imagen idílica, rodeada de caballos y niños, que marcó un hito en el canon de la pareja perfecta. A los dos pequeños de la pareja se sumaban un hijo más de un matrimonio anterior de Shepard y la hija nacida de la relación de Lange con el bailarín ruso Mijaíl Barishnikov. Pero antes del cine, del legendario Misha, del cowboy-escritor, de los niños rubios y de la granja, fue un errante profesor de fotografía español quien puso del revés la vida de la actriz.

“Francisco Grande ha sido una figura muy importante en su vida, un guía y un amigo”, explica Anne Morin. Hija de un maestro y vendedor ambulante y de un ama de casa, Lange empezaba sus estudios universitarios cuando decidió apuntarse a clases de pintura. Al no quedar plazas, acabó en el aula de la entonces hermana pobre de las bellas artes. Allí estaba Grande. La alumna y el joven profesor se enamoraron y decidieron viajar juntos a España, de norte a sur. En ese momento, Lange se convirtió en una observadora de la realidad sin cámara. “Las cámaras entonces las llevaba yo”, recuerda Francisco Grande desde su casa de Wisconsin. “Fue un viaje inolvidable, era el final de la España de pandereta, pero para una pareja enamorada era un país maravilloso. Vivíamos con unos hippies amigos míos que estaban rodando una película sobre los gitanos de Morón de la Frontera (Sevilla). Allí descubrimos el flamenco. Luego subimos en moto hasta Barcelona, donde nos quedamos en la Casa Güell. Vivimos unas historias muy románticas. Fuimos a ver a mis tías, yo mentí a mi familia y les dije que estábamos casados. Mentiras piadosas de aquellos tiempos”.

Fotografía de una pareja tomada en México. pulsa en la foto
Fotografía de una pareja tomada en México.

En 1968 acaban en París, y allí coinciden con más amigos de él, nada menos que los fotógrafos Robert Frank, Danny Lyon y Larry Clark. Un tiempo que la actriz recuerda con nostalgia. “Fuimos desde Ronda hasta Asturias, parando en muchos lugares a los que me gustaría volver”, relata ella. “Había vuelto a España, pero no a todos los sitios que conocimos entonces; a Barcelona, por ejemplo, no había regresado. Paco y yo vivíamos en la carretera. En Estados Unidos nuestra casa era una furgoneta. Era una vida muy plena y feliz”.

La actriz y el fotógrafo se casaron poco después de volver de Europa. “Supongo que fui un beatnik tardío”, asegura Grande. “Esa es la vida que he llevado hasta que mi ceguera me impidió seguir siendo independiente”. Un accidente de juventud cuando hacía el servicio militar en Alemania para el Ejército estadounidense le provocó una lesión en los ojos que, poco a poco, le ha dejado ciego. “Jessica me mandó sus fotos cuando yo ya no podía verlas. Ella nunca hacía fotos al principio, alguna vez cogía mis cámaras y recuerdo algún autorretrato precioso que se hizo. Ahora hablamos mucho, me cuenta que está muy interesada en los registros de muy poca luz”.

Para la actriz, la nueva vida detrás de una cámara empezó gracias a un regalo “maravilloso” que Sam Shepard le compró en Alemania: una Leica M6. “Al principio solo quería fotografiar a mis hijos, pero no para un álbum familiar de fiestas y cumpleaños; quería capturar otra cosa, algo que se escapaba y que quería regalarles en un futuro. Los niños pertenecen a la naturaleza, no cambian ante una cámara, siguen presentes, y eso me gustaba mucho. Les fotografiaba en blanco y negro, muy pocas veces posando. Un día me di cuenta de que la fotografía era algo absolutamente independiente, íntimo, que no dependía de nadie más para hacerlo. Me construí un cuarto oscuro y empecé a viajar sola. Jamás con la pretensión de hacer libros o exposiciones, eso vino después”.

