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Frases célebres

Nuestros políticos sueltan también grandes palabras antes de votar

Manuela Carmena acudió a votar el 24-M con su nieta.
Manuela Carmena acudió a votar el 24-M con su nieta.Bernardo Pérez

Hay últimas frases de personajes célebres –ciertas o atribuidas– para todos los gustos. Cuando su mujer le preguntó a Bob Hope dónde quería ser enterrado, contestó: “Que sea una sorpresa”. Y ya no tuvo tiempo de hacer más chistes. Churchill, cuya vida fue apasionante, dijo: “Qué aburrido es todo”. Joe DiMaggio mantuvo su romanticismo hasta la muerte: “Al fin podré ver a Marilyn”. María Antonieta pisó al verdugo, camino de la guillotina: “Perdón, señor”. Karl Marx espetó, al inquirir su ama de llaves si reservaba alguna frase para la posteridad: “¡Vamos, fuera! ¡Las últimas palabras las dicen los idiotas que no han dicho suficiente!”.

Nuestros políticos, por lo general no muy acertados, pero con un innegable sentido de la historia y de su propia importancia, sueltan también grandes frases antes de votar, y posiblemente ya estén pensando en las del día de las generales, que empiezan a olerse. Rita Barberá, la del caloret, dijo: “Vamos, chica”, al introducir su voto, ignorante aún de que poco más tarde murmuraría: “Qué hostia… Qué hostia…”. Esperanza Aguirre fue más allá: “Que el Espíritu Santo inspire a los madrileños para que voten lo mejor para Madrid”, y quién sabe si el Espíritu Santo le hizo caso. Ana Botella no dijo ni mu, o al menos votó en secreto, propiciando no pocas cábalas. Manuela Carmena, esa señora que será alcaldesa de Madrid porque muchos se la han imaginado cuidando a sus nietos o llevando a la nuera unas lentejas caseras, parafraseó a Emilio Lledó: “Esperemos que Madrid recupere la decencia”. Ahora le tocará convencer a sus votantes y a sus no votantes de que no orinen en las calles ni tiren basura al suelo. Quizá para amortizar un cursillo de Vaughan, Pablo Iglesias utilizó la lengua del imperio del mal, aparente contradicción que me ha quitado el sueño durante varias noches: “Tonight the change begins in our town halls and regions, and it also begins in Spain” (esta noche el cambio comienza en nuestras ciudades y comunidades, y también comienza en España). Suena a Juego de tronos, y más en su boca, pero no. Albert Rivera, “no vale con quejarse, hay que votar”, despertó a mi policía lingüístico, y pensé que tenía que haber dicho basta y no vale. Ángel Gabilondo, solemne, declaró que “la palabra se hace acción”, y lo remató con un deseo de “una transformación hacia lo mejor”, con lo cual me mandó directo a la balda en la que descansa, ajado y polvoriento, mi manual de filosofía de COU.

En todo hay un antes y un después. Entre el animoso “Vamos, chica” y el desolado “Qué hostia… Qué hostia…” de Rita Caloret van apenas unas cuantas horas de recuento, que son las que ponen fin al cuento. De niño me preocupaban las postreras palabras de Jesucristo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Algo semejante estarán preguntándose algunos, si el pueblo es el dios de la democracia. Y veremos qué ocurre en las generales, en las que puede haber más infidelidades, más abandonos y más hostias (con perdón), dado este ambiente entre festivo y apocalíptico en el que vivimos últimamente. Frente a este panorama a mí me consuela el que, todavía, como a Luis García Montero, no me hayan hecho perder “la ilusión de votar”.

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