En 2008, Anne Morin entró en contacto con la actriz. “La primera vez que nos vimos me enseñó todo su material, años de trabajo reunido en cajas y que solo conocían sus amigos. Me pareció disperso, miradas de ojos muy diferentes, pero le pedí una segunda cita, con más calma. Había una cualidad extraordinaria en su manera de captar lo ordinario que me interesó mucho, una cualidad poética y misteriosa”. Casi irreal, fotografías robadas de la vida de sus nietas o de la gente común de comunidades remotas de México o Finlandia, donde luces y sombras entablan su particular duelo. Patti Smith, pareja de Sam Shepard en su juventud, ha escrito que, como corresponde a una actriz de su categoría, Lange conoce bien la luz que ella ahora refleja en los demás. “Tiene una compresión única de cómo basta conocer la luz para sugerir el drama. Ella ha estudiado el movimiento, esa capacidad del mimo para entrar con sigilo en las situaciones, con discreción, sin que nadie repare en su presencia”.

Los Oscar se han vuelto un disparate que nada tiene que ver con las películas”

Para Lange, la cámara es un arma que le permite vivir a la sombra. Una manera de ver sin ser vista y una forma de volver a la carretera. Sola, recupera el anonimato y se acerca al milagro que sería poder desaparecer. La fotografía, explica, es fruto de una afición, pero también ha sido un camino hacia su madurez. “Es un misterio para mí, por eso siempre me ha fascinado. Posee un factor sorpresa que me resulta maravilloso. Y me ha ayudado a crecer, en muchos sentidos me ha salvado”.

En una entrevista con este periódico, la legendaria fotógrafa Mary Ellen Mark, fallecida hace unas semanas, exponía su propia teoría sobre los actores y su afición a las cámaras. Mark observaba que muchos intérpretes, de Dennis Hopper a Jeff Bridges, aburridos de ser el objetivo y familiarizados con la técnica, se refugiaban en un arte para el que poseen una especial sensibilidad. “Es una dicotomía interesante”, cree Lange. “En algunos aspectos, fotografiar se parece mucho a actuar, requiere estar presente y alerta, pero a la vez te permite escapar, casi te exige perder el control, y eso también tiene mucho que ver con actuar. Para mí es maravilloso caminar por las calles de México de una manera anónima, observando a los demás sin que nadie me observe a mí”. ¿Y si la descubren? “Me basta un gesto para saber si puedo seguir o no”.

Pese a todo, la fotografía no ha sustituido su pasión por actuar. Acaba de anunciar que regresa a Broadway después de casi una década y con un personaje cumbre: la madre yonqui de El largo viaje hacia la noche, de Eugene O’Neill. Intérprete intuitiva e imaginativa, la falta de buenas historias le ha alejado de su medio natural: la gran pantalla. “Las películas de hoy son muy diferentes a las de los ochenta y noventa. No veo historias como las de entonces”. Reclamar, como hacen otras actrices, una mayor cuota femenina entre guionistas y directores le parece una buena idea, pero tampoco cree que sea una solución. “Bienvenidas sean, pero la realidad es otra. Los estudios conocen perfectamente la audiencia a la que quieren dirigirse, y a esa audiencia lo que le interesa son las películas de superhéroes de Marvel. Una película cuesta mucho dinero, muchísimo. Como en cualquier negocio, todo es cuestión de resultados. Antes los estudios tenían divisiones más preocupadas en un cine artístico, pero la industria ha cambiado”. Durante estos años en American Horror Story ha disfrutado de la libertad de un medio emergente, que no conoce límites, abierto a la experimentación. “Trabajar en la serie ha sido increíble, no había mucho tiempo para preparar los personajes, a veces casi llegaba en blanco a los capítulos, nos daban el guion por la mañana, y eso requería relajarse y dejarse llevar. He disfrutado mucho en ese caos, como intérprete ha sido muy placentero”.

Nunca había unido su faceta de actriz con la fotografía hasta la última temporada de la serie, Freak Show, en la que interpreta a Elsa Mars, la dueña de un circo de criaturas singulares y deformes. “Sé que Jeff [Bridges] hace un trabajo maravilloso en los sets en los que trabaja, pero a mí no me gusta mezclar. Solo esta vez lo he hecho porque surgió un ambiente excepcional con los personajes, actores naturales en su mayoría, que crearon una magia muy especial, muy poética”. Lamentablemente, los negativos podrían haberse perdido en un laboratorio de Nueva Orleans, ciudad en la que Lange ha encontrado su último refugio para vivir y trabajar.

Jessica Lange. pulsa en la foto
Jessica Lange.

Lejos de casa, sentada en el bar de su hotel barcelonés, bebiendo y charlando, se siente más protegida que en la calle, donde un incidente ha acelerado su pulso. Un joven corpulento con un cuaderno gigante ha logrado importunarla. No quiere parar en plena calle a firmarle una foto para, según dice, su novia, y el chico insiste hasta ponerse desagradable. Interviene el guardaespaldas, lo que enfurece aún más al joven. “¡Para mi novia es muy importante!”, grita ofuscado en plena Rambla. “¿De verdad este chaval está haciendo todo esto por su novia?”, pregunta la actriz sin dar su brazo a torcer. “Cuando nadie sabe que estás en un lugar pero te descubren, suelen tardar en reaccionar y te respetan. El problema es cuando saben que estás y te buscan. No entiendo cómo lo hacen: siempre te acaban encontrando”.

La conversación revolotea por la agencia Magnum, sus fundadores, el rodaje de Vidas rebeldes, los secretos que Arthur Miller se llevó a la tumba, Marilyn (“lo que me sorprende es que nadie recuerde que era una actriz increíble, llena de matices”), o la trágica muerte en la batalla de Brunete de la fotógrafa Gerda Taro y la leyenda urbana de que quizá fue ella (y no su pareja, Robert Capa) la autora de la conocida foto del miliciano. “Sí, igual que Zelda escribió las obras de Fitzgerald. ¡Cómo nos gustan a las mujeres esas leyendas!”, exclama entre risas. También sobre las relaciones madre-hija y las casas. Ella interpretó junto a Drew Barrymore una ficción inspirada en el documental Grey Gardens, la historia de decadencia de Edith Ewing Bouvier Beale y su hija Little Edie Bouvier Beale. Abandonadas en su mansión de East Hampton, su vida fue filmada en 1973 por Albert y David Maysles, una obra maestra que acaba de ser reestrenada en Nueva York. “Para mí no es una historia enfermiza, sino de amor, vivían felices en su mundo. De una manera rara, estaban fascinadas la una con la otra”.

Jessica Lange cree que hay un momento en la vida de cualquier mujer en el que los padres, los hijos y las parejas dejan de reclamar la atención que durante años exigieron. La carretera se ensancha y se siente un nuevo vacío. “Un día, casi sin preverlo, ya no están para que te ocupes de ellos”. Las parejas, los hijos y los padres desaparecen y no es fácil. Es el momento perfecto para sacar del garaje la vieja furgoneta. Su nuevo proyecto se centra precisamente en una carretera, la Highway 61 que inspiró a Bob Dylan y que, en el mapa interior de esta mujer, une su Minnessota natal con su nuevo hogar en Nueva Orleans. Le gusta pararse ante las viejas gasolineras, las casas abandonadas y el desierto. “Ojalá llegue el día en que encuentre un lugar del que no quiera moverme. La realidad es que al poco tiempo de estar en cualquier sitio me entran ganas de irme. También tengo mi apartamento en Nueva York, cerca de mis hijos, pero no lo veo como un hogar definitivo. Supongo que la granja de Minnesota es lo más parecido a una casa que he tenido, allí nos reunimos todos en vacaciones y allí he hecho muchas de mis fotos, pero lo cierto es que incluso allí me acaban entrado ganas de irme”. Quizá por eso asocia la felicidad con cualquier camino, sin miedo a lo desconocido ni a la soledad. Y tal vez no resulte tan extraño en una mujer que demostró hace ya mucho tiempo, en aquel lejano debut cinematográfico, que ella sola podía doblegar a la bestia.

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